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miércoles, 21 de marzo de 2012

Blanco


La historia ha terminado, pensé el primer día que acudí al prostíbulo. La lluvia repiqueteaba en la ventana.

Yo siempre fui un niño particular. En el colegio, sólo algún compañero compasivo que aún no me conocía me hablaba los primeros días de curso. Pronto se cansaba. Era normal, pensaba yo, soy mucho más inteligente que ellos. Me tomaban por rarito. No me comprendían.

Si le contara esto algún psicólogo, me diría que mi infancia fue, sin duda, traumática. Le achacaría muchos de mis males. Pero yo no estoy interesado en psicólogos. De hecho, mi enfermedad empezó mucho antes de todo aquello. De cualquier forma, pasé los primeros años de mi vida solo. Mis esporádicos intentos por evadirme de mi realidad resultaron siempre infructuosos. Aún recuerdo con cierta sorna el día en que intenté practicar deportes como el resto de niños... Ja, ja, ja.

Después de cada fracaso, bordaba en torno a mí un escudo aún más protector y aislante que el anterior. Yo era más inteligente que ellos. Así, fui abandonando aquellos intentos y postrándome en mi soledad contemplativa del mundo como sólo los niños saben hacerlo. Aprendí pronto a desenvolverme con soltura por las calles de mi barrio y no esperé mucho más a dar habituales paseos por ellas. Creo que fue entonces cuando comenzó mi obsesión por los colores.

En mis largos paseos (siempre por las mismas tres o cuatro calles), solía detenerme a pensar sobre los distintos colores de la acera, la hierba, los árboles, los coches o los semáforos. Era sorprendente imaginar cada uno de sus minúsculos detalles y cómo cambiaban de un instante a otro. Los días de sol, las cosas adquirían sus colores más vivos y claros; los días de lluvia, ese regusto salado y metálico de la melancolía. Los días tristes irradiaban oscuridad y crueles miradas y los días monótonos simplemente se esforzaban por permanecer desapercibidos.

Pronto, sin embargo, comencé a extender mi obsesión por los colores más allá de los colores, de lo puramente visual. Leí muchos libros sobre ellos en los que los explicaban detallando sus propiedades físicas. Pero uno no puede imaginarse el amarillo como una onda electromagnética de seiscientos nanómetros. Así pues, continué sin comprenderlos mucho tiempo, hasta que se me ocurrió una idea brillante. Los asociaría con percepciones de otros sentidos o con conceptos abstractos. Al fin y al cabo, era más o menos lo que había hecho siempre, aún sin quererlo. Era inevitable, ¿de qué otra forma hubiera podido imaginarlos?

Así, una pareja de enamorados o una emoción intensa podría describirse sin lugar a dudas con el color rojo. El amarillo irradiaba luz y alegría, felicidad intensa y pura. El rosa era dulce y suave, el naranja intenso, el morado amargo y el marrón monótono. El verde era el color de la naturaleza y la esperanza, mientras que el azul del mar era melancólico y arrastraba a nuestras mentes a soñar. El gris transmitía una honda tristeza, al tiempo que a veces un sentimiento de artificialidad. Por último, el negro era el color de la maldad, del odio. Pero hay un color que jamás he llegado a imaginar: el blanco.


Aquel día, quedé por la tarde con mis amigos para tomar unas cervezas. Quizá os sorprenda, pero sí, había abandonado (al menos hasta cierto grado de educación) la soledad contemplativa en la que me inmiscuí de niño. Me di cuenta de que no era ta difícil simular que no era más inteligente que los demás, dejar la prepotencia a un lado y volver a tener amigos. Seguían tratándome de forma un tanto especial y a menudo se quedaban sin palabras ante mis rarezas. Desde luego, nunca llegaría a encajar del todo en el grupo y jamás tendría aquello que todo el mundo tiene: un amigo en el que confiar, al que contarte todos tus secretos. Prefería guardármelos para mí mismo. Pero al menos tenía un grupo con el que ir a pasar un buen rato y liberar alguna carcajada.

Salí de casa y sentí en mi cara algún rayo de sol que se filtraba entre la capa de nubes que el hombre del tiempo de la 1 había predicho. Vino a mi nariz un olor conocido y querido. El cielo se iría oscureciendo a lo largo de la tarde y acabaría por llover. Pero hasta entonces aún quedaban algunas horas. Comencé a andar calle abajo. Los semáforos estaban resecos y amarillentos, así como los coches. Ellos también agradecerían la lluvia. Al doblar una esquina, escuché los susurros rojos de dos jóvenes, provenientes del banco que tenía un trozo de madera suelto. Ellos no agradecerían la lluvia. Continué caminando mientras los colores se esforzaban por pasar desapercibidos, pues no podía quitarme aquel sentimiento de la cabeza. Jamás había sentido amor.

Llegué al bar y sacudí la cabeza antes de entrar para dejar fuera aquellos turbadores pensamientos. Sin siquiera verlos, encontré a mis amigos por sus voces (o, mejor dicho, gritos). Los reconocí uno a umo por su timbre. El de Manuel era un poco más verde, el de Jorge más apasionado y rojo, pero Lucas siempre había sido el más soñador y en su voz se podía entrever el azul trazando letras y palabras. Me senté en la silla que me habían reservado. Sabían que siempre llegaba tarde, así que no me esperaban fuera del bar, pero me guardaban sitio. Yo tampoco se lo agradecía. Eran cosas del día a día. Y las cosas del día a día nunca se agradecen.

Su conversación me ayudó a dejar de lado a los amantes. Hablamos de nuestra semana, el trabajo, la política (era el tema preferido por Jorge y siempre acababa gritando) y fútbol. Las cosas marrones de las que habla cualquier persona marrón en un bar marrón, tomando cervezas marrones. La única incertidumbre es por qué seguimos siempre todos hablando de las mismas cosas marrones, por qué no nos cansamos y cada vez que abordamos una y otra vez un mismo tema marrón en el que se han producido apenas pequeños cambios, nos enfrascamos en una conversación naranja muy intensa.

Sea como fuere, la tarde fue pasando poco a poco sin que nadie intentara darse cuenta. Creo que fue Manuel quien propuso abortar nuestra reunión porque afuera comenzaba a oscurecer. Quizá fuera sólo el manto de nubes negras que el hombre del tiempo de la 1 había olido cercano a llegar. Poco importaba. Cualquier excusa vale cuando el propósito es querido por todos. Y nadie quería alargar más el momento. Alargarlo hubiera podido significar llegar a aburrirse y romper así ese ligero equilibrio azul en el que se basan todas las relaciones.

Salimos fuera del bar y nos despedimos con un apretón de manos amarillo y una sonrisa amarilla. Prometimos quedar mañana, aunque seguramente tardaríamos unos cuantos días más. Pero había que guardar el ligero equilibrio azul. Yo comencé a caminar hacia casa. A mitad de camino, comenzó a llover como yo había previsto. Se intensificó y tuve que resguardarme en un portal. Todo estaba cobrando ese tinte azul melancólico del que proveía la lluvia y su repiqueteo frágil y constante. Me quedé esperando que amainara y volví a escucharlos. La misma pareja de amantes sentados en el banco que tenía un trozo de madera suelto. Llovía pero ellos no lo notaban. Yo seguía escuchando sus susurros y gemidos de amor de un rojo inimaginable, tintados de azul melancólico.

La lluvia comenzó a resbalar desde mis ojos hasta caer al suelo. Me percaté de que estaba a cubierto y aquello no podía ser lluvia. Antes de que intentara darme cuenta, estaba corriendo. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas y gemía, pero eran gemidos grises por la respiración acelerada por la carrera. Acabé llegando ante una puerta con numerosas luces de colores brillantes. Entré. Estaba empapado y seguramente el empleado que atendía me dedicó una mirada de reproche mientras me daba la “bienvenida”.

Era la primera vez que estaba en un prostíbulo y no sabía cómo actuar. Oí a mi derecha música y voces al otro lado de lo que sería una pared y una puerta, pero no era aquello lo que buscaba. Me acerqué al hombre.

-Quería una mujer con la que pasar un buen rato -le dije. No sabía cuáles eran las fórmulas apropiadas para situaciones como ésa-. No tengo reparo en gastar dinero.

-Perfecto, estoy seguro de que cualquiera de mis chicas complacerá excelentemente su deseo, señor -me respondió con una sonrisa gris-, pero si me permitís la sugerencia, os llevaré ante la mejor.

Seguí a aquel hombre gris hasta una habiación gris. Me presentó a Rosa y se fue cerrando la puerta.

-¿Por qué me has elegido a mí? Nadie me quiere. Soy la más fea -fueron sus primeras palabras.

Reí. Rosa, qué paradójico. Posiblemente malinterpretó mi risa. No me importaba que el hombre gris me hubiera engañado. Ya lo esperaba. Tampoco tenía intención de responder a Rosa. No había ido allí a hablar. Aceptó mi silencio con resignación y observó cómo avanzaba torpe pero ansiosamente hacia ella, chocándome con diversos obstáculos. Se sobresaltó. Acababa de comprenderlo todo.

