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martes, 7 de abril de 2015

El ciempiés VI - La chica pintada en la caja de cereales

Fue aquel día en que desayuné, cuando el ciempiés aún estaba aquí, y me paré a observar la caja de cereales corn flakes, estaban pintados los rostros y los hombros de varias personas entre ellas una chica Carmen (ponía debajo) de cabello lacio y oscuro, sonrisa poderosa y pensé que era guapa. Es difícil tratar de explicar el resto mientras Carmen se disuelve lentamente en mi pecho.

La primera imagen. Llegamos a su casa. Comenzamos a desvelarnos, a friccionar y a buscar ciertos paisajes. Entonces mis olas baten su arena, mi luz penetra su ventana y las sábanas revolotean alrededor nuestro como palomas blancas de otra guerra, y en ese preciso instante tumban la puerta los policías al grito de "¡En el nombre de la ley!".

-La ley nunca ha respetado el amor - le susurré al oído desnudo.

Antes de eso habían pasado muchas cosas y han pasado aún más hasta que Carmen se disuelva ahora en mi pecho y pasarán quizás más cuando se separe como el tacto de un cuchillo frío. Ahora ya el futuro se plantea rojo y sin esquinas, demasiado recto, como siempre lo quisimos.

Pero hubo un tiempo en que no fue así, cuando su imagen comenzó a crecer en torno a mi cráneo como una hiedra y no podía dejar de pensar en ella, cuando comencé a buscarla y sólo sabía su nombre Carmen y su rostro pintado en la caja de cereales y desconocía toda España, un millón chicas de su edad. Tampoco fue así cuando nos conocimos y no me creía haber recorrido durante días todas las calles de Madrid y de Barcelona y de al-fin-encontrarte Valencia, gritando su nombre Carmen, enseñando su imagen el recorte de la caja de cereales a los transeúntes, como un loco.

Fue en la noche de al-fin-encontrarte Valencia y aquella chica amable de rizos castaños Olatz que me dijo dónde encontrar a Carmen, cuando aún no sabía que la perseguía el nombre de la ley. Explicar por qué la perseguía el nombre de la ley daría lugar a otro relato y está fuera de lugar, aunque en realidad nunca me lo explicó ni tampoco lo pedí. No es tan raro al fin y al cabo que a alguien le persiga un nombre como una sombra, no ya unos meses sino durante años, y a ella le perseguía el nombre de la ley, a mí su nombre Carmen, hay otros quizás a quienes les perseguirá el nombre de una ciudad o el de una película. En todo caso nunca me lo explicó ni yo se lo expliqué a ella, sólo fuimos de casa en casa, de lecho en lecho, amantes ambulantes.

viernes, 27 de marzo de 2015

El ciempiés V - Confesión

  El ciempiés y yo ya éramos buenos amigos, así que un día me confesó por qué lo hacía. Lo de obligarme a escribir.

Todo empieza en su infancia como si esto fuera un cuento. A los ciempiés se les prohíbe soñar desde que nacen, los ciempiés son terriblemente pragmáticos, piensan que soñar es vano. Puesto que la perfección no existe en el mundo dicen soñar es vano porque siempre se aspira a perfecciones inexistentes inalcanzables. Cualquiera que conociera al ciempiés puede dar testimonio de que esta idea estaba profundamente arraigada en él, percutida salvajemente en su mente, con todas sus reverberaciones.

(Durante todo el tiempo que conviví con él no le revelé la verdad. Posiblemente el ciempiés nunca llegara a comprender que el hecho de no soñar en verdad confundía la realidad y los sueños.)

Me enseñó después un artículo científico en el que se describían minuciosamente unos estudios sobre una especie animal de alguna esquina perdida y olvidada del mundo y digo esta especie animal sólo vivía de sueños sus propios sueños, vivir como verbo literal alimentarse, los científicos habían concluido que la energía la obtenían de alguna forma de los sueños. 

Me explicó como no pueden soñar los ciempiés tienen que buscarse oficios que los satisfagan a medias y para los que no se requieran grandes aspiraciones, los ciempiés son pragmáticos. Por eso él se había inspirado en el artículo y había decidido dedicarse a vivir de los sueños de otros, vivir como verbo literal alimentarse, se alimentaba de los sueños de otros. Había hecho falta mucha práctica pero finalmente había llegado a vivir sólo de los sueños de otros, a alimentarse sólo de los sueños de otros decía y yo lo creí porque jamás en todo este tiempo le había visto ingerir o beber bocado o trago alguno.

Así que era eso. Cada letra de tinta que salía de mi prosa la bebía con la sed de un nómada del desierto.

jueves, 12 de marzo de 2015

Nanorrelatos

III

Entre lágrimas, Sofía le dijo a su madre que no había forma humana de cumplir sus sueños. Entonces se convirtió en una extraterrestre. Y logró sus sueños, pero nadie más volvió a mirarla a la cara, bicho raro.


IV

Me lié a tiros con el mar. No quería irse, no había forma de quedarnos solos.

sábado, 28 de febrero de 2015

El ciempiés IV - El reloj electrónico de la casa de mis abuelos

Vosotros tenéis relojes, nosotros el tiempo. (Proverbio africano)


El ciempiés y yo ya somos buenos amigos así que hoy ha venido con nosotros a visitar a mi familia de Salamanca, en el coche ha tenido que agacharse un poco pero al final no ha sido mucho problema y hemos llegado a casa de mis abuelos. De la casa lo que más le ha llamado la atención es el reloj electrónico de la cocina. Antes de seguir relatando la historia he de introducir primeramente una descripción del reloj electrónico ya que de otra forma no se entenderían los inusuales acontecimientos que han sucedido.

El reloj electrónico de la cocina de la casa de mis abuelos nunca ha dado la hora. No la hora correcta quiero decir o al menos la que hasta ayer podría haber sido la hora correcta. Pero no entro aún en la historia. Nunca ha habido ningún problema con que el reloj electrónico de la cocina no diera la hora porque en la pared de enfrente hay un reloj analógico tradicional puntual. Pero tampoco podemos decir que el reloj electrónico fuera un elemento de decoración, su cuadrada negrura con números rojos y cuadrados separados por dos puntos intermitentes cuadrados y rojos no agradan particularmente a la vista así que resulta inquietante que nadie haya reparado nunca en el reloj electrónico de la cocina de la casa de mis abuelos (que no encaja en el amueblado anciano que lo rodea) y lo haya colocado en un lugar más apropiado o al menos haya ajustado la hora. El reloj ha estado siempre ahí, tictaqueando sus propios segundos, recorriendo sus propios días.

Pero parece que esta vez el reloj electrónico de la cocina de la casa de mis abuelos no sólo tictaqueaba desfasado sino también a distinto ritmo. Es natural que mis abuelos no se percataran al fin y al cabo nadie se da cuenta de las cosas cuando suceden a un ritmo suficientemente lento como el crecimiento del cabello o de las uñas o el paso o no paso del tiempo. Pero mis tíos habían estado hace pocos días y también nosotros pasamos por alto la deriva senil del reloj sólo el ciempiés (quizá por nuevo) se dio cuenta y me lo dijo.

- Siempre ha ido mal - el argumento podrá resultaros hilarante pero en cualquier caso es común decirlo de las cosas que van mal.

El ciempiés señaló quizá acertadamente que era una obra de arte.

Al día siguiente me levanté. Me sorprendió que todo estaba aún oscuro y cuando salí al pasillo vi a mi abuela andando perfectamente hacia atrás como cuando se rebobinan las películas me saludó:

-Ranec sereiuq is euq ogid.

-¿Qué?

-¿Ranec sereiuq?

Asentí levemente como se asiente cuando no se comprende y seguí a mi abuela caminando perfectamente hacia atrás por el pasillo. Me froté los ojos y entré en la cocina donde estaban mis padres recogiendo la comida de los platos hasta que quedaron completamente limpios sin necesidad de lavarlos, guardaron los platos y siguieron a mi abuela todos caminando perfectamente hacia atrás por el pasillo.

-Oiram, odnarepse somabátse et.

Me giré, me di cuenta de que estaba el ciempiés por su risita mojada de insecto mientras señalaba el reloj electrónico. Parpadeé intentando despertar en aquel caos indescifrable me giré de nuevo hacia el ciempiés con una pregunta sintiendo ya el vértigo de los labios y volvió a hacer un gesto en dirección al reloj electrónico: acababa de pasar un minuto hacia atrás.

Cuando salimos a la calle para comprobar que era un fenómeno global ya había desanochecido y el sol salía por el oeste. La gente en la calle también caminaba perfectamente hacia atrás y cuando paré a un señor para preguntarle la hora me miró con el ceño fruncido, dijo algo al revés que no pude descifrar y siguió caminando hacia atrás con el semblante ya más relajado. No sé cómo me verían ellos (digo el resto esos locos que viven acordes al reloj) pero cuando desamaneció al amparo de la noche aquella pandilla de gamberros me dio una tremenda paliza y cuando recuperé la consciencia entre dolores el ciempiés me dijo que ya no todo iba hacia atrás sino que iba hacia atrás un rato o unas horas y después hacia adelante un rato o unas horas y así el sol se ponía y se quitaba casi a su antojo, siempre en un tango opuesto a la luna.

domingo, 22 de febrero de 2015

El ciempiés III - La casa en cuesta

Siempre había agradecido secretamente a mis padres por vivir en una casa en una calle en cuesta porque en caso de inundación el agua correría hacia abajo pero nunca hubiera imaginado que un día la casa se pondría en cuesta también.

Nota del autor: Antes de nada concretar que el ciempiés sigue acompañándome no se va, aunque ya no me obliga a escribir pero sigo con el mono en el hombro y ya uno se acostumbra y el ciempiés aplaude sonoramente con todas sus ciempatas.

Quiero decir que desperté aquel día después de aquella noche que ya he relatado y la casa se levantó con el suelo torcido, había un desnivel entre mi cuarto y la cocina, mi cuarto abajo la cocina arriba. El primer día lo solventamos sin demasiadas dificultades con voluntad y turnos de ir a la cocina que se convertiría en el lugar de las provisiones. Pero al segundo día hallamos el problema añadido de que también las escaleras de bajada a la calle estaban extrañamente en desnivel hacia arriba, y sólo pudimos concluir un viaje al supermercado y subir escaleras arriba que también estaban en desnivel hacia arriba así que subirlas con unas pocas chocolatinas, algo de carne y cuatro patatas fue toda una odisea de extenuación hasta el agotamiento.

Algún día nos quedamos a dormir en la cocina, pero era demasiado fría, así que volvimos al cuarto y cada vez las visitas a la cocina se hacían menos frecuentes, porque costaba esfuerzo y teníamos que administrar las provisiones y como las visitas se hacían menos frecuentes cada vez comíamos menos y costaba más esfuerzo y las visitas se hacían menos frecuentes hasta que hoy ya hace varios días que no comemos. El agua es más fácil, está el grifo del baño nada más salir del cuarto pero la cocina es un infierno y hace varios días que no comemos.

Al borde de la desesperación, depositamos nuestra última esperanza en las matemáticas. Por eso que dicen de que todo se resuelve con matemáticas. Yo no lo sé y el ciempiés menos que es de letras, pero sin duda esta geometría en la que estábamos recluidos, esclavizados, aprisionados tenía que tener alguna solución lógica, quizá alguna aplicación biyectiva nos salvaría la vida.

jueves, 5 de febrero de 2015

El ciempiés II - El mar

Nota del autor: Después de diecinueve horas el ciempiés parece haber saciado su hambre, se acomoda en el sofá panza arriba, cuenta con cada una de sus patas los días que llevaba sin comer antes de maravillosamente conocerme. Sigue gritándome sin embargo condenándome a esta esclavitud del escritor pero ahora incluso lee detenidamente las páginas mientras se cala el sombrero de seta y una risita mojada de insecto se lee escapa de las mandíbulas.

Levantarme y subir las persianas fue como un chapuzón en el mar. El cielo estaba azul hiriente como en los mejores días de verano y el agua llegaba casi a la altura de la ventana, por lo visto se habían deshelado los polos de varios planetas.

El ciempiés refunfuñó que su religión le prohibía nadar, así que teníamos un verdadero problema: no podríamos ver la ciudad bajo la refracción azulada y el silencio ahogado y nos tendríamos que conformar con vaciar un vaso de agua sobre nuestras cabezas para que el cerebro pudiera al menos disfrutar del teórico baño, que hacía calor y las neuronas empezaban a hablar de narcóticos, sobre todo las cieneuronas del ciempiés.

La casa bostezó, llena de arena, pero al ciempiés no le gustaban los castillos. Decía que eso era de gente rica, deformaciones de nuestra sociedad, que los ciempiés no construían castillos de arena. Le pregunté con cierto desdén en qué coño empleaban los ciempiés su tiempo si no podían bañarse en el mar ni construir castillos de arena.

Nota del autor: El ciempiés ha enfurecido y ha vuelto a devorar todo hoja por hoja tan pronto como terminaba de escribirlas. Ya por gula, supongo. He aprendido entonces que las ciempiés no tienen coño o que a los ciempiés en general no les gustan las preguntas. Parece que se ha tranquilizado ahora que el mar asoma por la ventana, llamando al cristal con un glu glu pegadizo.

Ahí estaba el mar, a través de todos los edificios meras fantasías mal delineadas por arquitectos borrachos, ahí estaba infinito y hermoso el mar eterno y transparente. La gente llevaba sus trajes de neopreno negro y corbata. Todos nadaban rapidísimo o tenían un submarino deportivo pues la prisa lleva bombas de oxígeno y todo tipo de explosivos y no se ahoga bajo el mar. Por otro lado, los pocos soñadores que habían sacado sus veleros a la superficie desistieron enseguida. Con tal trajín en sus entrañas, el mar pronto se encabritó y se deshacía de los barcos con coces de espuma, terriblemente herido por los explosivos de la prisa que arañaban su vientre de un lado a otro como si ésta se paseara por su casa.

Cuando la luna torció su sonrisa, las aguas se retiraron del barrio. Pronto empezaron a emerger las primeras algas y las había de todos los colores y texturas (metalosas, maderosas, hormigonosas) sobre un fondo de coral asfáltico. Salimos entonces (el ciempiés y yo) a dar un paseo. Era difícil el tránsito, la mayoría de viandantes acababa cuadrando su culo en los baldosines de las aceras y algunos peces estoicos aún coleaban de un lado a otro, dirigidos ordenadamente por muros imaginarios construidos sobre líneas blancas. La gente, ridícula con sus trajes de neopreno negro y corbata, se esforzaba en simular que no había pasado nada, mientras en las líneas de juntura de los baldosines aún pequeñamente inundadas había pequeños moluscos que habían construido albergues y estaciones y pronto empezarían a rezarle a la lluvia.  El mar había impregnado todo con su maravilloso aroma de lágrimas y espuma y algunos comenzaron a odiarlo pronto.

martes, 27 de enero de 2015

El Padrino

- Buenas tardes. La operación ha sido un éxito. Hemos dado un golpe que las Grandes Familias no podrán revertir: no ha quedado ni uno vivo. Los Campazzo han protestado cuando se han enterado, pero cuando mis hombres han borrado del mapa a Paolo han dejado de piar.
- Muy bien, muy bien... Buen trabajo.
-Gracias, Padrino.
- Siempre te he tenido en gran estima, Giorgio. ¿Sabes? Justo estaba pensando si de verdad esto tenía un sentido.
- ¿Esto? ¿A qué se refiere?
- A la mafia, el crimen, los negocios...
- Pero qué cosas dice, Padrino.
- No, no, lo digo en serio. Estas cosas siempre acaban mal. ¿Por qué seguimos, Giorgio? Siempre llega un día en que todo se viene abajo y otros pasan a ocupar tu lugar. Lo que viene rápido, rápido se va. Y todo viene rápido en nuestras vidas, Giorgio, y rápido se irá.
- ...
- No me juzgues. Con la edad uno acaba pensando en estas cosas, ¿sabes? Es un poco como la vida. O más que un poco. ¿Por qué, si todo se acaba, si tenemos la certeza de que todo se acaba, por qué seguimos? No tiene mucho sentido mirado así, pero hay que intentar dárselo... No me mires así, muchacho, no quiero compasión, no ahora. Si has venido a matarme... Guárdate esa mordaza, coño, déjame que al menos sea digna. Y rápida. No gritaré, no suplicaré.
- ¿Ya sabías que venía...?
- Lo he leído en tu cara, hijo, sabría que este día llegaría... Pero te decía, no te cuento todo esto porque hayas venido a matarme. Mátame. Si te cuento esto es porque uno al final de su vida hace cuenta de lo que le ha quedado por decir, por hacer... Y para hacer es tarde, pero decir siempre se puede. Y ahora ya...
- Lo siento, Padrino...
- No, no es bueno sentir en este mundo.
- Yo...
- Joder, que no  quiero explicaciones, Giorgio, si no las habría pedido. Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar. El negocio es el negocio. Y ahora ya... No te esfuerces, sé un poco hombre y calla. Las putas palabras siempre estropean las despedidas.

jueves, 8 de enero de 2015

El ciempiés I - Nocturno

Nota del autor: Llevo aproximadamente una hora escribiendo y el gran ciempiés que me obliga a gritos a seguir haciéndolo paradójicamente ha ido devorando todo hoja a hoja tan pronto como terminaba de escribirlas. Ahora que acaba de caer dormido, aprovecharé para proseguir mi relato de esta noche recién pasada, pero no puedo garantizar que el ciempiés no despierte y después vuelva a dormirse, así que habéis de perdonarme si encontráis partes inconexas en la historia. Son las seis de la madrugada.

- Somos como hombres lobo - dijo -. Cantamos a la luna cada noche, pero no importa si está llena o vacía como nuestras botellas.

Me gustó la idea, así que me sumergí en el batido de música electrónica y cuerpos de la discoteca. Me acerqué a una chica rubia que me pareció pintada como en un cuadro de Van Gogh y laceramos nuestros cuerpos con la fricción o ficción del olvido.

En algún momento encendieron las luces y, como seres nocturnos, nos dirigimos hacia una salida y vuelta a la oscuridad. Afuera caían copos de cemento y la gente corría a los coches, los taxis, los autobuses, sus casas, todos empapándose de esa sustancia gris y pegajosa. Yo me refugié del cemento bajo un balcón del edificio, junto a una chica que daba una profunda calada a un porro.

- Los escritores como tú perdéis la cabeza vomitando y vomitando ruido en vuestros cauces de tinta, sin reparar en que, en el fondo, sólo perseguís el silencio - me dijo.

Acabamos en su casa, desatando los segundos, rompiendo ese ansiado silencio entre besos y gemidos de los muelles de su cama, que sonaban a sexo viejo. Ya después, cuando las sábanas habían crecido como enredaderas en torno a nuestro cuerpo, hubo un instante en que nos unimos a través de la piel, como dos gotas de agua se juntan, y ella me vertió sus verdades y yo le vertí las mías.

Estaba de nuevo en la calle y me sucedieron varios acontecimientos insólitos en la vuelta a casa por caminos desconocidos que ni vi ni recuerdo. Había dejado de nevar cemento, así que las calles ya estaban puestas y casi repuestas de la noche de excelsos excesos. Aún se respiraba el aire limpio y frío previo al amanecer, pero de vez en cuando alguna bestia mecánica temprana aparecía rugiendo a cachivaches y abriendo heridas en la oscuridad con sus ojos brillantes, y después se perdía de nuevo devolviéndonos (digo, al ciempiés y a mí) el silencio limpio y frío, como si sólo hubiera sido una perturbación ocasional y después lo hubiera engullido la vorágine de olvido y hubiera pasado a amanecer en otro mundo, quizá en otro universo.

sábado, 20 de diciembre de 2014

El rincón de las mariposas suicidas

"Sólo hay una vía de participar en la Historia: actuar como una partícula brillante, siempre idéntica a sí misma, maravillosamente bella y desobediente a todo mandato."
(Yukio Mishima, 'Caballos desbocados')



29.04.15

La noticia había corrido y recorrido las portadas de los medios de comunicación de todo el mundo, con esa misma imagen sobrecogedora, repetida como un eco. Los biólogos no podían explicar cómo ni por qué tal cantidad y variedad de mariposas habían migrado a este lugar particular, en la región de Nara (al oeste de Osaka, Japón), en un claro de un bosque, junto a un pequeño lago, para realizar un ritual suicida en comunión.

Una vez se hizo público, los turistas habían perdido la cabeza por viajar a presenciar tal esperpento de la naturaleza. El gobierno japonés había tratado de organizar a contrarreloj un asunto que se le escapaba de las manos, pero las líneas de espera eran de varias horas aún reservando por internet. Todo esto lo escribo en el avión, no he podido resistirme a presenciar con mis propios ojos tal maravilla de la naturaleza vagamente manchada en el papel de periódico.


01.05.15

Tuve que esperar seis horas y media, desde las siete de la mañana a la una y media, para poder entrar al recorrido de 10 minutos alrededor de los aproximadamente 20 metros cuadrados de mariposas suicidas. Cuando por fin entré, la imagen se abrió ante mis ojos como una herida que rugía y rugía y partía mi cuerpo y desataba esencias que jamás había sospechado que llevara dentro. El rincón de las mariposas suicidas era el cénit del color, como un sol brillantísimo. Dolía mirar y a todos nos lloraban los ojos, había gente incluso arrodillada ante los vanos esfuerzos de los guardias por hacer fluir el tráfico de lágrimas.