-¡Coño! Eres ciego...

miércoles, 13 de julio de 2011

La magia de Venecia (2)

[Es lo mismo, sólo cambia algo la parte final, a partir del asterisco]

            Llegué a Venecia a finales de abril, concretamente un día soleado. Me alojaba en el hotel Canal (de tres estrellas), en frente de la Ferrovía. Hasta llegar allí, tuve que cruzar varios de esos lindos puentes venecianos con escaleras. En cuanto a la estética y el ambiente, eran preciosos, pero no resultaban precisamente cómodos cuando una tenía que arrastrar una maleta con ruedas. El hotel, en principio, me pareció un poco cutre. Pero me dije: “No pasa nada, estás en la isla principal de Venecia, eso es suficiente. Sufrir un poco de vez en cuando hasta es bueno”. En la recepción me esperaba un hombre que apenas entendía mi español, así que acabamos derivando al inglés para alcanzar un mayor grado de comprensión mutua. Me dio la llave y me indicó por dónde subir. “No hay ascensor”, me dijo. Empecé a ascender por aquellos escalones estrechos enfundados en un tapiz rojo que pretendían otorgarles un glamour arrebatado a primera vista por la capa de polvo y suciedad acumulada sobre ellos, especialmente en las partes laterales. Las paredes tampoco estaban mucho más limpias y poco quedaba del blanco que pudieron ostentar un día. Mientras portaba la pesada maleta en mi mano derecha haciendo paradas momentáneas en los descansillos para recobrar el aliento, observé en mi mano izquierda la llave que me acaban de dar. Era dorada, con el número 203 grabado en negro y estaba unida a un peso que prevenía a los huéspedes de llevársela de paseo.

            Un par de vueltas de la cerradura y la puerta se abrió con un débil quejido. Me encontré ante una habitación más bien pequeña, con las paredes pintadas de un amarillo feo. Muebles rústicos con motivos dorados que le daban cierto aire barroco, así como una cama estrecha y corta (de no haber sido yo de estatura un poco pequeña no hubiera cabido por completo) con una manta vieja cubriendo las sábanas bien dobladas. Dejé mi maleta encima de la cama y saqué la ropa para deshacer las arrugas que le había formado el trajín de la maleta. Fui al baño a hacer mis necesidades. Mientras tanto, observé mi alrededor atentamente. La ducha con bañera no prometía ser demasiado buena (y, en efecto, no lo sería), pero al menos todo parecía tener una higiene aceptable. Me quedé un momento mirando una cuerdecilla que colgaba del techo, preguntándome si sería la cadena del wáter. Una vez hube acabado tiré de ella, pero no surtió efecto alguno. Miré un momento a mi alrededor y vi que en la parte superior de la cisterna había un botón. Dejé escapar una risita por mi estupidez y me dispuse a lavarme las manos. Después, fui de nuevo a observar la cuerda y vi que al lado de la misma había un cartel que susurraba a escondidas: “Alarm”. Mis mejillas se tiñeron de rojo. Esperé que estuvieran acostumbrados a los despistes y nadie subiera preocupado en exceso. De hecho, así fue, porque nadie subió, aunque al final no supe si tomármelo a bien. ¿Y si hubiera tenido una urgencia de verdad? Preferí no pensar en ello.

            Salí de la habitación, di dos vueltas a la llave y la saqué de la boca dorada de la puerta. Bajé por las escaleras pisando con cuidado el resbaladizo tapiz rojo que redondeaba las esquinas de los escalones y deposité la llave en la recepción. El mismo hombre que me había atendido antes asintió con la cabeza desde un poco más allá, donde conversaba con algún otro cliente, y masculló un “Ciao” que respondí con poco más que un movimiento de labios. Tiré de las dos puertas sucesivas que marcaban la entrada y salí a la calle.

            Me quedé un momento pasmada, sin saber qué hacer. La brisa removió mi camisa de cuadros marrón, verde y blanca y acarició mis piernas delgadas descubiertas por los shorts vaqueros. El sol calentaba mi cara con su cálida timidez primaveral. Todo ello me arrancó una sonrisa de los labios y entonces supe que el día marcharía bien. Saqué el mapa que el recepcionista me había regalado (sólo por ser el primero) y discerní el camino que seguiría. Eran las 7 u 8 de la tarde (ya no recuerdo), así que no faltaría mucho para que anocheciera, luego debía darme prisa si quería ver la plaza San Marcos. Elegí uno de los dos trazados subrayados con amarillo en el mapa, el situado más al norte, que pasaba por Giacommo dell’Orio, S. Cassan, la plaza Beccaire, deteniéndose por un momento en la figura destacada del puente de Rialto. Ascendí por la parte central, donde entre el barullo de gente pude ver las tiendas y mercadillos ambulantes que estaban situadas allí sacando negocio de los turistas. Sin embargo, era innegable que le daban una atmósfera especial a la ciudad, que iban a completar aquel conjunto maravilloso y único que formaban los canales y las góndolas, los edificios desconchados y tumbados que se arrimaban los unos a los otros, como queriendo abrazarse, pero sin llegar nunca a compartir una caricia.

            Descendí por la parte exterior del puente, observando sus arcadas desde detrás y, después, el agua verdosa del canal que discurría por debajo. Tras cruzarlo, avancé recto hasta encontrar una calle perpendicular más amplia: Marzalia 2 Aprile. Seguí por ella y giré hacia la izquierda por una callejuela estrecha (S. Salvador), después hacia la derecha y a la izquierda de nuevo. Crucé un puente y giré a la derecha por segunda vez, encontrándome con una tienda de Ferrari a la cual no presté mucha atención, a pesar de que levantaba expectación entre los turistas. Finalmente enfilé la entrada por debajo de la torre de l’Orologio. Para cuando pisé por primera vez la plaza San Marcos ya había anochecido. Había muy poca gente (para lo que luego descubriría que era habitual), ya que casi todos habían marchado ya a cenar o incluso a dormir.

            La primera imagen que ha quedado grabada en mi memoria es la de la plaza gigante iluminada por la luz tenue de las farolas, que envolvía todo en un halo aún más idílico. Giré la cabeza hacia la Basílica de San Marcos y pude contemplar la grandiosidad de sus cúpulas, sus arcos y sus detalles dorados, que emitían fulgores de estrellas en mitad de la noche oscura y sin luna. Me acerqué a ella hasta que casi pude tocarla, separada tan sólo por las vallas que la rodeaban (aunque no puedo negar que estuve tentada de saltarlas). Una vez mis ojos volvieron a su tamaño natural y mis pupilas hubieron embebido toda la majestuosidad de aquella visión, despegué la vista de la basílica y comencé a caminar hacia el mar. Me acerqué con pasos lentos. No tenía prisa por abandonar aquel lugar de ensueño. Antes, me sorprendió encontrar a mi izquierda el Palacio Ducal, con su galería de arcos innumerables y su muro liso de mármoles rosados y blancos, que se elevaba con la grandeza y el orgullo de quienes, muchos años atrás, habían vivido en su interior. Continué caminando y llegué al borde de la plataforma de madera sobre el agua, donde pequeños embarcaderos hincaban sus dientes en el mar. Las góndolas negras atadas a los postes de madera se mecían suavemente en el mar de medianoche.

            Medianoche. Casi eran ya las doce, debía regresar al hotel. Me fui a levantar cuando de repente oí una voz a mi espalda.

            -Buon giorno, signorina –su voz llegó a mí como un torrente dulce que hizo bajar un escalofrío por mi espalda.

            Me giré rápidamente y me levanté. Observé al hombre que me hablaba. Era un gondolero, con su habitual camiseta de rayas negras y blancas y pantalón negro. En la cabeza portaba un sombrero de mimbre con una cinta también negra que lo rodeaba y caía por detrás hasta su nuca. La sombra proyectada por el ala del sombrero le tapaba la cara, ya oculta de por sí por la noche que había envuelto la plaza, pero aún así pude entrever el brillo de unos ojos verdes en la oscuridad y una sonrisa sincera.

            -Buona… sera –repliqué, algo perpleja aún. Mi italiano no estaba demasiado pulido.

          -Sera no, signorina –dejó escapar una risita-. Giorno -me sonrió-. ¿No ve todos aquellos soles que nos iluminan? –señaló a las farolas encendidas de la plaza San Marcos.

            Fruncí el ceño, pero no pude evitar que una sonrisa divertida se dibujara entre mis labios. Ciertamente, parecía ser un hombre peculiar y divertido.

            -Sin embargo –continuó-, más allá de los soles, hay muchas callejuelas estrechas y oscuras donde una joven debería llevar cuidado. Es peligroso. ¿No preferiría volver al hotel con un precioso paseo en góndola? Le aseguro que no habrá tenido jamás experiencia más maravillosa. Cuando la noche cae, la magia se apodera de Venecia –estas últimas palabras vinieron cargadas de un halo misterioso, de un enigma implícito que entonces no llegué a entender.

            No sé qué tipo de temeridad me llevó a aceptar la propuesta, ni por qué ese extraño gondolero me inspiraba tal confianza con su sonrisa sincera como para no considerar un peligro volver al hotel acompañada y guiada por un desconocido. Ni siquiera me paré a pensar, ahora recuerdo, cómo es que sabía que yo me alojaba en un hotel. Aunque tampoco sería difícil de imaginar, supongo que el mapa desgastado y roto en mis manos me delataba como turista.