-Quel triste! - exclamó un niño de la familia francesa que me precedía.

-C'est pas triste. C'est beau - respondí.

No llorábamos porque fuera triste. A nadie le conmueve hoy en día la muerte de una ni de miles de mariposas. Si aquel espectáculo único nos emocionaba era por ser bello como sólo puede serlo la muerte. Porque nos conmueve lo inmortal, lo Absoluto. Aquellas mariposas que dentro de pocos días se pudrirían y serían polvo que sepultaría la tierra, paradójicamente habían trascendido a la Historia del Universo con aquel acto suicida de la más pura belleza. Pues sólo la Belleza es Histórica y Absoluta.

viernes, 12 de diciembre de 2014

Nanorrelatos

I

Un día abrí los ojos y me encontré el mundo patas arriba. Aún no sé si es la realidad o me convertí en un murciélago. Pero no vuelo.


II

Antes de morir, viajó a Ginebra para verter sus recuerdos en el acelerador y así deshacerlos en millones de nanopartículas de olvido.

jueves, 21 de agosto de 2014

Conversación I

-Hola, ¿qué tal?
-Buenas... Bien, bien. ¿Tú?
-Bien también. ¿Te parece...?
-Sí, sí. Está bien el sitio, ya veo lo que me dijiste...
-Un par de cañas, por favor.

-Hacía mucho que no nos veíamos.
-Sí, no sé, ya sabes, que si esto, lo otro... al final el tiempo vuela y no nos damos cuenta.
-Yo corté ayer con Carlos...
-¿Me has llamado por eso?
-Bueno, cortó él.
-Espera, ¿Carlos? ¿No era Jorge?
-Eso fue hace mucho, Lucas.
-Hacía mucho que no hablábamos...
-Sí...
-Bueno... y... ¿cómo fue eso?
-Ya sabes cómo son estas cosas. No sé, pregúntale a él.
-¿Y qué hacía... Carlos?
-¿Qué importa eso?
-No sé, digo yo...
-No me gusta hablar de él. No ahora.
-Pero si has empezado tú...

-Bueno, ¿y qué tal va la clínica?
-Bien. Bueno, ahí va.
-No es poco hoy en día. Me alegro, Carmen.
-¿Tú qué hacías ahora? Ya sabes que no entiendo mucho de esas cosas.
-Pues... estoy en un laboratorio. De Física de Partículas. De estos que hacen chocar partículas, como el CERN. Bueno, no, pero... Pagan...
-¿Y te gusta?
-Sí, bueno, pagan bien...
-¿Pero te gusta?
-Sí, bueno, fue en lo que me especialicé...
-No has cambiado.
-¿A qué te refieres?
-Nada, da igual. Me alegro también.

-¿Sabes? Últimamente recuerdo mucho. Sobre todo desde ayer, aunque ya antes, cuando estaba mal con Carlos.
-¿A qué te refieres...?
-De los viejos tiempos... De nuestra cuadrilla. ¿Recuerdas a María? ¿Y qué fue de aquél cómo se llamaba... Jiménez? Y, bueno, el otro día mirando álbumes me salió una foto de cuando estuvimos juntos.
-Sí, son buenos recuerdos... Ya quedan lejos, ¿no?
-Sí, supongo.

-¿Sabes? Yo también... bueno, yo...
-Me gustaría pasar la noche contigo.
-¿Qué?
-Que me gustaría pasar la noche contigo.
-¿Te refieres...?
-Sí. Como en los viejos tiempos. Anda, ¿qué dices?
-Pero Carmen...
-No me vengas con peros...
-Que tengo novia, Carmen...
-No tiene por qué enterarse.
-No, Carmen...
-Cuando estabas con Lucía no te importó.
-Sigo con Lucía...
-Pues eso. Venga, que sabes que te pongo más que ella.
-He dicho que no.
-Estoy mal por Carlos...
-Por eso me quieres, ¿no?
-No te vayas, anda... Ya sabes que yo siempre digo lo que quiero.
-Bueno...
-Otras dos cañas, por favor.

-Y... ¿bueno, qué tal te va con Lucía?
-Pues... sí, esto, bien, sí. Vamos, hay altibajos pero...
-Pero no te gusta.
-Claro... claro que sí. Es... es guapa. Y amable.
-Me cago en la puta, Lucas, sigues siendo el mismo puto cobarde.
-Y tú sigues siendo igual de amable... Quizá sea por eso por lo que te dejan...
-Puede ser...
-No quería decir eso. Creo que será mejor que cambiemos de tema...

-¿Has visto la luna?
-Ajá.
-Es la luna más grande en veinte años.
-Ajá.
-Eres insoportable, Carmen. ¿Por qué me has llamado?
-Porque quería pasar la noche contigo. Llevo esperándote mucho tiempo.
-Me cago en... Que ya no somos adolescentes, Carmen. Además, mi no es rotundo.
-¿Si te beso también?
-Carmen... No, Carmen, no... Car...

-Ahora me dirás que no te gustó lo de anoche.
-Eres...
-Seré lo que quieras, pero follo mejor que Lucía.
-¿Y  ahora qué?
-Pues vuelves a casa y le dices que te has acostado conmigo. La verdad siempre por delante.
-Carmen, sabes que...
-Vamos, no seas cobarde.
-Que no.
-Pues ya me dirás lo que haces. Conmigo no te quedas, que ya estoy mejor de lo de Carlos, gracias. Hala, eso, sin decir adiós, como siempre. Cobarde...

lunes, 21 de julio de 2014

El faraón universal

La Guerra de los Dos Universos acabó el día veintinueve del año 14.891.737.236 después del Big Bang. La guerra había enfrentado a los hemisferios boreal y austral del Universo, dirigidos respectivamente por el emperador Cosmos y el emperador Caos. La guerra terminó cuando los físicos que luchaban del lado del emperador Cosmos consiguieron crear, tras 393 intentos fallidos (la probabilidad de éxito era del 0,00000001%, pero la suerte recompensó la inquebrantable voluntad del emperador Cosmos), un agujero de gusano que conectaba con el recinto plasmático de vivienda del emperador Caos. permitiendo introducir 8 miligramos de anti-hidrógeno que explosionaron arrasando con todo en varios microparsecs a la redonda y acabando con la existencia de cada uno de los átomos del emperador Caos.

Tras su victoria, el emperador Cosmos adoptó el título de Emperador del Universo. De en adelante, cualquier persona que lo nombrara debía hacerlo como "Absolutísimo Emperador del Universo Cosmos". Ordenó el cambio Calendario Cosmológico, el cual asentaba el día veintinueve del año 14.891.737.236 después del Big Bang, el día en que acabó la Guerra de los Dos Universos, como día cero del año cero. Diseñó junto a los más sabios sociónomos un plan de Sociedad Universal que con un 99,99999% de posibilidades de éxito garantizara una sociedad en equilibrio por los milenios de vida que le quedaban al emperador Cosmos. Con el universo en orden, se aisló en un recinto plasmático sólo acompañado por sus diversas amantes y todos los libros escritos en la historia para poder dedicarse a sus dos grandes placeres: la lectura y el sexo. Por lo demás, prohibió que nada ni nadie irrumpiera en el recinto, asentando unas protecciones con un 99,99999% de posibilidades de éxito. La única excepción a esta norma se daría sólo una vez al año, en el día cero, cuando un sabio elegido mediante un exigente casting entraría al recinto y deleitaría al emperador con una lección que duraría veinticuatro horas.

Pasaron los siglos y el emperador comenzó a preocuparse del futuro. Es decir, del futuro más allá de su muerte. Porque por mucho que los científicos prolongaran su vida, era imposible alargarla indefinidamente, en base al segundo principio de la termodinámica. Por lo tanto, algún día moriría. En su estado de aislamiento le sería imposible designar a un sucesor, por desconocimiento. Aunque tampoco cambiaría nada si rompiera su Burbuja de Placer y se codeara con las personas del mundo, ni podía legar la decisión a la Sociedad. Ser Emperador del Universo lo había llevado, como es bien comprensible, a un estado narcisista que no le permitía concebir ningún otro Emperador del Universo.

Ante este dilema, llegó a realizar un plan que desmembraría la Sociedad Universal en múltiples fragmentos enfrentados con sus respectivos emperadores galáticos, pero no universales, para asegurarse de que no volviera a haber otro como él (era ínfima la posibilidad de que otro emperador juntara el buen hacer y la suerte que le permitió a él convertirse en Emperador del Universo) y así se lo recordara por el devenir de los tiempos. Hasta que un día cero de algún año entró en su Burbuja de Placer un sabio que se había dedicado a estudiar lo que se conocía como el "viejo universo", es decir, los sistemas cercanos al planeta Tierra, del cual provenía la sociedad del homo. El sabio habló durante varias hora hasta llegar al tema central de su lección: la Tierra. La mítica Tierra verde y azul de las historias era desde hacía millones de años un redondo desierto, y de todas sus glorias sólo quedaban tres grandes pirámides. El sabio habló de la civilización egipcia que las construyó, gobernada por una especie de emperador llamado faraón, al que comparaban con los seres todopoderosos y mágicos a los que rendían culto. Poco se sabía de aquella civilización, pero por estudios radiactivo-espectrales de las pirámides se había comprobado que su función era servir como inmensas tumbas a los faraones, que además mandaban ser enterrados con su esposa y sus sirvientes.

El Emperador quedó extasiado. Despachó al sabio pese a que la lección no había terminado, pero ordenando cubrirlo de honores. Inmediatamente contactó con la Sociedad Imperial de Físicos para ordenar la construcción de una nave en la que cupieran todas y cada una de las personas de la Sociedad Universal. Serviría para refugiarse en caso de que alguna fluctuación cuántica provocara un cataclismo inesperado. Los físicos de la Sociedad Imperial acogieron entusiasmados la idea y comenzaron y terminaron con pasión tal objeto: una gigantesca esfera de plasma done cabían todas las personas del Universo con comodidad, y completamente infranqueable salvo por veintinueve vías de salida reguladas por un mando central.

El emperador Cosmos continuó su vida en su Burbuja de Placer hasta cumplir 7.136 años y 29 días, cuando se le diagnosticó que sólo le quedaba un siglo de vida. Entonces ordenó dedicar este siglo a reunir a todas las personas del Universo en la Gran Burbuja, como se conocía popularmente al gigantesco objeto que había diseñado para resguardar a la humanidad en caso de cataclismo cuántico, para en el último día de su vida dirigirse a todas las personas del Universo al unísono. Así se hizo y este día llegó, justamente un siglo después, cuando el emperador Cosmos cumplió 7.236 años y 29 días. Había prohibido hace tiempo la reproducción de ninguna imagen suya, ya que la Sociedad no era digna de observar su magnificencia. Así que el emperador Cosmos simplemente proyectó un holograma de sus pies por toda la Gran Burbuja y se dirigió con su propia voz a toda la Sociedad Universal al unísono, por primera vez en la historia del mundo:

-Están aquí reunidos porque llega el fin de mis días y pronto de los suyos -el emperador se dirigía en tercera persona a la Sociedad porque era indigna de un tratamiento más cercano-. Yo, el Absolutísimo Emperador del Universo Cosmos -y su voz sonaba débil, moribunda-, seré el único Emperador del Universo de la Historia, pues nadie puede ni podría compararse a mi persona y, por tanto, nadie puede ni podría ser digno de ostentar tal título y responsabilidad. Para evitar sin riesgos que esto ocurra he decidido que mi fin sea también el de la Sociedad Universal. Quiero decir que he cerrado las vías de salida de la que llaman la Gran Burbuja, en la cual nos encontramos, y he destruido el mando central. No se esfuercen en arreglar nada, las vías de salida están diseñadas para sólo poder ser operadas por el mando central. Sin éste, se encuentran encerrados en la Gran Burbuja para el resto de sus vidas. Sus vidas que aquí, en base a la segunda ley de la termodinámica, tendrán un fin, antes o después. Soy en cierto sentido comparable a aquellos faraones egipcios que se enterraban en sus pirámides con su esposa y sus sirvientes. Claro que su obra era terrenal y la mía es universal, de ahí el salto de escala y la diferencia de las formas: la esfera en vez de la pirámide. Permanezcan tranquilos. Se han recorrido todos los pasos de vida de una sociedad hasta llegar a la primera y última Sociedad Universal. Y al igual que sólo hay una primera y última vejez, parece natural la muerte después de la Sociedad Universal, el más alto estado posible de una sociedad. Acéptenlo, pues, como algo natural.

Hizo una breve pausa.

-Tiene gracia -y su voz sonaba cada vez más débil, y divagaba-. Yo, el Emperador del Universo, me iré. Y el Universo seguirá ahí, rodando. La Sociedad Universal se irá en su "Gran Burbuja" -rió-. El más alto estado de una sociedad del homo se irá y el Universo seguirá ahí, sin inmutarse. Todo el Imperio Universal quedará pronto cubierto por polvo estelar. Y el único recuerdo que quede de la Sociedad Universal será esta "Gran Burbuja", donde cabe el más alto estado de una sociedad del homo pero que ocupa un espacio insignificante en el vasto Universo. Y la Burbuja flotará con nuestro recuerdo por el Universo hasta que... ¡plop! Un día explote. Y nuestro recuerdo se diluirá en lo infinito -su voz era más débil por momentos-. Qué insignificantes, entonces, todos nuestros actos, toda nuestra existencia... y qué... qué importantes... entonces... -su voz se pierde en susurros mientras el viento estelar empieza a soplar el polvo que cubrirá el Imperio Universal y la Gran Burbuja avanza decidida hacia ese destino donde hará ¡plop! y todos los recuerdos se diluirán en lo infinito.

domingo, 4 de mayo de 2014

Ñoño

No quiero rosas, con tal que haya rosas.
Las quiero sólo cuando no las pueda haber.
(Fernando Pessoa - versión de F. Gutiérrez)


Cabello negro, oscuro como la noche sin luna en que nos conocimos. De aquella noche no recuerdo mucho más que su cabello negro, sus ojos fijos y su gran sonrisa. En la siguiente ocasión ella cantaba rock con su voz dulce y rasgada y su suave acento nórdico en inglés. Aquella noche hablamos bastante porque sus ojos grises y fijos, como celosos, no me dejaban mirar a otros; y me sonreía a menudo con su gran sonrisa de labios finos y delicados. Ella es exótica a primera vista, quizá por haber nacido en una pequeña isla, quizá por la manera en que se viste y se peina, por su apariencia. Empezamos hablando de los gustos musicales que compartíamos, a lo que siguió un discurso o defensa de la búsqueda de los sueños de esta única vida y finalmente, en un viernes a eso de las tres de la madrugada, hablamos de religión. Ella, más o menos, creía en un dios cristiano que amara a todos y cuya doctrina fuera la de amar a todos, y así la aceptara como lesbiana. Y por si acaso creía sobre todo que siendo positiva las cosas acabarían saliendo bien, de alguna forma. Ella, a primera vista, tiene una fuerza salvaje que lleva en sus gestos, en sus ojos grises, en sus canciones; una fuerza salvaje que lleva en la vida o que la lleva a ella en la vida.

La primera noche en que nos conocimos me pareció muy guapa, pero no le presté demasiada atención porque iba un poco borracho y nuestra amiga en común me había contado que era lesbiana. La segunda noche su voz dulce y rasgada cantando rock me levantó el órgano viril, y me fascinó así, despeinada, agarrándose a una botella de cerveza para vomitar su alma en canciones en inglés y en otra lengua desconocida y mágica. Cuando acabó la actuación, se acordaba de mi nombre y me sonreía y me miraba tanto que tuvimos que hablar, mucho. En este punto creo que me acabó de conquistar, aunque yo supiera que era imposible porque su novia caminaba a pocos pasos de nosotros.

No me digáis que no. Todo aquel que haya estado enamorado ha soñado con besar por primera vez a su amada y que el tiempo se detenga por unos segundos en ese mismo instante, en el éxtasis del logro. Eso era exactamente con lo que yo fantaseaba hace un rato y lo que me llevó a la reflexión. ¿Y si el tiempo se detuviera no sólo en ese primer beso sino en todos los demás, y en el sexo, y en cada momento íntimo? Decidí escribir un relato sobre ello.

Y así Mario decidió conquistar a Jane. No era fácil porque ella era lesbiana, porque no vivían en la misma ciudad, ni siquiera en el mismo país; pero sólo los separaban un puente y unos cincuenta minutos en tren. No la vio por tercera vez hasta un mes después, pero durante todo este tiempo pensó cada noche en ella. Le escribió poemas que nunca publicaría en el blog que como amago de escritor tenía e incluso escribió una pequeña historia hablando de ella. Por supuesto, nunca le dijo nada de esto. En ese mes eterno sólo intercambió con ella un par mensajes para preguntarle el nombre de ese grupo de música del que le había hablado. Pero su amor era una pasión que ardía rápida y sola, como una hoguera abandonada. Mario fantaseaba cada noche con besar a Jane y detenía el tiempo en ese preciso instante, deleitándose en la textura y el sabor de sus labios finos.

El tercer encuentro llegó en algún momento de mayo, en una noche casi tan oscura como el cabello negro de ella. Volvieron a hablar, mucho. Porque los ojos grises y fijos de Jane no se separaban de los de Mario, aunque ella siguiera siendo lesbiana, aunque la pasión de él siguiera siendo una pasión sin esperanza. Se despidieron con un abrazo, como es costumbre en el norte.

A la cuarta ocasión se besaron. Aquella noche la novia de Jane no había venido. Ambos se emborracharon rodeados de amigos y volvieron a hablar, mucho; ella estaba preciosa despeinada y agarrada a una botella de cerveza. Al final fueron a una discoteca. Él bailó con ella y a cada paso de música electrónica acercaron sus cuerpos en una magnífica danza ebria. Finalmente se tocaron, Mario rodeó con sus brazos los ojos grises y fijos de Jane y su cabello negro y oscuro. Y se besaron. Entonces se detuvo el tiempo, de alguna forma.

Han pasado varios meses desde entonces y el tiempo se ha detenido en cada beso, en cada orgasmo, en cada momento íntimo. Mario ya ha aprendido cada una de las curvas del cuerpo de Jane y ha contado cada uno de sus poros y cada uno de sus cabellos negros y oscuros. No importa cómo acabe esta historia, todo eso se ha grabado en su memoria y ya nunca le abandonará.

Ahora Jane se queja. Jane tiene una media sonrisa torcida en los labios. Jane le dice a Mario que ya no la mira igual cuando la besa, cuando hacen el amor. Mario responde que nada ha cambiado, pero su voz no es convincente. Jane llora y Mario la abraza. Él piensa en contarle la verdad, pero rápidamente descarta la idea. Ella lo tomaría por loco y mentiroso.

Esta escena se repite a menudo.  Mario ya no puede mirar igual a Jane porque ya la ha mirado demasiadas veces. Porque el tiempo se ha parado ya demasiadas veces y la eternidad es demasiado vasta. Él incluso en ocasiones rehúye sus besos porque son una tortura. Y entonces Jane llora y Mario le dice que nada ha cambiado, pero ella lo toma por mentiroso. La verdad es que Mario la quiere igual que siempre, pero no la puede desear igual que siempre si el tiempo se detiene en cada beso y en cada orgasmo, porque "siempre" es demasiado vasto. Porque ya se ha aprendido cada una de sus curvas y ha contado cada uno de sus poros y cada uno de sus cabellos negros y oscuros, volver a mirar a Jane le duele a Mario. Porque todo eso se ha grabado en su memoria y ya nunca le abandonará. Y la eternidad es demasiado vasta y, para qué mentir, aburre.

viernes, 28 de febrero de 2014

La Inmortal II

(Se recomienda leer antes "La Inmortal", publicación justo anterior en el blog)

El joven

En la escuela me han enseñado que vivimos en el año cuatrocientos cincuenta y tres después de la enfermedad de Su Majestad Elisa la Inmortal. Me han enseñado también a rezar cada noche antes de irme a la cama por esta señora que supuestamente vive enferma, aislada en una habitación en la que nadie ha vuelto a entrar porque hace unos cuatrocientos años dijo por última vez que no quería visitas.

-Hemos de recordar en este día de luto que hace cuatrocientos cincuenta y tres años Su Majestad Elisa la Inmortal cayó en una trágica enfermedad de la que aún no se ha restablecido. Juntemos nuestras manos para transmitirle nuestros mejores deseos. Sólo a través del deseo verdadero de cada uno de nosotros puede recuperarse. Juntemos nuestras manos...

-Lucas...

-Lucas, dame la mano.

-¡Lucas!

-¿En serio no os dais cuenta de que una persona no puede vivir tantos putos años? La Inmortal, la Inmortal... y una mierda. ¿Para qué ha progresado el ser humano? ¿Para qué sigamos creyendo en milagros como estúpidos? Lo único que la mantiene viva es vuestra estupidez. Vuestra estupidez y vuestro miedo. Sí, vuestro miedo. Vuestro miedo a aceptar la realidad, a aceptar que la puta Elisa está muerta...

-¡LUCAS!

-...que está muerta, que está muerta como morimos todos. Vuestro miedo. Vuestro miedo os agarrota en torno a lo que creéis que es una esperanza. Pero os lo diré: ¡no es una esperanza! ¡Elisa está muerta! ¡MUERTA!

Mi padre me golpeó y perdí el conocimiento al impactar mi cabeza contra el suelo.


El joven madura

Desperté al día siguiente en el hospital. Todo daba vueltas y había un hombre con una gran baqueta percutiendo mi cerebro a cada pulsación. Mis padres se alegraron mucho al ver que despertaba y me abrazaron al tiempo, entre lágrimas.