            Me encontré pronto sentada en su góndola negra y dorada frente al Palacio Ducal. Detrás de mí, el gondolero se colocó en su sitio y empezó a hundir el remo en el agua. Con movimientos suaves y acompasados, fui viendo alejarse las luces de las farolas de San Marcos. Dorsoduro apareció a nuestra izquierda y entramos en el Gran Canal.

            -Si me lo permite, le relataré una historia, signorina –su voz me llegaba a ciegas desde detrás de mi espalda, envuelta en los susurros del agua al deslizarse por la superficie de la góndola y en los chapoteos de las batidas del remo. Yo me quedé callada, absorta por la belleza del paisaje que contemplaba. Prefería no romper la quietud reinante con mis palabras torpes, no fuera que la magia desapareciera de pronto.

            -Es la historia de una joven que se enamoró de un gondolero en este mismo escenario: Venecia. Era de noche y él le ofreció un paseo en góndola para volver al hotel –noté como sus labios se abrían en una sonrisa dejando escapar un suspiro al aire, mientras yo soltaba una risita nerviosa-. Sólo hizo falta una mirada entre los ojos verdes de él y los ojos avellana de ella para que sintieran muy adentro, en el corazón, que estaban destinados a intercambiar un beso, el beso más hermoso del que podrían disfrutar en toda su vida. Así pues, iniciaron el paseo. Fueron navegando al son de las batidas de remo del gondolero, mientras éste tarareaba canciones italianas que alegraban los oídos españoles de su joven dama –casi pegué un respingo. Había notado el acento español en las dos únicas palabras que había pronunciado. De entre sus labios escapó una carcajada cristalina como el agua que surcaba la góndola y la mecía-. Al llegar a la altura del hotel, amarró la góndola al embarcadero. Se miraron un instante e intercambiaron un beso dulce y apasionado. Después, la joven bajó al embarcadero, mientras que él comenzó a deshacer el nudo que fijaba la góndola al poste de madera. Ella lo miró con anhelo, con deseos de volverlo a ver y disfrutar de nuevo de su presencia y sus besos. Él se despidió con una sonrisa sincera en los labios y un movimiento delicado de mano. Nunca se volvieron a ver.

            Se quedó en silencio, esperando mi reacción. Yo había quedado completamente absorta con su historia y había sentido que los latidos de mi corazón aumentaban y mis ojos emitían un brillo especial en el momento del beso. Con el final triste, una lagrimilla descendió por mi mejilla izquierda. Pasaron unos diez minutos hasta que volvió a hablar.

            -Igualmente, sólo son historias. Imaginaciones de un pobre artista soñador. No os preocupéis por ellos, están ciegos. La realidad siempre supera los sueños –me sonrió dulcemente. Yo le devolví la sonrisa, no sabía qué responder a sus profundas palabras, siquiera estoy segura de si en ese momento las entendía. Dejó escapar un suspiro y, después, una de esas carcajadas cristalinas que parecían hacer vibrar cada fibra de la góndola y de mi propio cuerpo. Yo respondí también a la carcajada, invadida por un impulso extraño. ¿Qué otra opción me quedaba?

 *


           Continuamos el paseo en silencio durante media hora más y finalmente llegamos al hotel. Ahora me asusta (o, al menos, me sorprende) pararme a pensar que sabía dónde me alojaba sin que yo le hubiese dicho, pero en aquel momento estaba poseída por el nerviosismo de la despedida y no tuve en cuenta ese detalle. Amarró la góndola al embarcadero y se volvió hacia mí. Yo ya me había levantado. Se acercó hasta que sentí que nuestros rostros casi se rozaban. Intenté dejar el miedo a un lado, pero no pude evitar quedarme quieta.

            -Ya hemos llegado. Adiós, signorina -sus labios se entreabrieron en una sonrisa sincera. Se separó de mí y me ayudó a bajar al embarcadero. Yo temblaba y, tras recoger la llave en la recepción, temblaba aún más violentamente al subir corriendo las escaleras. Sentía aún la pasión inexpresada desgarrando mi pecho. Había dejado escapar una ocasión única. Había perdido un momento mágico. Me eché a la cama entre sollozos sin siquiera cambiarme de ropa. Cerré los ojos contra la almohada, mientras mis lágrimas comenzaban a mojar la almohada.

            Fue entonces cuando me decidí. Volví a abrir los ojos y salí precipitadamente de la habitación sin coger la llave, sin cerrar la puerta. No podía pensar en nada más que en el gondolero que se alejaba poco con batidas lentas de remo. Casi me caí por las escaleras y me encontré fuera del hotel. Vi que ya casi había llegado al puente que cruzaba a la Ferrovía y salí corriendo. Tuve suerte de se parara por un instante a intercambiar unas palabras amistosas con otro gondolero que me permitió recortar distancias. Casi lo había alcanzado un poco pasado el puente, pero de pronto la calle se acabó, cortada por un canal menor, mientras que él continuaba avanzando por el Gran Canal. Tendría que dar la vuelta, cruzar por un puente y continuar mi persecución, si es que no lo perdía mientras tanto. Pensé en llamarle, en gritar alto su nombre para que supiera que había vuelto a buscarlo, pero entonces me di cuenta de que no lo había dicho.

Sin pensarlo ni un instante, salté de cabeza al agua. Salí a la superficie sin pensar que estaba empapada y posiblemente había estropeado el móvil, el iPod y había dejado inutilizable la cartera. Las aguas verdosas de Venecia estaban sucias, pero a mí eso no me importaba. Comencé a dar brazadas más fuertes y rápidas de lo que jamás había pensado que podría conseguir. Continué nadando y llegué al fin junto a la góndola. El gondolero observó con estupefacción mis pequeñas manitas blancas apoyarse sobre el lateral negro de la góndola. Me ayudó a subir mientras negaba con la cabeza.

-No deberías haber vuelto –me dijo, evitando mirarme a los ojos.

-No debería haberme marchado nunca –respondí yo.

Mi camisa de cuadros marrón, verde y blanca estaba empapada y se pegaba a mi cuerpo. Mi pelo castaño, oscurecido por la noche y por el agua, chorreaba por detrás de mi espalda. Nos quedamos un momento en silencio. Un momento en el que perdí todas mis esperanzas. Quizá el cuento no hubiese sido más que eso, un cuento. Una broma que me había tragado como una niña tonta. Me recriminé mi propia estupidez. Sin embargo, noté de pronto que estaba a mi lado, que mi cuerpo entraba en contacto con el suyo. Mis ojos avellana se iluminaron de nuevo y alcé la mirada del asiento de la góndola donde la había hundido. Sus ojos verdes penetraron hasta el más recóndito lugar de mi alma, más allá de donde nadie había llegado ni nunca nadie llegaría, removiendo algo profundo, intangible y etéreo.

Cerró los ojos y se inclinó hacia mí, acercando sus labios a los míos. Yo cerré también los ojos, temerosa de que volvieran a echar a perder aquel instante, y terminé de unir nuestras bocas en un beso tímido. Tras ese primer contacto, nos volvimos a separar unos milímetros. Nos miramos de nuevo a los ojos. Los suyos resplandecían con un poderoso brillo de pasión y creo que lo mismo se podría decir de los míos. Volvimos a besarnos, pero esta vez con decisión. Junté las manos en su nuca, rodeando con mis brazos su cuello, y él las juntó en mi espalda, rodeando mi cintura. Comenzamos a hacer bailar nuestros labios suavemente y fuimos aumentando la intensidad a medida que la pasión iba creciendo. La magia había fundido nuestros dos cuerpos en uno sólo y apenas notaba ya sus manos suaves acariciando mi cabello castaño mojado, deslizándose sobre la camisa empapada que bordeaba mi cuerpo delgado. Apenas notaba el tacto de su espalda fibrosa, de sus brazos fuertes. Lo único que sentía eran sus labios carnosos jugueteando con los míos, su dulce lengua danzando con la mía en torno al fuego de nuestra pasión, al son de un vals secreto. Lo único que podía desear es que aquello no acabara nunca.

            Seguimos besándonos mientras la góndola comenzaba a hundirse progresivamente (nunca comprendí por qué ocurrió, acaso fuera el peso de nuestro amor eterno, pero poco importa). Flotamos sobre el agua por un momento, como si la belleza del momento nos sostuviera, antes de empezar a caer nosotros también. Cuando despegó su boca de la mía (algo que, instantes antes, hubiera creído imposible), me di cuenta de que nos estábamos hundiendo irreversiblemente en las aguas del Gran Canal de Venecia. El miedo se apoderó de mis ojos e intenté mascullar algo que se perdió en forma de burbujitas que ascendieron a explotar a la superficie. Él depositó un último y mágico beso, mucho mejor que cualquiera de los anteriores, y me susurró al oído:

            -Cierra los ojos.

            Yo, aterrada, era incapaz de obedecerle e intenté gritar que nos estábamos ahogando, pero mi boca se volvió a llenar de agua. Él clavó sus ojos verdes e infinitos en los míos y por un momento fueron lo único que vi en el mundo. Después, él me dedicó la más sincera y preciosa de sus sonrisas y se alejó hacia la superficie nadando. Yo cerré los ojos y me dejé caer.