Desde aquel día no volví a decir que la puta Elisa la Inmortal estaba muerta. No es que mi padre me largara ningún discurso. Simplemente me miró fijamente al poco de haber despertado, yo le devolví la mirada serio y en mis ojos leyó que ya me había convencido.

Desde entonces han pasado muchas tardes de ésas en que la lluvia repiquetea en la ventana y sientes nostalgia de la juventud. Después de todas esas tardes lluviosas, he logrado discernir dos razones por las que me he convencido de que Su Majestad Elisa la Inmortal no está muerta.

La primera es ese miedo primigenio que tenemos a la muerte, ese miedo que provoca que palabras como "no" salgan de nuestra boca, que no tomemos riesgos, que vivamos una vida sana, tranquila e inútil. Pero ya sea nuestro río de Manrique largo o corto, todos acabamos llegando a la desembocadura. Entonces es confortable pensar que podemos ser inmortales como Su Majestad Elisa la Inmortal.

Para la segunda y más poderosa razón, antes he de explicar que Su Majestad Elisa fue quien trajo de nuevo esperanza a este mundo, quien llenó de alegría todos los corazones, quien volvió a dar sentido a todos los actos. Su nombre en este mundo es más que el nombre de una persona, es el nombre de una idea, es el nombre de la esperanza. Pensar que ha muerto significaría pensar que ha muerto una idea. ¿Y puede morir una idea? ¿Puede morir la esperanza? Sería terrible, un hombre sin esperanza se encontraría en un estado inferior a la muerte.

Como veis hace ya muchas tardes lluviosas que creo que Su Majestad la Inmortal sigue viva. Sé que está muerta y estoy convencido de que el resto de personas de este mundo que, como yo, creen que sigue viva, en el fondo también saben que está muerta. Pero cerramos los ojos para seguir viviendo.


Un fin y un principio

La vejez había ido carcomiendo poco a poco mis huesos jóvenes y sanos (desde que quedé sordo he perdido la cuenta de las tardes donde la lluvia repiquetea en la ventana y sientes nostalgia de la juventud). Llevaba ya varias semanas en el hospital y resultó que hoy no podía moverme. Me metieron en una habitación muy pequeña, pero cómoda; las paredes estaban forradas. Me tumbé en la habitación y todo se movía un poco, supongo que por la enfermedad. Al final, cansado, les dije que cerraran la puerta, que aún estaba enfermo y no quería visitas. Antes de abrir los ojos, aún pude escuchar, recitado por algún famoso poeta, ese discurso que escribí para que leyeran cuando yo ya no estuviera aquí:

-Toda mi vida he creído en una mentira y lo he hecho con pleno conocimiento, cerrando los ojos para vivir. Es por eso que os pido que no hagáis como yo, que no temáis, que abráis los ojos. Su Majestad Elisa la Inmortal murió hace cientos de años. Las ideas mueren, como las personas. Por favor, no hagáis como yo, no creáis en mentiras. ¡Existen esperanzas! Esperanzas de verdad. Yo no las he visto, pero las hay... debe haberlas. ¡Buscad! Es tan triste morir sabiendo haber desperdiciado tu única vida creyendo en una mentira. ¡Buscad! Quizá algunos la encontréis en el amor, otros en la amistad o en la familia, quizá en el arte o en la ciencia. Quizá nunca la encontréis. ¡Pero buscad! Sólo la búsqueda habrá valido la pena porque habréis creído en la esperanza de encontrar una esperanza, que no es sino una esperanza de verdad. Porque existen esperanzas... ¡deben existir! ¡Buscad! Da igual cuál sea vuestra edad, siempre hay tiempo para empezar a buscar una esperanza verdadera, para vivir con los ojos abiertos unos días, unos meses o unos años de vida verdadera. Decía un poeta que sólo aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la esperanza no podrá morir nunca. *


*La cita es del poeta cántabro José Hierro en "El muerto": "Sólo aquel que ha sentido una vez en sus manos temblar la alegría / no podrá morir nunca."

lunes, 24 de febrero de 2014

La Inmortal


Cuando entré y vi que estaba muerta no grité. Salí cerrando la puerta. Afuera todos aguardaban expectantes: llevaba ya un tiempo enferma y en los últimos días había empeorado.

-Su Majestad aún se encuentra enferma y no quiere visitas.

Superé solemne el escrutinio de sus miradas. Nadie sabía qué podía ocurrir si Su Majestad llegara a morir. Los rostros de los presentes reflejaban como espejos ese temor. Por eso nadie podría haber imaginado que Su Majestad ya estaba muerta. El miedo provocaba en ellos una seguridad total sobre una mentira.

Superado el examen, me alejé del grupo de cuchicheos cabizbajos. Suspiré. A través de la ventana se podían escuchar a los mejores cantores y a los mejores poetas recitando sus mejores odas, y también se podían ver los mejores retratos de Su Majestad por la mano de los mejores pintores. Todos la amaban tanto y temían tanto su muerte que no podían imaginar que ésta ya había llegado.

Pasaron uno y dos y tres días.

-Su Majestad aún se encuentra enferma y no quiere visitas.

Pero al tercer día el cuerpo había apestado hasta las náuseas la habitación entera y pronto el olor se extendería hacia fuera. Así que entré de noche a los aposentos de Su Majestad "por si requería de mis cuidados". Yo, su hombre. El único en quien había confiado todo.

Con lágrimas en los ojos, desfiguré su rostro con mis propias manos y un cuchillo. Le quité la ropa y no pude evitar vomitar entre sollozos al ver su cuerpo viejo y podrido, su cuerpo muerto.

-¿Necesita ayuda? -los guardias llamaron a la puerta.

-Su Majestad... enferma... se encuentra mal... no, gracias.

La vestí con ropas vulgares y, después de asegurarme de que no había nadie cerca, tiré su cuerpo por la ventana. Me lavé las manos y salí cerrando la puerta.

-Su Majestad aún se encuentra enferma y no quiere visitas.

Salí del palacio y, en un rincón escondido, enterré el cuerpo sin dejar señal.

Siguieron pasando los días y yo continuaba mi actuación. Entraba y me quedaba parado, observando la cama vacía, la cama adornada con esa costra de su sangre seca. La primera semana lloré. Después hablaba en voz alta con su espíritu, allá donde estuviera, y salía cerrando la puerta.

-Su Majestad aún se encuentra enferma y no quiere visitas.

Y superaba el escrutinio de las miradas atemorizadas y encarnizadamente aferradas a la esperanza. Los mejores cantores, poetas y pintores aún seguían afuera de la ventana.

A las tres semanas se emitió un comunicado oficial: "Ante la prolongada enfermedad de Su Majestad y su manifestado deseo de no ser visitada, nos, su Consejo de Gobierno, no debemos sino autoproclamamos regentes con carácter provisional. De ahora en adelante, toda orden acordada por este Consejo deberá ser acatada tal como si saliera de la boca de Su Majestad."

Y así la vida continuó su curso con normalidad. Pronto los mejores cantores, poetas y pintores se marcharon, así como los cabizbajos presentes a la puerta de Su Majestad a la hora en que yo efectuaba mi actuación. Simplemente se acostumbraron a su ausencia, como los niños se acostumbran al color verde de la hierba. Ya no hacían preguntas porque cada día que pasaba la respuesta era más obvia. Y su temor les hacía aferrarse aún con más seguridad a esa lejana esperanzadora mentira.

Yo también seguí ejecutando mi actuación aunque ya nadie me preguntara, aunque ya estuviera allí para verme y oírme.

-Su Majestad aún se encuentra enferma y no quiere visitas -repetía cada día ante los guardias mudos que quizá ya se habían acostumbrado a no escuchar, como los niños se acostumbran a no escuchar el ruido del silencio.

Su Majestad una vez me había dicho que el hombre es un actor que viene al mundo a representar un papel. Un papel que él escoge. No importa el papel, pero es vital que lo represente a la perfección, o al menos como mejor sepa. Ninguna obra de teatro es completa si cada uno de sus actores no representa su papel como mejor sabe.

Así que yo actuaba día tras día. Representaba este papel para ti, Elisa, en mi último acto de amor. Este papel que no sabía si me había sido asignado, porque al menos yo no recordaba haberlo escogido. O quizá es que ya me había acostumbrado.

Seguí ejecutando mi actuación a la perfección, o al menos como mejor sabía, hasta los ochenta y dos años. Y entonces yo también morí.

jueves, 7 de febrero de 2013

La realidad tras las supersticiones


    LA REALIDAD TRAS LAS SUPERSTICIONES

    El científico alemán Arnold Schieber, en su nuevo artículo publicado en la revista Science, demuestra mediante una serie de complejos teoremas físicos la posibilidad de una verdad detrás de las diferentes supersticiones que se han instalado en nuestras mentes a lo largo de la historia.

    Explica que ciertas congregaciones de objetos con una determinada distribución másica (una escalera apoyada en una pared, un gato negro, un espejo roto...) tienen alguna posibilidad, aunque muy pequeña, de ocasionar distorsiones espacio-temporales. Según el autor, estas distorsiones no tendrían en absoluto que ver con la supuesta “mala suerte”. En vez de eso, se inclina a pensar que en el pasado hubo casos en los que esas pequeñas posibilidades se hicieran realidad, ocasionando en las víctimas una serie de trastornos, que pudieran ser físicos o psíquicos.

    El argumento del autor continúa con que la sociedad, al observar estos comportamientos anómalos, censuraría los actos que los ocasionaron, asociándoles esa supuesta y falsa “mala suerte”, para ocasionar un miedo tangible en la población, en su mayoría ignorante, y así evitar que estos sucesos volvieran a tener lugar.

    El artículo del afamado investigador ha causado un gran revuelo entre la comunidad científica. Se han iniciado en las últimas horas numerosos experimentos para tratar de corroborar la teoría de Schieber, al tiempo que está siendo revisada por grandes teóricos de la física. Ante el posible peligro que tendría que esta noticia despertara la curiosidad en la población si se confirma la teoría de Schieber, se retiró al poco tiempo el artículo de la revista. No obstante, una fuente de nuestra redacción contactó con nosotros al obtener uno de los pocos ejemplares que salió a la venta, y es así que La Fotografía de la Realidad les presenta esta noticia como exclusiva.

    Les seguiremos informando del desarrollo que tengan las posteriores investigaciones sobre la veracidad de esta sorprendente teoría en nuestra página web: www.fotografiadelarealidad.es, así como en nuestros sucesivos ejemplares impresos.

    Desde la editorial, recomendamos por su integridad a nuestros lectores que no traten de probar por su cuenta la veracidad de la teoría antes de que se haya esclarecido el caso.