            Desperté al día siguiente cuando el sol, a mitad de su ascensión, entraba por las ventanas abiertas de mi habitación con paredes de color amarillo. Tenía la ropa seca. Me levanté, muda, y lo primero que vi fue una nota en la mesita. Estaba escrita con letra cursiva, letra cuidada y concretamente la más bonita que haya visto jamás en mi vida.

            Espero que me encuentre pronto, signorina.

            En efecto, no tardé mucho en encontrarlo. Sin embargo, siempre habrá un hueco en mi memoria, en mi corazón, para el gondolero de los ojos verdes y los besos mágicos que siempre seguiré añorando. Nunca volví a verlo.

martes, 5 de julio de 2011

La magia de Venecia


            Llegué a Venecia a finales de abril, concretamente un día soleado. Me alojaba en el hotel Canal (de tres estrellas), en frente de la Ferrovía. Hasta llegar allí, tuve que cruzar varios de esos lindos puentes venecianos con escaleras. En cuanto a la estética y el ambiente, eran preciosos, pero no resultaban precisamente cómodos cuando una tenía que arrastrar una maleta con ruedas. El hotel, en principio, me pareció un poco cutre. Pero me dije: “No pasa nada, estás en la isla principal de Venecia, eso es suficiente. Sufrir un poco de vez en cuando hasta es bueno”. En la recepción me esperaba un hombre que apenas entendía mi español, así que acabamos derivando al inglés para alcanzar un mayor grado de comprensión mutua. Me dio la llave y me indicó por dónde subir. “No hay ascensor”, me dijo. Empecé a ascender por aquellos escalones estrechos enfundados en un tapiz rojo que pretendían otorgarles un glamour arrebatado a primera vista por la capa de polvo y suciedad acumulada sobre ellos, especialmente en las partes laterales. Las paredes tampoco estaban mucho más limpias y poco quedaba del blanco que pudieron ostentar un día. Mientras portaba la pesada maleta en mi mano derecha haciendo paradas momentáneas en los descansillos para recobrar el aliento, observé en mi mano izquierda la llave que me acaban de dar. Era dorada, con el número 203 grabado en negro y estaba unida a un peso que prevenía a los huéspedes de llevársela de paseo.

            Un par de vueltas de la cerradura y la puerta se abrió con un débil quejido. Me encontré ante una habitación más bien pequeña, con las paredes pintadas de un amarillo feo. Muebles rústicos con motivos dorados que le daban cierto aire barroco, así como una cama estrecha y corta (de no haber sido yo de estatura un poco pequeña no hubiera cabido por completo) con una manta vieja cubriendo las sábanas bien dobladas. Dejé mi maleta encima de la cama y saqué la ropa para deshacer las arrugas que le había formado el trajín de la maleta. Fui al baño a hacer mis necesidades. Mientras tanto, observé mi alrededor atentamente. La ducha con bañera no prometía ser demasiado buena (y, en efecto, no lo sería), pero al menos todo parecía tener una higiene aceptable. Me quedé un momento mirando una cuerdecilla que colgaba del techo, preguntándome si sería la cadena del wáter. Una vez hube acabado tiré de ella, pero no surtió efecto alguno. Miré un momento a mi alrededor y vi que en la parte superior de la cisterna había un botón. Dejé escapar una risita por mi estupidez y me dispuse a lavarme las manos. Después, fui de nuevo a observar la cuerda y vi que al lado de la misma había un cartel que susurraba a escondidas: “Alarm”. Mis mejillas se tiñeron de rojo. Esperé que estuvieran acostumbrados a los despistes y nadie subiera preocupado en exceso. De hecho, así fue, porque nadie subió, aunque al final no supe si tomármelo a bien. ¿Y si hubiera tenido una urgencia de verdad? Preferí no pensar en ello.

            Salí de la habitación, di dos vueltas a la llave y la saqué de la boca dorada de la puerta. Bajé por las escaleras pisando con cuidado el resbaladizo tapiz rojo que redondeaba las esquinas de los escalones y deposité la llave en la recepción. El mismo hombre que me había atendido antes asintió con la cabeza desde un poco más allá, donde conversaba con algún otro cliente, y masculló un “Ciao” que respondí con poco más que un movimiento de labios. Tiré de las dos puertas sucesivas que marcaban la entrada y salí a la calle.

            Me quedé un momento pasmada, sin saber qué hacer. La brisa removió mi camisa de cuadros marrón, verde y blanca y acarició mis piernas delgadas descubiertas por los shorts vaqueros. El sol calentaba mi cara con su cálida timidez primaveral. Todo ello me arrancó una sonrisa de los labios y entonces supe que el día marcharía bien. Saqué el mapa que el recepcionista me había regalado (sólo por ser el primero) y discerní el camino que seguiría. Eran las 7 u 8 de la tarde (ya no recuerdo), así que no faltaría mucho para que anocheciera, luego debía darme prisa sin quería ver la plaza San Marcos. Elegí uno de los dos trazados subrayados con amarillo en el mapa, el situado más al norte, que pasaba por Giacommo dell’Orio, S. Cassan, la plaza Beccaire, deteniéndose por un momento en la figura destacada del puente de Rialto. Ascendí por la parte central, donde entre el barullo de gente pude ver las tiendas y mercadillos ambulantes que estaban situadas allí sacando negocio de los turistas. Sin embargo, era innegable que le daban una atmósfera especial a la ciudad, que iban a completar aquel conjunto maravilloso y único que formaban los canales y las góndolas, los edificios desconchados y tumbados que se arrimaban los unos a los otros, como queriendo abrazarse, pero sin llegar nunca a compartir una caricia.

            Descendí por la parte exterior del puente, observando sus arcadas desde detrás y, después, el agua verdosa del canal que discurría por debajo. Tras cruzarlo, avancé recto hasta encontrar una calle perpendicular más amplia: Marzalia 2 Aprile. Seguí por ella y giré hacia la izquierda por una callejuela estrecha (S. Salvador), después hacia la derecha y a la izquierda de nuevo. Crucé un puente y giré a la derecha por segunda vez, encontrándome con una tienda de Ferrari a la cual no presté mucha atención, a pesar de que levantaba expectación entre los turistas. Finalmente enfilé la entrada por debajo de la torre de l’Orologio. Para cuando pisé por primera vez la plaza San Marcos ya había anochecido. Había muy poca gente (para lo que luego descubriría que era habitual), ya que casi todos habían marchado ya a cenar o incluso a dormir.

            La primera imagen que ha quedado grabada en mi memoria es la de la plaza gigante iluminada por la luz tenue de las farolas, que envolvía todo en un halo aún más idílico. Giré la cabeza hacia la Basílica de San Marcos y pude contemplar la grandiosidad de sus cúpulas, sus arcos y sus detalles dorados, que emitían fulgores de estrellas en mitad de la noche oscura y sin luna. Me acerqué a ella hasta que casi pude tocarla, separada tan sólo por las vallas que la rodeaban (aunque no puedo negar que estuve tentada de saltarlas). Una vez mis ojos volvieron a su tamaño natural y mis pupilas hubieron embebido toda la majestuosidad de aquella visión, despegué la vista de la basílica, comencé a caminar hacia el mar. Me acerqué con pasos lentos. No tenía prisa por abandonar aquel lugar de ensueño. Antes, me sorprendió encontrar a mi izquierda el Palacio Ducal, con su galería de arcos innumerables y su muro liso de mármoles rosados y blancos, que se elevaba con la grandeza y el orgullo de quienes, muchos años atrás, habían vivido en su interior. Continué caminando y llegué al borde de la plataforma de madera sobre el agua, donde pequeños embarcaderos hincaban sus dientes en el mar. Las góndolas negras atadas a los postes de madera se mecían suavemente en el mar de medianoche.

            Medianoche. Casi eran ya las 12, debía regresar al hotel. Me fui a levantar cuando de repente oí una voz a mi espalda.

            -Buon giorno, signorina –sus palabras llegaron como un torrente dulce hacia mí que hizo bajar un escalofrío por mi espalda.

            Me giré rápidamente y me levanté. Observé al hombre que me hablaba. Era un gondolero, con su habitual camiseta de rayas negras y blancas y pantalón negro. En la cabeza portaba un sombrero de mimbre con una cinta también negra que lo rodeaba y caía por detrás hasta su nuca. La sombra proyectada por el ala del sombrero le tapaba la cara, ya oculta de por sí por la noche que había envuelto la plaza, pero aún así pude entrever el brillo de unos ojos verdes en la oscuridad y una sonrisa sincera.

            -Buona… sera –repliqué, algo perpleja aún. Mi italiano no estaba demasiado pulido.

            -Sera no, signorina –dejó escapar una risita-. Giorno -me sonrió-. ¿No ve todos aquellos soles que nos iluminan? –señaló a las farolas encendidas de la plaza San Marcos.

            Fruncí el ceño, pero no pude evitar que una sonrisa divertida se dibujara entre mis labios. Ciertamente, parecía ser un hombre peculiar y divertido.

            -Sin embargo –continuó-, más allá de los soles, hay muchas callejuelas estrechas y oscuras donde una joven debería llevar cuidado. Es peligroso. ¿No preferiría volver al hotel con un precioso paseo en góndola? Le aseguro que no habrá tenido jamás experiencia más maravillosa. Cuando la noche cae, la magia se apodera de Venecia –estas últimas palabras vinieron cargadas de un halo misterioso, de un enigma implícito que entonces no llegué a entender.

            No sé qué tipo de temeridad me llevó a aceptar la propuesta, ni por qué ese extraño gondolero me inspiraba tal confianza con su sonrisa sincera como para no considerar un peligro volver sola al hotel con un desconocido. Ni siquiera me paré a pensar, ahora recuerdo, cómo es que sabía que yo me alojaba en un hotel. Aunque tampoco era difícil de imaginar, supongo que el mapa desgastado y roto en mis manos me delataría como turista.

            Me encontré pronto sentada en su góndola negra y con motivos dorados frente al Palacio Ducal. Detrás de mí, el gondolero se colocó en su sitio y empezó a hundir el remo en el agua. Con movimientos suaves y acompasados, fui viendo alejarse las luces de las farolas de San Marcos. Dorsoduro apareció a nuestra izquierda y entramos en el Gran Canal.

            -Si me lo permite, le relataré una historia, señorita –su voz me llegaba a ciegas desde detrás de mi espalda, envuelta en los susurros del agua al deslizarse por la superficie de la góndola y en los chapoteos de las batidas del remo. Yo me quedé callada, absorta por la belleza del paisaje que contemplaba. Prefería no romper la quietud reinante con mis palabras torpes, no fuera que la magia desapareciera de pronto.

            -Es la historia de una joven que se enamoró de un gondolero en este mismo escenario: Venecia. Era de noche y él le ofreció un paseo en góndola para volver al hotel –noté como sus labios se abrían en una sonrisa dejando escapar un suspiro al aire, mientras yo soltaba una risita nerviosa-. Sólo hizo falta una mirada entre los ojos verdes de él y los ojos avellana de ella para que sintieran muy adentro, en el corazón, que estaban destinados a intercambiar un beso, el beso más hermoso del que podrían disfrutar en toda su vida. Así pues, iniciaron el paseo. Fueron navegando al son de las batidas de remo del gondolero, mientras éste tarareaba canciones italianas que alegraban los oídos españoles de su joven dama –casi pegué un respingo. Había notado el acento español en las dos únicas palabras que había pronunciado. De entre sus labios escapó una carcajada cristalina como el agua que surcaba la góndola y la mecía-. Al llegar a la altura del hotel, amarró la góndola al embarcadero. Se miraron un instante e intercambiaron un beso dulce y apasionado. Después, la joven bajó al embarcadero, mientras que él comenzó a deshacer el nudo que fijaba la góndola al poste de madera. Ella lo miró con anhelo, con deseos de volverlo a ver y disfrutar de nuevo de su presencia y sus besos. Él se despidió con una sonrisa sincera en los labios y un movimiento delicado de mano. Nunca se volvieron a ver.

            Se quedó en silencio, esperando mi reacción. Yo había quedado completamente absorta con su historia y había sentido que los latidos de mi corazón aumentaban y mis ojos emitían un brillo especial en el momento del beso. Con el final triste, una lagrimilla descendió por mi mejilla izquierda. Pasaron unos diez minutos hasta que volvió a hablar.

            -Igualmente, sólo son historias. No tienen nada de verídico. Imaginaciones de un pobre artista soñador. No os preocupéis por ellos, están ciegos. La realidad siempre supera los sueños –me sonrió dulcemente. Yo le devolví la sonrisa, no sabía qué responder a sus profundas palabras. Dejó escapar un suspiro y después una de esas carcajadas cristalinas que parecían hacer vibrar cada fibra de la góndola y de mi propio cuerpo. Yo respondí también a la carcajada, invadida por un impulso extraño. ¿Qué otra opción me quedaba?

            Continuamos el paseo en silencio durante media hora más y finalmente llegamos al hotel. Ahora me asusta (o, al menos, me sorprende) pararme a pensar que sabía dónde me alojaba sin que yo le hubiese dicho, pero en aquel momento estaba poseída por el nerviosismo de la despedida y no tuve en cuenta ese detalle. Amarró la góndola al embarcadero y se volvió hacia mí. Yo ya me había levantado. Se acercó hasta que sentí que nuestros cuerpos se rozaban, cerró los ojos y se inclinó para dejar sus labios muy cerca de los míos. Abrió de nuevo los ojos y su mirada verde penetró hasta el más recóndito lugar de mi alma. Intenté dejar el miedo a un lado, cerré los ojos y terminé de unir nuestras bocas en un beso tímido. Tras ese primer contacto, nos volvimos a separar unos milímetros. Nos miramos de nuevo a los ojos. Los suyos resplandecían con un poderoso brillo de pasión y creo que lo mismo se podría decir de los míos. Volvimos a besarnos, pero esta vez con decisión. Junté las manos en su nuca, rodeando con mis brazos su cuello, y él las juntó en mi espalda, rodeando mi cintura. Comenzamos a hacer bailar nuestros labios suavemente y fuimos aumentando la intensidad a medida que la pasión iba aumentando. La magia había fundido nuestros dos cuerpos en uno sólo y apenas notaba ya sus manos suaves acariciando mi cabello liso y castaño, deslizándose sobre mi cuerpo delgado. Apenas notaba el tacto de su espalda fibrosa, de sus brazos fuertes. Lo único que sentía eran sus labios carnosos jugueteando con los míos, su dulce lengua danzando con la mía, en torno al fuego de nuestra pasión, al son de un vals secreto. Lo único que podía desear es que aquello no acabara nunca.

            Seguimos besándonos mientras la góndola comenzaba a hundirse progresivamente (nunca comprendí por qué ocurrió, acaso fuera el peso de nuestro amor eterno, pero poco importa). Flotamos sobre el agua por un momento, como si la belleza del momento nos sostuviera, antes de empezar a caer nosotros también. Cuando despegó su boca de la mía (algo que, instantes antes, hubiera creído imposible), me di cuenta de que nos estábamos hundiendo irreversiblemente en las aguas del Gran Canal de Venecia. El miedo se apoderó de mis ojos e intenté mascullar algo que se perdió en forma de burbujitas que ascendieron a explotar a la superficie. Él depositó un último y mágico beso, mucho mejor que cualquiera de los anteriores, y me susurró al oído:

            -Cierra los ojos.

            Yo, aterrada, era incapaz de obedecerle e intenté gritar que nos estábamos ahogando, pero mi boca se volvió a llenar de agua. Él clavó sus ojos verdes e infinitos en los míos y por un momento fueron lo único que vi en el mundo. Después, él me dedicó la más sincera y preciosa de sus sonrisas y se alejó hacia la superficie nadando. Yo cerré los ojos y me dejé caer.

            Desperté al día siguiente cuando el sol, a mitad de su ascensión, entraba por las ventanas abiertas de mi habitación con paredes de color amarillo. Me levanté, muda, y lo primero que vi fue una nota en la mesita. Estaba escrita con letra cursiva, letra cuidada y concretamente la más bonita que haya visto jamás en mi vida.

            Espero que me encuentre pronto, signorina.

            En efecto, no tardé mucho en encontrarlo. Sin embargo, siempre habrá un hueco en mi memoria, en mi corazón, para el gondolero de los ojos verdes y los besos mágicos que siempre seguiré añorando. Nunca volví a verlo.

domingo, 5 de junio de 2011

La verdad sobre el asesinato de Santiago Nasar

(Trabajo para la clase de Lengua y Literatura que consistía en narrar un capítulo de "Crónica de una muerte anunciada" de García Márquez desde el punto de vista de otro personaje, aunque tampoco está tomado muy literal... simplemente es otra visión del libro en conjunto.)



            Han pasado ya tantos años desde aquello que preferiría no recordarlo. Sin embargo, ha llegado a mis manos un ejemplar de “Crónica de una muerte anunciada” y mi conciencia me estrujaría la cabeza hasta matarme si dejara este extraño caso derivar hasta el mar del olvido envuelto en tantas mentiras inocentes. Si os inquieta el corazón, os aclararé una cosa: no es culpa del narrador, él está tan engañado como ustedes, sus lectores, y como todo aquél que no estuvo presente en la tragedia. No es culpa, tampoco, de ningún perverso político (aunque no nos hallemos faltos de ellos) ni de ningún magnate del petróleo ni de los campos de caña de azúcar que sustituyeron a la hacienda de Santiago Nasar. El culpable de todo esto es un hombre, un militar poderoso que obró movido por una venganza que le obligaba a llevar a cabo su ego infinito: Petronio San Román. Suya y, por supuesto, de todos aquellos partícipes y testigos de la tragedia (amigos o no del fallecido, poco importa) entre los que me incluyo, que callamos la boca por dinero, que transmitimos una noticia falsa que se acabaría propagando por todo el mundo y nos condenamos a tener la conciencia sucia de oro para el resto de nuestra vida. Yo, hoy el primer desertor del dinero (el Señor me perdone por no haberlo hecho antes), me propongo limpiarla si es que aún es posible, si es que aún no se levantarán los árabes enfurecidos a quemar mi casa y este pueblo de asquerosos y avariciosos hipócritas (entre los cuales me encuentro).