    Lucas dejó caer el periódico sobre el café humeante del desayuno. Sus ojos estaban muy abiertos y su mente aún no conseguía creerse lo que acababa de leer. Probó un sorbo del café con sabor a periódico para que el quemazón en la lengua le confirmara que no estaba soñando. Tomó de nuevo el periódico y releyó.

    -Mamá, mira esto -se lo tendió a su madre, señalando el artículo.

    Su madre repasó con sus ojos verdes las mismas líneas que él acababa de releer. Su madre no solía mostrar las emociones como el resto de la gente, así que sus ojos no se salieron de sus órbitas, ni su boca se abrió y se le escapó un hilillo de baba. Aún así, pudo ver en sus ojos verdes levantándose del periódico un brillo de profunda sorpresa. No hablaron por unos instantes.

    -Posiblemente sea una ida de pinza de un científico loco -comentó Lucas antes de volver a quemarse la lengua con el café con sabor a periódico.

    -Es posible.

    -Fijo. No hay que hacerle caso -su voz titubeó.
    -Lucas...

    -¿Sí, mamá?

    -No vas a ir a probarlo.

    -No, mamá... -Lucas devolvió una sonrisa amplia a su mirada escéptica.

    Terminaron de desayunar. Lucas se lavó los dientes, se calzó y cogió las llaves y la carpeta verde que siempre llevaba a clase. Salió de casa y afrontó la gran cuesta que tenía que recorrer para llegar a la parada del autobús que lo llevaba a la Universidad. Miró el reloj. Una vez más iba justo de tiempo: tenía 2 minutos para subir la cuesta. Corrió como todas las mañanas, pero en esta ocasión el autobús pasó ante sus ojos a mitad de la cuesta. Se había adelantado un minuto.

    -Mierda...

    Llegaría tarde a la Universidad. Terminó de subir la cuesta, ya andando y sin prisa, y miró el panel que indicaba la llegada del próximo autobús.

    -Joder...

    Faltaban dieciocho minutos. Decidió dar una vuelta. No le gustaba esperar sentado, sobre todo si se había olvidado de cargar su reproductor de música. Llegó a una calle donde había una escalera apoyada contra la pared dejando el hueco justo para que él pasara por debajo. Al día siguiente observaría que estaban realizando una obra en el bloque de pisos contiguo al suyo, pero en aquel momento sólo vio la escalera.

    Era metálica, con escalones de algún plástico de color negro. Tenía manchas de pintura de muchos colores, en su mayoría blanca. Estaba apoyada en un ángulo de... Qué cojones. La escalera fue todo lo que vio. Ni su forma, ni su color, ni su ángulo. Sólo la escalera. El acantilado. Bajo ella un hueco grande como un abismo. Las palabras del artículo resonaban en su cabeza con una fuerza sobrenatural.

    Se acercó con pasos titubeantes. Un par de jóvenes obreros hablaban más de lo que trabajaban.

    -Ayer me tiré a la Jenni, primo.

    -Con dos cojones.

    -Me dijo que me pusiera mi ropa del curro, la ponía más. No veas cómo follaba, la una puta de ella. Y ese par de tetas que...

    Lucas ya estaba al pie de la escalera. Los obreros, ensimismados en sus filosóficas reflexiones, no se percataron de su llegada. Dio un paso. Y otro. Y otro. No pudo evitar cerrar los ojos. Y otro. Y otro. Había cruzado la escalera. Abrió los ojos.

    -Pim. Pam. Pim, Pam. Y luego la puse a cuatro patas.

    Sacudió la cabeza. Pequeñas probabilidades. Volvió a encarar la escalera. Dio un paso. Y otro. Y otro. Cerró los ojos. Y otro. Y otro. Volvió a abrirlos.

    -...la mejor mamada de mi vida...

    Irritado, volvió a intentarlo varias veces más, mientras los obreros seguían explicando con pelos y señales sus aventuras sexuales probablemente ficticias. Abrió los ojos por decimonovena vez. Sintió que se mareaba.

    Se encontraba en el mismo lugar, pero ya no era el mismo. La escalera y los obreros habían desaparecido. Las casas se habían vuelto grises y tenían grandes agujeros en sus tejados, incluso en las fachadas. Había un inmenso silencio en el que se escuchaba crepitar algún fuego, ronroneando de placer al devorar la madera y el ladrillo. Desolación y cemento. En el cielo un manto de nubes negras como el ónice.

    Frente a sus pies había un pájaro muerto. Debía haber muerto hacía mucho tiempo porque sólo quedaba el polvo de sus huesos. Pero sabía que era un pájaro porque el polvo de sus huesos había permanecido en el suelo dibujando una silueta de pájaro. Tenía el cuerpo atravesado por una flecha con plumas de uranio, de la que colgaba un mensaje entre amarillento y grisáceo.

    Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. HOY. ¡HOY!

    Lucas no lo entendió. Siguió caminando y el pájaro salió volando, asustado por sus pasos que retumbaban en el silencio del crepitar del fuego hambriento como si hiciera cien años que nadie caminaba por ese asfalto roído por el tiempo. ¿Sólo por el tiempo? Siguió caminando y llegó al parque.

    El parque era ahora un párking. Un inmensa extensión de cemento roído con líneas amarillentas y rectangulares que delimitaban milimétricamente el hueco disponible para cada coche. Todos estaban ocupados, si bien los coches se habían convertido en piedra. Lo que más sobrecogió a Lucas es que no quedaba ni siquiera un esbozo de verdor de aquel parque que siempre había amado.

    En ese momento un avión surcó el manto de nubes negras entre violentas convulsiones. A poca distancia, un rayo eléctrico e irascible lo perseguía desde hacía al menos un siglo. En una de las ventanillas del avión, Lucas vio a un señor calvo que observaba el cristal para verse reflejado a sí mismo, ignorando el desolado paisaje que se extendía a su alrededor. En la cola del avión, con letras de una fuente de publicidad hortera, estaba escrito: Free Air.

    El avión y el rayo eléctrico e irascible que lo perseguía desaparecieron por el horizonte y Lucas comenzó a toser. Una nube de polvo lo había rodeado de repente. Alcanzó a entrever una máscara en el suelo y se la ajustó a la medida de su rostro. Con la máscara ya puesta, pudo ver los neutrones que pasaban audaces a su lado. Se reían de él antes de descomponerse.

    La nube de polvo pasó. Apareció entonces Elisa, esa chica de su clase de cabello castaño con vagas ondulaciones que siempre le había gustado. Lo miró y puso cara de asco.

    -¿Quién eres? Yo quería a Lucas...

    Lucas, con el corazón contraído, quiso decir:

    -Soy yo, Lucas.

    Pero la máscara le impedía hablar. Se la quitó y comenzó a ahogarse. Le faltaba el aire y sus ojos comenzaron a producir lágrimas. A través de una de ellas observó a Elisa envejecer rápidamente. Su voz se hizo metálica y desagradable, incomprensible como las grabaciones antiguas estropeadas. Pronto su rostro estaba cubierto de gusanos. Lucas volvió a encajarse la máscara, que había sido diseñada tras largos estudios científicos para que se acoplara a la perfección a su rostro.

    -Deberías dejar de fumar -dijo Elisa antes de caer muerta.

    Lucas, con el corazón contraído, quiso gritar entonces:

    -¡Nooooo! ¡Elisaaaaa! ¡Te he querido tanto siempre!

    Pero la máscara le impedía gritar.

    Continuó caminando. Se había intentado agachar, pero la máscara se lo había impedido también. Además, el cuerpo de Elisa hubiera resultado intangible, inabarcable a través de tantos años. Continuó caminando.

    Se encontró un huerto. O tenía algún parecido a un huerto. O pretendía ser un huerto. O no sabe por qué pensó que era un huerto si no era un huerto. Era una extensión de cemento. Había un hombre caminando frenéticamente de un lado a otro mientras dejaba caer monedas al cemento. No tintineaban, porque el tintineo es un ruido bello.

    -No hay tiempo. No hay tiempo. Suben las acciones de los cordones de los zapatos -decía mirando su teléfono móvil táctil de última generación y dejaba caer alguna moneda más-. No hay tiempo. No hay tiempo.

    Por extraño que pareciera, el cemento se tragaba las monedas y crecían manojos de billetes. Sembraba dinero. Era un millonario. Los millonarios nunca tienen tiempo de nada. De repente, el señor se quedó parado. Le sacudió una violenta convulsión y cayó. Un infarto. El cemento se lo tragó también a él y emergió un manojo de billetes.

    Lucas continuó andando. Llegó a una fábrica. Tenía en lo alto una gran letra griega π. Entró a la fábrica. Había muchos hombres con poco pelo gris, gafas cuadradas y batas blancas. Y muchos tipos de máquinas. Unas tenían recipientes con líquidos extraños humeantes. Otras, péndulos que oscilaban síncronamente. Había máquinas con piedras inmensas que los hombres observaban átomo a átomo desde hacía al menos un siglo. En otras tenían cerebros sometidos a productos químicos para demostrar que los sentimientos son moléculas traviesas. Finalmente, por encima de todas, aquellas máquinas que creaban sumas, multiplicaciones, derivadas, integrales y, en general, todas las leyes matemáticas. La energía era suministrada a las máquinas desde un generador central que funcionaba con la sangre de animales vivos, vacas, cerdos, cabras, o incluso algún ser humano de clase baja, que eran descuartizados en el momento por métodos optimizados mediante sucesivos estudios.

    En la parte posterior de la fábrica había una puerta que daba a una gran extensión de cemento donde tiraban a los animales y las personas descuartizados una vez se les había extraído toda la sangre. A su lado había un hombre con lágrimas en los ojos, arrodillado, postrado ante tal barbarie. Con los puños cerrados, recitaba sus versos al viento y a todos aquellos que no querían escucharle.

    Debajo de las multiplicaciones
    hay una gota de sangre de pato.
    Debajo de las divisiones
    hay una gota de sangre de marinero.
    Existen las montañas, lo sé.
    Y los anteojos para la sabiduría,
    lo sé. Pero yo no he venido a ver el cielo.
    He venido para ver la turbia sangre.
    Los terribles alaridos de las vacas estrujadas
    llenan de dolor el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.
    Yo denuncio a toda la gente
    que ignora la otra mitad,
    la mitad irredimible.
    Os escupo a la cara.
    No es el infierno, es la calle.
    No es la muerte, es la tienda de frutas.
    ¿Qué voy a hacer, ordenar los paisajes?
    ¿Ordenar los amores que luego son fotografías,
    que luego son pedazos de madera y bocanadas de sangre?
    No, no; yo denuncio,
    yo denuncio la conjura
    de estas desiertas oficinas
    que no radian las agonías,
    que borran los programas de la selva,
    y me ofrezco a ser comido por las vacas estrujadas
    cuando sus gritos llenan el valle
    donde el Hudson se emborracha con aceite.*

    Terminó su poema pero nadie le había escuchado. Le pegaron un tiro y su cuerpo cayó sin hacer ruido. Fue comido por las vacas estrujadas.