(Antes de comenzar el relato, pido ante todo piedad y misericordia al Señor por tratar yo, un representante suyo en esta tierra de pecado, temas tan obscenos y perversos. Sirva de excusa para conseguir su perdón que mi conciencia exija un acto de penitencia en Su honor).

            En realidad, quien mató a Santiago Nasar fue Petronio San Román. No con el filo de un cuchillo en sus propias manos, por supuesto, sino con el aún más hiriente filo del dinero. Y, como se podrán imaginar, fue un precio altísimo el que este señor (maldito sea, que hoy seguramente arde en el Infierno) hubo de gastar en comprar a todos aquellos testigos entre los que se incluía el mejor amigo de Santiago Nasar: Cristóbal (“Cristo”, como le llamaban) Bedoya. Sin embargo, no fue él por quien tuvo que pagar el mayor precio (al fin y al cabo, poco le importaba el oro a este endemoniado nacional), sino por los ejecutores del crimen que, como todos ustedes saben, fueron los hermanos Vicario. A ellos, a su familia en general, los pagó con el matrimonio de su hijo con Ángela Vicario. Sí, sé que el narrador de la crónica se refiere a ellos diciendo que acabaron volviendo a estar juntos únicamente muchos años después de la tragedia. Eso, como tantas otras cosas que no me detendré a enumerar por temor a que mi corazón se encoja hasta estallar, es mentira. Huyeron desde el primer momento los dos juntos, pero se aseguraron de que nadie así lo supiera. Al fin y al cabo, no era tan difícil, en su apartado lugar de exilio no vivía casi nadie y pasaban aún menos viajeros.

            Yo nunca hubiera sido consciente de esta trama (y cuántas veces me he lamentado de ello) si el doctor Dionisio Iguarán no hubiese estado ausente para hacer la autopsia. Todo sucedió tan rápido que me perdonarán mis lectores si me detengo poco en los detalles, pero la precipitación sin orden ni sentido alguno (hasta tiempo después, que comprendí todo) y mi avanzada edad se lo impiden a mi memoria. La noticia me llegó como un viento enorme venido de más allá de los rugientes mares, entre las selvas de platanales. Mi corazón, aún inocente entonces, se acongojó y corrió al campanario de la Iglesia para doblar las campanas en pésame por el alma del difunto, que en aquellos momentos aún se alzaba hacia el cielo ante todos aquellos que aún no nos habíamos vendido a Petronio y podíamos soportar el alzar la mirada y observarlo ascender en paz, aunque las lágrimas cayeran de nuestros ojos. Al volver a bajar las escaleras del campanario, me sobresaltó una sombra que se abalanzó hacia mí y me acorraló contra la pared, apretando contra mi pecho su bastón de ébano barnizado con un grabado dorado del escudo nacional. Yo me asusté y creo que (el Señor me perdone), solté alguna palabra malsonante que de ninguna boca debiera salir nunca. Mientras intentaba reconocer al hombre cuya cara tapaba un sombrero negro de copa inclinado y que portaba un traje con multitud de medallas de guerra, me susurró con una voz que olía profundamente a tabaco (todo hay que decirlo: del puro, del bueno):

            -Va a hacer la autopsia del cadáver.

Mi estómago, que profesaba repulsión al olor dulzón de los muertos, se revolvió de solo pensarlo.

            -Pero… debería hacerla el doctor Iguarán… -respondí con una nota de temor en mi voz. A muchas personas malvadas no les gusta que les repliquen.

            -Lo hará usted. El doctor Iguarán está de viaje –ésa fue también la versión oficial de los hechos. Sin embargo, como me enteraría después, el doctor Iguarán se hallaba en realidad muerto por no haber sucumbido ante la avaricia y haber negado el trato de Petronio.

Cuando me presentaron el cadáver, que ya había empezado a descomponerse, en la camilla donde debía hacer la autopsia, se me revolvieron las tripas de una forma tal que casi me salieron por la boca y quedo en un estado muy similar al del propio muerto (el Señor me perdone por describir con transparencia actos mundanales y obscenos, pero me veía obligado a anotarlo). Cuando vi, al lado, la cuchilla (si es que así se podía llamar) con la que debía hacer la autopsia, se me cayó el alma a los pies. Yo nunca había hecho nada parecido. Y, de hecho, fue casi peor que el propio crimen: una auténtica carnicería humana. Lo único que pude sacar en claro de aquel amasijo de sangre, cortes y tripas fue que la noticia que se extendió por todo el mundo y que incluiría en su sumario el juez (también comprado por el señorín acaudalado) fue, como tantas otras cosas, falsa. En realidad, los cortes nada tenían de imprecisos y serrados como los que pudiera haberse esperado de unos cuchillos viejos y usados de carnicero que se dijo que portaron los hermanos Vicario. Los cortes eran perfectamente limpios y rectos. Ustedes solos podrán, sin duda alguna, llegar a mi misma conclusión, aunque no os halléis llenos de sangre como yo estaba: los cuchillos eran en realidad de muy buena calidad, conseguidos, como todo, por el poder adquisitivo de Petronio San Román. Ahora me preguntarán: ¿por qué dijo todo lo contrario en el informe de la autopsia? Corrupción (el Señor me perdone), mis lectores, aquella bolsa llena de oro en el bolsillo interior de mis hábitos.
¡Aún me lamento de aquello! Si el doctor Iguarán hubiera estado presente, yo hubiera seguido siendo tan inocente como me levanté aquella maldita mañana: enfadado por la hipocresía de todas aquellas gentes que acudían al puerto con sus mejores ropas y regalos a saludar al obispo que venía en buque, y después volvían molestos y refunfuñantes a sus casas, escupiendo palabras que mejor no nombro, porque no se había detenido. La conducta del obispo es normal, digo yo (aunque sólo el Señor me escuche), tiene una explicación lógica y coherente. Y es que el desagrado que profesa por este pueblo se debe a la mezquindad de sus gentes, de la que todo este asunto que venía a aclarar no es más que otra manifestación más, al igual que aquella primera vez que el obispo pasó a saludar con la intención de pararse y nadie salió a recibirlo. Sólo cuando se enteraron de que dejó generosos regalos a todos aquellos que, benditos, sí salieron a recibirlo, se propusieron seguir el ejemplo para el año siguiente. Por supuesto, el obispo, con la clarividencia otorgada por el Señor, pudo ver a través de sus sucios ojos el interés que en realidad corroía su alma y se negó a detenerse en este (maldito) pueblo. Y, desde entonces, las gentes se enfadan y escupen cada vez que pasa, sin que sus siempre avariciosos corazones pierdan jamás la esperanza de recibir uno de esos generosos regalos que, desde luego, no están destinados a ellos.

No obstante, tampoco me puedo quejar del todo. Al menos no fui pagado para estar presente y ser partícipe de toda aquella farsa en el momento exacto del crimen. (O, quizá, haya de lamentarme por ello, pues, como me gusta pensar, de haber sido así me hubiera horrorizado y hubiera renegado de tomar parte de aquello, aún a costa de mi propia vida, como el santo del doctor Dionisio Iguarán). Y es que aquello debió de ser vergonzoso. Tantas personas, incluso su mejor amigo, Cristóbal (“Cristo”, le llamaban) Bedoya, observando el crimen, yendo de un lado para otro en trayectos que ya habían sido planeados con anterioridad para conformar una gran mentira bien organizada y determinada… Sólo de pensarlo me arrugo aún más de lo que ya de por sí me ha arrugado el tiempo amargo de penitencia y silencio que hasta hoy he vivido. Según me enteré después por fuentes que prefiero no citar, debían de estar todos los implicados caminando alegremente por la zona, sin un atisbo de tristeza en su mirada, sino más bien lo contrario: alegría porque su estómago de infinita avaricia estaba lleno para el resto de sus vidas con aquella suculenta (y maldita) bolsa dorada. Comentan, incluso, que comparaban su oro entre carcajadas, bien mirando el tamaño o bien escuchando el retintín que emitían las monedas al sacudir la bolsa. Y, también, que cuando los hermanos Vicario estaban apuñalando a Santiago Nasar contra la puerta de su propia casa, las gentes del pueblo gritaban lo que yo, desde lejos que me encontraba, pensé primero (inocente) que eran gritos de horror y luego (pecador) me di cuenta que eran gritos de júbilo que se intensificaron en una ovación cuando consiguieron al fin matarlo, a pesar de que se resistiera pues, por gracia de Dios, pudo ir a despedirse de su buena madre. No importa, todos ellos (como yo) arderán en el Infierno (el Señor me perdone por intentar juzgarlos, poder que sólo Él puede ostentar, pero los inmundos actos de estas gentes corresponden al máximo grado de deshumanización, egoísmo y perversión posibles).

La única pobre inocente (me alegro por ella de que muriera como tal, sin llegar a leer estas palabras mías que la hubiesen apenado más aún si cabe que la muerte de su hijo) que pudo llorar en el entierro de Santiago Nasar sin temor a que la tormenta que se acumulaba sobre nuestras cabezas descargara un rayo de justicia divino sobre ella fue su propia madre, Plácida Linero. Incluso sus criadas estaban enteradas de lo que iba a suceder, pero tal era el odio de Victoria Guzmán profesaba al “blanco” (como ella le llamaba) que apenas tuvo que comprarla también Petronio, sino que más bien se ofreció por propia voluntad. No fue igual el caso de su hija Divina Flor que, como bien señala el narrador de la crónica citada al principio del presente escrito, dejó sin tranca la puerta de la casa para que Santiago Nasar pudiera entrar (aunque, como sabrán por dicha crónica, luego su inocente madre la cerraría sin saber que así condenaba a su hijo). No es por tanto de extrañar que fuera raptada unos días después y se la encontrara semanas más tarde desangrada y medio putrefacta, cortada en mil trozos y violada aún más veces, en un cercano bosque de plátanos. El nuevo crimen fue asociado a unos gauchos vandálicos que se rumoreaba que solían pasear por la zona en aquel momento, aunque no han de dudar que fue obra, una vez más, del maldito y malvado Petronio San Román.

No quisiera cansar demasiado al lector, pues nunca fui un literato y probablemente mis palabras lleguen densas y cansadas a sus oídos (en realidad, salen de igual forma de la tinta de mi pluma, pues de igual forma me encuentro yo). Así pues, no me extenderé mucho más. Tan sólo quisiera hacer referencia a la persistente idea que se forjó en la imaginación del narrador de la citada crónica, la cual era que la muerte de Santiago Nasar se produjo después de una sucesión de casualidades que únicamente pudieron haberse dado por un juego trágico y amargo del destino. Como ya habrán alcanzado a comprender a lo largo de mi exposición (o, más bien, confesión), esto no es cierto, y si el cronista llegó a tal conclusión es precisamente por su desconocimiento de los verdaderos hechos que allí acontecieron, pues todos los testigos que cita en el libro tenían su boca aún manchada de oro (y miedo a las consecuencias de una traición), a pesar del paso del tiempo. En realidad, todas y cada una de las “casualidades” fueron preparadas minuciosamente por Petronio San Román, como si fuera un hombre de estos que hoy en día llaman “psicópatas”, pero yo prefiero atenerme a la verdad divina y decir, sin temor al error, que estaba poseído por el mismísimo Diablo, pues no puedo concebir tal abyección en un alma humana.

Y ahora sí, sin más, me despido de ustedes, mis lectores (perdónenme de nuevo mi torpeza al despedirme, pues nunca había redactado un escrito similar a éste y no conozco los formalismos que se han de seguir). Si alguno quisiera, como el narrador de la ya tantas veces citada crónica, hacer una recopilación de los hechos que en verdad ocurrieron, deberá de acudir a su imaginación para encontrarlos si no le satisface el presente escrito, pues no quiera el Señor que horrores tan poderosos se muestren a nuestras almas, desprovistas de defensas contra los actos del mismísimo Diablo, ni sea bueno remover aguas revueltas después de tanto tiempo. Hemos de pasar página y dejarlo atrás, únicamente extrayendo la moraleja: hemos de cuidarnos del poder del dinero, que casi todo lo vence y a tantos corrompe. De esta forma, no conseguiréis que mi boca (aún manchada de aquel oro) ni mi pluma vuelvan a pronunciar palabra sobre aquello, además de por las razones citadas, porque, si no me falta la fuerza para hacer una última buena obra una vez finalice el presente escrito, me hallaré en el Infierno para expiar mi pecado. Quizá incluso vuelva a ver a aquel maldito Petronio San Román y me tire a su cuello, furioso, a matarlo (allá abajo no estará el Señor para suplicarle clemencia), aunque ya nada valga la pena ni nada importe pues nos hallemos los dos muertos y condenados.

Fdo.
El pecador Carmen Amador

jueves, 2 de septiembre de 2010

La Ruleta Rusa

Andrea Rascetti murió el 4 de octubre en una sala escondida en un polígono industrial abandonado en Polonia, en una tarde gris y lluviosa, reventada su cabeza por una bala en el juego de la ruleta rusa.

Todo empezó otro 4 de octubre diez años atrás, cuando fue raptado por una mafia de órganos en una callejuela nada más pasar el Puente de Rialto, en Venecia, su ciudad natal, a la edad de 16 años. Él, aun habiendo oído el peligro de estas mafias, no había hecho mucho caso a la advertencia, como si estuviera excluido de ella y no corriera el riesgo de ser capturado, a pesar de vivir en una ciudad donde eran frecuentes estos casos. En el fondo, por entonces tenía razón.

Después de capturarlo, lo amordazaron, ataron y encerraron en una sala sucia y fría junto a más jóvenes y niños. Se podía leer el miedo en los ojos de todos ellos. Andrea, que había llegado a la conclusión de que estaba equivocado, también cayó presa del pánico. Cuando fue su turno, suplicó de todas las maneras posibles, de tales formas que habría roto en mil pedazos el corazón de cualquier persona decente. Pero estaba tratando con una mafia y ellos desoyeron sus súplicas. En un último momento, Andrea recordó haber oído en alguno de los discursos que les daban en el colegio sobre estas mafias que los jefes eran muy orgullosos.

-Desafío a vuestro jefe a la ruleta rusa -dijo.

El rostro del jefe, que se hallaba presente, se torció dejando reflejar su ira. Sin embargo, en honor a su orgullo, aceptó, temerario de él, pensando que nada le ocurriría. Se colocaron sentados frente a frente en una dura mesa  de hierro, con una pistola cada uno entre las manos. Empezó Andrea, a quien le temblaba terriblemente el pulso. Apretó el gatillo. No ocurrió nada. No pudo evitar soltar un suspiro de alivio momentáneo. Turno del jefe. Este estaba seguro de sí mismo, por lo que se colocó la pistola en la sien con una sonrisa de suficiencia. Apretó el gatillo. Nada. Sonrisa de suficiencia, quizá algo más difusa. Turno de Andrea. Apenas acertó a ponerse la pistola en la sien con un pulso de seísmo y una mirada que dejaba traslucir el pánico ancestral a la muerte con el que lleva cargando el hombre desde sus orígenes. Apretó. Nada. Suspiro momentáneo. Jefe. Este, ahora menos seguro de sí mismo, no pudo fingir la misma sonrisa que ostentaba antes. Gatillo. Nada. Andrea. Su cuerpo sufría violentas sacudidas que hacían parecer que estaba poseído por un espíritu. Puso la pistola en su sitio sin saber muy bien cómo. Apenas acertó a apretar el gatillo cuando oyó salir la bala e incrustarse más allá de su cráneo. Abrió los ojos hasta que casi se le salieron de las cuencas. Pensó que había muerto, hasta que se dio cuenta de que no tenía ningún dolor y su corazón seguía bombeando sangre. Seguía vivo. Fue en aquel momento cuando comprendió que poseía un don poco frecuente que le hacía invulnerable a los disparos de bala.

Los asistentes al espectáculo quedaron boquiabiertos al ver cómo Andrea sustituyó su expresión de terror por una sonrisa de suficiencia y retiró la pistola de donde acababa de ser disparada. Todos habían oído perfectamente la bala incrustándose en su cráneo, visión apoyada por el chorro de sangre que descendía desde la sien de Andrea.

-Es tu turno -dijo éste, sin dejar de sonreír.

El jefe, dispuesto a acabar con el mal sueño que estaba viviendo, apoyó la pistola en su cabeza. Apretó el gatillo. Lo consiguió. Acabó con ese mal sueño que estaba viviendo, ese que muchos llaman "vida".

El resto de la banda, aún sin creer lo que acababan de presenciar y temerosos por los "poderes" del extraño adolescente, lo nombraron su jefe.

Poco a poco, fue desafiando a la ruleta rusa a los respectivos jefes de las mafias de Venecia, consiguiendo en un año hacerse con el control de todas del mismo modo que había hecho con la primera. Una vez estuvo sobornada la policía, se ensañó cruelmente con los niños y jóvenes de la ciudad, alcanzando enseguida una inmensa fortuna con sus órganos y un nombre privilegiado en la lista negra del Gobierno de Venecia. Pronto consiguió controlarlo, utilizando una mezcla explosiva de amenaza y soborno, de tal forma que este no penalizaba sus actos. Se alzaron multitud de manifestaciones que fueron aplacadas con violencia y sangre. Cada vez más familias gastaban ingentes cantidades de dinero contratando empresas privadas de seguridad para salvaguardar a sus queridos hijos. Sin embargo, sólo facilitaban su captura, pues estas empresas estaban también en manos de Andrea. Las noticias llegaron a oídos de toda Italia, pero cuando aún apenas habían empezado a pensar cómo solucionarían el complicado problema, la Mafia consiguió controlar también el Gobierno italiano. Tan sólo habían pasado cinco años desde que retó al primer jefe mafioso a la ruleta rusa aquel adolescente temeroso que ahora dirigía la Mafia que controlaba Italia entera.

El escándalo no tardó en propagarse, como si de un fuego terrorífico con viento a favor se tratase, por todo el mundo. Los presidentes de las primeras potencias del mundo se pusieron a trabajar por primera vez juntos, esforzándose por acabar con el peligroso mafioso, pero cada vez eran más los países que cedían y pasaban a estar bajo su control.