    Lucas continuó andando. Llegó entonces a una explanada de cemento cubierta por una multitud de personas que asentían al unísono. Subido en una tarima, un hombre serio con traje y corbata gritaba y gesticulaba. Lucas se acercó a esas personas. Asentían sin saber por qué. No escuchaban porque no tenían oídos. No miraban porque su mirada se había perdido hacía al menos un siglo. Estaban muertos por dentro pero seguían asintiendo, dando palmadas de vez en cuando. El señor que gesticulaba y gritaba no decía nada en realidad. Pero ellos asentían. No tenían oídos y su mirada se había perdido, así que no podían saberlo. El señor sobre la tarima sonreía maliciosamente, regodeándose en su éxito. Mientras continuaba su pretendidamente emotivo discurso vacío, otros hombres que parecían réplicas suyas se acercaron desde detrás a la muchedumbre y les robaron sus carteras. Después también los papeles de sus coches, de sus pisos, les robaron incluso la identidad. Pero ellos estaban ensimismados con el discurso que no podían oír ni ver de un hombre vacío que les robaba, así que no se dieron cuenta.

    Lucas continuó andando y volvió a encontrarse frente a sus pies un pájaro muerto. Debía haber muerto hacía mucho tiempo porque sólo quedaba el polvo de sus huesos. Pero sabía que era un pájaro porque el polvo de sus huesos había permanecido en el suelo dibujando una silueta de pájaro. Tenía el cuerpo atravesado por una flecha con plumas de uranio, de la que colgaba un mensaje entre amarillento y grisáceo.

    Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. Hoy. HOY. ¡HOY!

    -Eh, tío. Tío. Vamos, despierta.

    Lucas notó cómo lo abofeteaban y abrió los ojos. Tenía la frente sudorosa y ardiendo y la cabeza embotada.

    -Buf, menos mal, vaya susto nos has dado, macho. ¿Estás bien?

    Lucas no respondió a su pregunta. Con la mirada perdida, sin escuchar, se respondió a sí mismo.

    -Ya lo he comprendido. No es hoy, es mañana.


*Fragmentos disjuntos del poema “Oficina y denuncia” de Federico García Lorca.

viernes, 6 de julio de 2012

El contacto

 Lucas tenía treinta años. Trabajaba en la oficina de un periódico local en un frustrado intento de llegar a ser escritor. Programaba el despertador todos los días laborables para las siete en punto, aunque no se levantaba hasta un minuto después. Era el tiempo que empleaba en tomar fuerzas para incorporarse y afrontar un nuevo día desde las tinieblas de la habitación. Después buscaba a tientas la cocina y allí levantaba la persiana para dejar entrar a los juguetones rayos de sol, más madrugadores que él, que lo pellizcaban en los párpados entrecerrados. Desayunaba un par de tostadas y un tazón de leche sin café y se ajustaba la corbata antes de salir de casa. Salía a la calle, saludaba al kiosquero en frente de su portal, que ya tenía preparado para él el diario de esta mañana, el mismo diario detrás del cual Lucas trabajaba en su oficina. Descendía por la boca dentada del metro, cruzaba la pasarela de la mampara de cristal que separaba a las personas que entraban de las que salían y miraba el panel que indicaba cuántos minutos quedaban para el siguiente tren. Miraba el panel pese a saber de antemano que pondría 4 minutos. Siempre ponía 4 minutos porque Lucas siempre seguía la misma rutina. Y Lucas sabía que los trenes salían cada 5 minutos, por lo que si omitiera ese minuto que empleaba tomando fuerzas para incorporarse y afrontar el nuevo día, podría coger el tren anterior. Pero nunca se lo había planteado. La rutina era sagrada.

Cinco de abril del dos mil doce. Lucas descendió por la boca dentada del metro y cruzó la pasarela de la mampara de cristal que separaba a las personas que entraban de las que salían. Cuando llegó al andén, lo hizo al tiempo que el pitido de saludo del metro. Pensó que se habría retrasado aún más de los normal, un minuto, y se apresuró a entrar. Se sentó al lado de una señora que vestía una blusa marrón con estampado de flores, una falda gris de tela vasta que le llegaba hasta las rodillas y unos zapatos color mostaza con un poco de tacón. Lucas nunca había pretendido ser un experto en moda, pero aquello no parecía encajar muy bien. No obstante, volvió a sus preocupaciones. Se subió ligeramente la manga de la americana gris y miró el reloj de correa que llevaba en la muñeca derecha. Se quedó perplejo. El metro no había llegado un minuto antes. Había sido él. Durante el viaje estuvo intentando dilucidar qué había podido causar aquella ruptura de su hábito cotidiano y, finalmente, poco antes de llegar a su estación de destino, le vino a la memoria un detalle: no había esperado un minuto antes de incorporarse en la cama. Aún sin haberse recuperado de la sorpresa, tuvo que bajar del metro antes de que éste se pusiera en marcha de nuevo. Pisó el andén con indecisión.

Tenía cuatro minutos (quiero decir, cuatro minutos libres). Nunca había tenido cuatro minutos. ¿Qué podría hacer en ese tiempo? No podía llegar antes a la oficina. La oficina abría a las siete y media. Puntual. Si llegaba cuatro minutos antes, tendría que estar cuatro minutos esperando frente a la puerta cerrada. La gente lo miraría extrañada. Nadie desperdicia cuatro minutos de una mañana mirando una puerta cerrada y esperando que se abra mágicamente en cualquier instante. Quizá incluso llovía. Y él no llevaba paraguas. No solía llover en la ciudad, pero faltaba que hubiera surgido un imprevisto para que se acumularan todos. Siempre ocurría. O, mejor dicho, nunca, porque Lucas nunca había tenido imprevistos. Pero, de alguna forma, en su profundo pesimismo creía que lo sabía. Como tampoco nadie desperdicia cuatro minutos de una mañana pensativo en el andén de un metro y la gente ya comenzaba a mirarlo extrañada, decidió andar. Eso es, andaría más despacio y así llegaría cuatro minutos más tarde. Comenzó a andar todo lo despacio que podía dentro de los límites de la ausencia de miradas extrañadas, pero con unos rápidos cálculos se dio cuenta de que aún así sólo conseguiría emplear dos minutos. Tres si acaso. Pero no los cuatro. Tampoco podía ir más lento o de nuevo aparecerían las miradas inquisitorias. Desesperado, se resignó a una idea a la que jamás se había resignado: la idea de la esperanza vana, la esperanza en el azar, en lo desconocido. Se resignó a continuar caminando con pasos lentos (dentro de los límites) y esperar que ocurriera algo inesperado con lo que pudiera perder uno o dos minutos de los que aún disponía.

Llegó a la pasarela de las mamparas de cristal. Cada paso era un sacrificio, cada instante que pasara sin que el azar le guiñara un ojo era un suplicio que apenas podía aguantar. La boca dentada del metro se acercaba y, a apenas diez metros de su salida, la puerta a las oficinas del periódico donde trabajaba Lucas. Desesperado, levantó la mirada de sus propias pisadas y, casualmente, fue a dar con una mirada (no extrañada) al otro lado de la mampara de cristal. Una mirada de entre la multitud de personas que entraban a la estación de metro mientras él salía, una mirada de ojos marrones, normales. Pero hubo algo que lo cautivó, que por apenas uno o dos instantes detuvo sus pasos. Entonces la señora mal vestida chocó contra él. Perdió la mirada marrón, la mirada normal que entraba en la estación, la mirada cautivadora. Se giró hacia la señora mal vestida. Lo observaba con una mirada extrañada y acababa de proferir una expresión malsonante. Lucas se disculpó tartamudeando y le recogió el bolso, que había caído al suelo. La señora mal vestida gritó un par de tacos más y marchó con paso ágil, indignada. En esta sociedad de prisa inhumana, una persona tranquila, una persona que se detenía a observar una mirada marrón y cautivadora, era objeto de indignación. Lucas retomó la marcha pensando en esa mirada. Llegó a la puerta del trabajo y la secretaria aún tenía en la mano el manojo de llaves con el que acababa de abrir la puerta.

Lucas retomó su rutina al día siguiente. Volvió a emplear un minuto en tomar fuerzas para incorporarse y afrontar un nuevo día desde las tinieblas de la habitación. Pasó el tiempo y Lucas olvidó la mirada marrón y cautivadora. Un día, en cambio, volvió a encontrarse con el pitido del metro al llegar al andén. Se apresuró a entrar mientras levantaba ligeramente la manga de su americana gris (todas sus americanas eran grises) para poder mirar la hora en su reloj de correa. Había llegado un minuto antes. Recordó que no había empleado el minuto en incorporarse después de que el despertador sonara, como ya le había ocurrido la otra vez. El trayecto pasó demasiado rápido entre sus pensamientos. Él quiso que éstos se centraran sobre cómo emplear los cuatro minutos que tenía de nuevo, pero, aunque después lo negaría ante sí mismo, en realidad sus pensamientos constituyeron una duda constante sobre si volvería a encontrarse con la mirada marrón y cautivadora. Descendió al andén, tembloroso. Comenzó a andar lentamente hacia la pasarela de las mamparas de cristal. Apenas la entrevió a lo lejos y ya comenzó a buscar desesperadamente. Esta desesperación guarda paralelismo con la de la ocasión anterior, pero las causas eran totalmente diferentes. Finalmente la encontró. Volvió a sostener su mirada marrón, cautivado, durante uno, dos instantes. Continuando con el paralelismo, alguien chocó contra él y la perdió de vista. Antes de girarse y recoger su bolso del suelo ya sabía que se trataba de la señora mal vestida.

A partir de ese día, excluyó de su rutina el minuto que empleaba en tomar fuerzas para incorporarse y afrontar un nuevo día desde las tinieblas de la habitación. Llegó al andén al tiempo que el pitido del metro, se subió apresuradamente y se sentó al lado de la señora mal vestida. Aún miraría alguna vez más su reloj, falsamente sorprendido, en un gesto con el que pretendía fingir ante sí mismo que no conocía la verdad. Dedicó sus pensamientos, aunque después lo negara, a la mirada marrón y cautivadora. La diferencia fue que en cada ocasión sus pasos se aceleraban más hasta su encuentro (que, inexplicablemente, se producía siempre en el mismo lugar) y, por tanto, en cada una disponía de unos instantes más para sostener su mirada antes de que la señora mal vestida chocara contra él. Y, por tanto, en cada ocasión quedaba aún más cautivado por la mirada marrón. Al quinto día la acompañó una sonrisa. Al séptimo un guiño. Al décimo casi fue corriendo, abriéndose paso como podía entre el resto de personas, aun arriesgándose así a sufrir alguna mirada extrañada. Encontró la mirada marrón y cautivadora, la sonrisa y el guiño en el mismo lugar de siempre. Pero hoy tenía más tiempo y se dedicó a observar de arriba a abajo a la portadora de aquella mirada, pues, aunque parezca increíble, nunca lo había hecho. Era una mujer normal, al igual que sus ojos marrones. Estatura media, quizá un poco más alta. Su cuerpo no era delgado ni esbelto, pero mucho menos gordo o feo. Era normal, con pechos normales. Sus labios, ligeramente más carnosos de la media, seguían siendo normales. Sus pestañas normales, ligeramente cortas. Su cabello castaño, normal al igual que sus ojos. Pero había algo enormemente cautivador en cada pequeña porción de su cuerpo, del halo invisible que flotaba en torno a ella, en sus ojos marrones.

Continuaron viéndose día tras día tras la mampara de cristal. Cada vez mantenían más tiempo el contacto visual. Cada vez Lucas quedaba más cautivado por su cuerpo, por su halo, por sus ojos marrones. Pronto empezó a llegar tarde al trabajo, lo cual constituía una ruptura inaudita e inexplicable en sus hábitos y en su puntualidad exquisita. Sus compañeros lo observaban con miradas extrañadas cuando llegaba tarde a la oficina. Pero a él no le importaba. El director del periódico lo hubiera despedido si no fuera porque en aquella época comenzó a mejorar la calidad de su hasta entonces monótono trabajo.

Un día ella se acercó a la mampara de cristal y la tocó con la yema de su dedo índice. Lucas permaneció unos instantes indeciso y finalmente apoyó la yema del dedo índice en el mismo lugar, de forma que se hubieran tocado de no ser por la mampara de cristal que los separaba. Apoyaron la mano entera, una contra la otra, en lo que se convertiría desde entonces en su particular saludo. Al cabo de un tiempo, ella llegó un día con el pelo revuelto y el rímel de los ojos ligeramente corrido por alguna lágrima rebelde. Lucas posó su mano en el cristal frío, esperando sentir (aunque fuera imaginariamente) la calidez de su mano al otro lado del cristal. Pero ella no posó su mano. En lugar de eso, acercó su rostro al cristal y posó sus labios, dejando una marca de vaho, cerrando los ojos. Lucas la observó sorprendido y sonrojado durante unos instantes antes de unirse enérgicamente a aquel beso separado por el cristal. Tenía esposa y hacía un año había nacido su primer hijo, así que nunca comprendería, o no querría comprender, lo que le llevó a cometer aquel acto de traición irracional. Continuaron besándose a través del cristal durante muchos días, sin que les importaran las miradas extrañadas del resto de la gente. Sus cuerpos cada día se acercaban más y más a la mampara y pronto sus manos no pudieron resistir la necesidad de tocar el cuerpo del otro (a través de la mampara de cristal, como siempre).

Pero esto acarreaba que Lucas llegaba cada vez más tarde al trabajo. Aunque su productividad continuaba aumentando maravillosamente, el director del periódico no tuvo otra opción que despedirlo ante su grave falta de disciplina. Lucas, destrozado, salió del edificio con la cabeza baja y fue a dar una vuelta. Se sentó en un banco de una calle cercana, pero suficientemente lejana para quedar fuera de la vista de la oficina. Comenzó a llorar. Comenzó a maldecirse por haber acabado despedido de su trabajo por una mujer que no conocía, por su cuerpo, por su halo, por su mirada marrón y cautivadora. ¿Cómo había podido dejarse llevar por la locura? ¿Qué le diría a su mujer? Y aún más, ¿qué le diría ella a él? Ella no trabajaba, pues se dedicaba al cuidado de su hijo. ¿Quién le llevaría ahora comida a su encantadora boquita?

Entre sus reflexiones, los minutos fueron pasando, después alguna que otra hora y anocheció. Lucas se levantó sobresaltado del banco cuando se percató de que los últimos rayos de sol ya se habían perdido hace tiempo en el horizonte trazado por los edificios grises (igual que su americana). Su esposa se extrañaría por su tardanza, le preguntaría dónde había estado y tendría que contarlo todo entre lágrimas. Dirigió sus pasos apresurados a la estación. Se consoló por el camino con que se lo tendría que haber contado de todas formas. Entró por la boca dentada del metro, comenzó a cruzar la pasarela de mamparas de cristal y, casualmente, dirigió su mirada al otro lado, por donde habitualmente pasaba la gente que salía de la estación. Sólo que a estas horas nunca había nadie. Pero dirigió su mirada casualmente al otro lado de la mampara de cristal y encontró una mirada marrón y cautivadora, un halo a su alrededor y un cuerpo normal. Era ella. El rímel se extendía por sus mejillas y, como él, tenía los ojos rojos y secos. Como él, había agotado todas sus lágrimas. Sin dejar que la sorpresa rompiera la magia del momento, se corrieron a besarse con fuerza a través del cristal. Comenzaron a acariciar con pasión sus cuerpos, de forma que si hubieran estado en verdadero contacto se hubieran arañado la piel.

Pero esta vez dieron un paso más, un paso que no tendría vuelta atrás. Y ambos los abían. Ella comenzó a desabotonarse los botones de la blusa y él, sin apenas dudar, la imitó con los de su camisa. Después los pantalones y su falda. Su sujetador y sus bragas, los calzoncillos. Quedaron desnudos ante esa inmensa noche de la pasarela de la mampara de cristal, cuando los últimos rayos de sol ya se han perdido en el horizonte trazado por los edificios grises y ya no entran por la boca dentada de la estación de metro. Quedaron desnudos sin que nadie pudiera verlos. Ante ese inmenso mundo que conformaban ellos dos solos. Se lanzaron contra el cristal de nuevo con tal furia que casi lo rompen en mil pedacitos, como sus corazones. Se besaron con furia, se restregaron con furia el uno contra la transparencia del otro en el cristal. Se llevaron casi al unísono su mano al sexo y comenzaron a masturbarse.

-No puedo más, ¡quiero tocarte... de verdad! -gritó Lucas mientras golpeaba con rabia su puño manchado de semen contra el cristal y apoyaba su frente, llorando. Ya llevaban mucho tiempo masturbándose. Ninguno sabía cuánto exactamente, pues en los momentos verdaderamente importantes es imposible contar el tiempo. Se escapa entre nuestros dedos como arena de un reloj enloquecido o permanece en torno a nosotros como un silencio sostenido por una grave nota de piano.

Se percató de que ella no lo escuchaba, la mampara de cristal estaba sellada. Se lo intentó explicar por señas. Ella lo miró arqueando una ceja durante unos instantes y después comprendió lo que quería. Sus párpados se abrieron mucho y en sus ojos marrones y cautivadores brilló una chispa de terror. Negó efusivamente sacudiendo la cabeza. Lucas se quedó perplejo en su amago de ir corriendo a buscarla.

-¿P... por qué? -tartamudeó, sin comprender.

Volvió a recurrir a las señas y ella negó de nuevo con fuerza. En sus ojos podía leer su determinación. Vio escapar a una lágrima rebelde que cayó negra por su mejilla, arrastrando el rímel corrido. Entonces se dio la vuelta, se vistió apresuradamente y comenzó a andar con decisión hacia la boca dentada y oscura de la estación. Lucas creyó que se volvía loco. Comenzó a correr, desnudo, para alcanzarla, pero ella pareció prever que lo haría y se giró de nuevo. Se acercó a la mampara de cristal. Lucas la imitó. Desde los ojos de ambos caía una cascada de lágrimas saladas que iban a formar un charco congelado en la piedra fría del suelo. Colocaron sus manos una frente a la otra. Se besaron (a través del cristal). Ella le dirigió una última mirada suplicante con sus ojos marrones y cautivadores. Él se derrumbó, incapaz como siempre de resistirse a su mirada, y se resignó a permanecer de rodillas mientras la veía girar y marcharse. Se percató entonces de que su corazón estaba hecho mil pedacitos, como casi le había ocurrido a la mampara de cristal aquella misma noche. No lo sabía, pero en realidad se había roto hacía ya mucho tiempo, concretamente la primera vez que quedó cautivado por aquella mirada marrón y normal.

Al llegar a casa, su mujer se echó a sus brazos, aunque él no tenía fuerzas para sujetarla. Estuvieron a punto de caer los dos. No le había cogido las llamadas al móvil (ni siquiera lo había escuchado). No había sabido nada de él en todo el día y eran las dos de la madrugada, cuando normalmente volvía a las 6 de la tarde. Estaba a punto de llamar a la policía cuando Lucas entró por la puerta. Le gritó durante mucho tiempo (su hijo se despertó y comenzó a llorar), pero finalmente, observar las lágrimas y el silencio persistentes de su marido, decidió resignada, enfadada y preocupada, dejar la conversación para el cuando hubiera descansado. No obstante, no durmió en toda la noche, aunque lo fingió para evitar las preguntas de su esposa. Cuando llegaron las siete en punto, su despertador le indicó irritadamente que ya podía abrir los ojos. Se había olvidado apagarlo. Aún así, decidió levantarse, y lo hizo sin emplear ese minuto en tomar fuerzas para incorporarse y afrontar un nuevo día desde las tinieblas de la habitación (como, por otra parte, ya acostumbraba durante el último mes). Su mujer seguía dormida, así que no había problema. Continuó su rutina y llegó al andén al tiempo que el pitido del metro. Se apresuró a subirse y se sentó al lado de la señora mal vestida. Irrumpió en sollozos varias veces durante el corto trayecto. La mujer mal vestida lo observaba de reojo con mirada extrañada. Pero a él no le importaba. Continuó sollozando.

Al llegar, bajó apresuradamente al andén y fue corriendo, empujando a todo aquel que se interponía en su camino y recibiendo así multitud de expresiones malsonantes y miradas extrañadas. Pero no le importaba. Continuó corriendo hasta llegar a la pasarela de la mampara de cristal. Disminuyó el paso pero aún así caminaba rápido, ansioso por verla. Llegó hasta el punto donde siempre se encontraban y buscó con desesperación su mirada marrón y cautivadora, como tantas otras veces lo había hecho. Pero era una desesperación distinta, mucho más profunda, una desesperación que hería su corazón en cada uno de sus pedacitos. Así, buscó desesperadamente durante varios minutos. En vano. Pero su mente no era capaz de admitir que no la volvería a ver jamás, que aquella última mirada de sus ojos marrones y cautivadores había sido la última mirada. Así que siguió buscándola hasta el final de la pasarela. No la encontró tampoco. No debía sorprenderse, ya sabía que aquella última mirada había sido la última mirada. Pero aún así su corazón (cada pedacito) había continuado guardando la esperanza, como siempre se guardan las grandes esperanzas. En un último arrebato miró hacia fuera de la boca dentada de la estación. Una multitud de gente entraba, pero allí no estaba su mirada marrón y normal, su mirada cautivadora. Afuera llovía y él no tenía paraguas.