Todo cambiaría una tarde gris y lluviosa de un 4 de octubre. Llegó un extraño a la sala escondida en un polígono industrial abandonado en medio de la nada en Polonia donde Andrea Rascetti trazaba los últimos retoques del plan que, al fin, le hubiera acercado hasta casi tocarla su ansiada conquista del mundo. Aquel misterioso extraño que apareció de entre las sombras, llevaba puesto un abrigo gris y remendado, empapado por la lluvia, unos pantalones viejos y rotos y unos desgastados zapatos de color negro satinado. Dijo llamarse Eric Mycek con una voz suave, fría y ausente, desprovista de toda clase de emoción humana. Las siguientes palabras que salieron de su boca, escondida entre las sombras de la capucha de su largo y remendado abrigo gris, fueron las que condenaron a muerte al mafioso más grande de todos los tiempos y también a su Mafia, pues sin él perderían todo lo que habían conseguido. Estas palabras, congeladas en aquel instante para siempre, desafiaban a una partida a la ruleta rusa a Andrea Rascetti.

El glorioso jefe quedó perplejo, pues sabía perfectamente que se había extendido su leyenda en la ruleta rusa por todo el mundo. Sin saber por qué, tuvo un mal presentimiento, acompañado de un duro escalofrío premonitorio que recorrió su espalda. Sin embargo, su poderoso ego le hizo sobreponerse y aceptó el desafío.

El misterioso extraño que decía llevar por nombre Eric Mycek se quitó la capucha, descubriendo una abundante y desgreñada mata de pelo castaño claro que prácticamente ocultaba su cara entera. Presionó la pistola que tenía entre sus manos contra los cabellos que tapaban su sien y apretó el gatillo sin siquiera inmutarse ni cambiar la expresión sin expresión de su rostro oculto. Nada. Fue el turno de Andrea. Colocó la pistola contra su cabeza con un leve temblor en el pulso que parecía presagiar su muerte. Apretó el gatillo. El arma disparó la bala que quedó incrustada con un ruido metálico junto a otras tantas en su cabeza. Andrea se llevó un buen susto, pero descubrió que seguía vivo y todo era como siempre: conservaba su don. Sonrió con la suficiencia que siempre demostraba. Sin embargo, Eric Mycek no se movió ni un ápice, como si aguardara a algo que sabía que iba a ocurrir. De repente, ocurrió algo inesperado: la cabeza de Andrea Rascetti reventó. Justo antes de morir, comprendió que su don no le protegía de una sobreabundancia de balas incrustadas en su cabeza, y que su volumen acababa de superar el de esta con esa última bala de ese último desafío del misterioso extraño: la última gota que había colmado el vaso y le había hecho derramar su contenido.

Los compañeros de Andrea, aterrorizados por aquel hombre de largo abrigo gris y remendado que acababa de ganar a su legendario líder a la ruleta rusa, propusieron a Eric Mycek convertirse en jefe de la mafia que había estado a punto de controlar la Tierra. El "extraño misterioso" (como, después de olvidado su nombre, sería recordado) rechazó la irrechazable oferta con su habitual voz suave, fría y ausente, que acariciaba hasta cortar como la hoja de un cuchillo. Se levantó lentamente de la mesa y comenzó a caminar con su habitual paso tranquilo hacia la salida de la puerta hasta perderse entre las sombras, justo de donde había venido.

lunes, 28 de septiembre de 2009

La mancha de café


Román Benniotti se levantó con prisas, como todos los días, a las 7:30 de la mañana (ni un minuto más ni uno menos, era importante que llegara puntualmente a las 8:00 a su trabajo, una empresa financiera), y bajó a desayunar. Desayunó… lo de todos los días: alguna tostada y una taza de café con leche. Se duchó y vistió rápidamente y salió sin que siquiera le diera tiempo a comprobar lo bien que le quedaba el flamante nuevo traje que se había comprado. Todos sus compañeros se asombrarían.

Llegó al trabajo corriendo (como siempre) pero puntual, a las 8:00 clavadas. Entró con pasos majestuosos, esperando a que todos sus compañeros alabaran a su traje. Sin embargo, se llevó una gran decepción al comprobar que, aunque le saludaban más distraídos de lo normal mirándole, esta mirada era más bien de extrañeza que de asombro, y, desde luego, nadie comentó nada. Román se dirigió a su puesto cabizbajo, pensando en qué narices pasaba para que nadie le hubiera hecho ningún comentario. Fue pasando la mañana atendiendo a los clientes, los cuales también se quedaban mirando su traje nuevo de forma rara, pero tampoco decían nada. Román cada vez estaba más extrañado.

Casi al final de la mañana, poco antes de que acabara su horario de trabajo, se le acercó el jefe con cara de no muchos amigos:

-Señor Benniotti, ¿cree usted que estás son formas de estar presentable para trabajar? –le preguntó con voz seria.

Román, con la rabia que había ido acumulando durante toda su decepcionante mañana, contestó furioso:

-¿Presentable? –casi gritó- ¡¿Presentable?! ¿Acaso mi carísimo traje nuevo no es forma de estar PRESENTABLE para trabajar?

El jefe endureció el gesto.

-Mire, le voy a decir un par de cosas –dijo con voz tranquila pero a la vez tremendamente seria-: Primera, su “carísimo nuevo traje” tiene una mancha de café cruzándolo de arriba abajo. Segunda: usted esta despedido, no me puede hablar de la forma que lo ha hecho, ya sabía usted que en esta empresa no se permite la indisciplina. No se moleste en suplicar ni en volver a pasar por aquí –terminó con la misma voz tranquila con la que había empezado, dándose la vuelta y desapareciendo tras un enjambre de mesas y ordenadores.

Román se levantó abriendo mucho los ojos, asustado, mientras clavaba la mirada en la marcha de su jefe. Pero este había sido claro: nada de súplicas. Así que recogió todas sus cosas y se fue de allí, no sin dedicar una última mirada asesina a aquel inmundo ser que lo había despedido.

Recorrió las calles al borde del llanto, haciéndose un millón de preguntas sin respuesta: ¿Cómo se lo explicaría a su esposa? ¿Qué diría? ¿Lo aceptaría? ¿Volvería él a encontrar un buen trabajo? ¿Y si no lo hacía que pasaría?... Cada pregunta era más deprimente que la anterior.

Llegó a casa media hora antes de lo normal y se la encontró vacía. Todos los días llegaba más o menos a la vez que Estela (su esposa), pero hoy, obviamente, no era un día cualquiera de “todos los días”. Dejó el maletín en la mesita de su cuarto y se tumbó en la cama, sin ganas de hacer nada, sólo mirando al techo. Estela llegó a las 2:00, tan puntual como siempre. Saludó con un alegre “¡Hola!” que se oyó por toda la casa. Seguro que a ella sí que le había ido bien en el trabajo. “Román, ¿dónde estás?” oyó él desde la cama, con la mirada aún fija en el techo. Poco después, Estela abrió la puerta.

-Cariño, ¿qué te pasa? –preguntó preocupada sentándose a su lado después de dejar su propio maletín también en la mesita.

-Me han despedido del trabajo –contestó fríamente Román, sintiendo por otra parte que las lágrimas comenzaban a resbalarle por las mejillas.

-¡¿Que te han despedido?! –respondió ella gritando- ¡¡¿¿Que te han despedido??!! ¡¡¿¿Y ahora cómo pretendes que cuidemos a nuestro hijo, que viene ya en camino??!! –cada vez elevaba más la voz-. ¡Por mí, te puedes marchar de esta casa ahora mismo! ¡Es más, te ordeno que lo hagas, ya no tienes con qué pagarla!

-Vale –respondió Román, mirándola ausente, perdido.

Después de unos instantes de ensimismamiento, se levantó y, recogiendo por segunda vez en este desastroso día todas sus cosas, salió por la puerta. Bajó casi tropezando por las escaleras hasta la calle y deambuló como un fantasma (incluso la piel se le había vuelto traslúcida) hasta que llegó a un estrecho callejón oscuro sin salida. Se adentró por él y, en una esquina al final de éste, se sentó enterrando la cabeza entre las rodillas. Comenzó a sollozar.

De repente, oyó pasos, pero no levantó la mirada. Alguien se acercaba a él, misteriosamente intentando no hacer ruido y sin decir palabra. Es más, no era alguien, eran varios, 4, 5 o quizá alguno más. Pero Román no levantó la cabeza, le daba igual quiénes fueran, si le robaban o qué le iban a hacer. Su vida estaba ya hecha una mierda. ¿Qué más daba un poquito más?

Dejó de oír pasos pero sentía la respiración de aquellos hombres (o jóvenes) muy próxima a donde estaba él. Levantó la cabeza levemente, lo justo para vislumbrar una camisa con un estampado donde se veía “666” (logo que reconoció como el de una banda llamada “Siervos del Diablo” o “666” y que se dedicaba a asesinar al transeúnte número 666 que pasara por aquella calle). Después, dejó de ver nada, ya que sólo sintió la multitud de puñaladas con las que torturaron su cuerpo de mente ausente hasta que acabó muerto en su propio charco de sangre. Esta vez no le hizo falta recoger todas sus cosas.

Y todo por una mancha de café.