sábado, 21 de febrero de 2015

Endecasílabos

En esas noches cuando me querías
besar en un aleteo de sábanas
y pájaros de colores y velas
de barcos en las aceras sentados.

No me oías y el rumor de tu voz
eran dobles notas de olvido.

Heptasílabos

Quizá estés aquí de nuevo
si cierro mucho los ojos
lejana como un recuerdo.

Entonces
búscame en mis pedazos
palpitantes de arena
de esta playa sola.

Tu aliento me encontrará
las cloacas del recuerdo
en la espuma de cerveza.

Y arráncame este mar
que se nos lleva.

jueves, 5 de febrero de 2015

El ciempiés II - El mar

Nota del autor: Después de diecinueve horas el ciempiés parece haber saciado su hambre, se acomoda en el sofá panza arriba, cuenta con cada una de sus patas los días que llevaba sin comer antes de maravillosamente conocerme. Sigue gritándome sin embargo condenándome a esta esclavitud del escritor pero ahora incluso lee detenidamente las páginas mientras se cala el sombrero de seta y una risita mojada de insecto se lee escapa de las mandíbulas.

Levantarme y subir las persianas fue como un chapuzón en el mar. El cielo estaba azul hiriente como en los mejores días de verano y el agua llegaba casi a la altura de la ventana, por lo visto se habían deshelado los polos de varios planetas.

El ciempiés refunfuñó que su religión le prohibía nadar, así que teníamos un verdadero problema: no podríamos ver la ciudad bajo la refracción azulada y el silencio ahogado y nos tendríamos que conformar con vaciar un vaso de agua sobre nuestras cabezas para que el cerebro pudiera al menos disfrutar del teórico baño, que hacía calor y las neuronas empezaban a hablar de narcóticos, sobre todo las cieneuronas del ciempiés.

La casa bostezó, llena de arena, pero al ciempiés no le gustaban los castillos. Decía que eso era de gente rica, deformaciones de nuestra sociedad, que los ciempiés no construían castillos de arena. Le pregunté con cierto desdén en qué coño empleaban los ciempiés su tiempo si no podían bañarse en el mar ni construir castillos de arena.

Nota del autor: El ciempiés ha enfurecido y ha vuelto a devorar todo hoja por hoja tan pronto como terminaba de escribirlas. Ya por gula, supongo. He aprendido entonces que las ciempiés no tienen coño o que a los ciempiés en general no les gustan las preguntas. Parece que se ha tranquilizado ahora que el mar asoma por la ventana, llamando al cristal con un glu glu pegadizo.

Ahí estaba el mar, a través de todos los edificios meras fantasías mal delineadas por arquitectos borrachos, ahí estaba infinito y hermoso el mar eterno y transparente. La gente llevaba sus trajes de neopreno negro y corbata. Todos nadaban rapidísimo o tenían un submarino deportivo pues la prisa lleva bombas de oxígeno y todo tipo de explosivos y no se ahoga bajo el mar. Por otro lado, los pocos soñadores que habían sacado sus veleros a la superficie desistieron enseguida. Con tal trajín en sus entrañas, el mar pronto se encabritó y se deshacía de los barcos con coces de espuma, terriblemente herido por los explosivos de la prisa que arañaban su vientre de un lado a otro como si ésta se paseara por su casa.

Cuando la luna torció su sonrisa, las aguas se retiraron del barrio. Pronto empezaron a emerger las primeras algas y las había de todos los colores y texturas (metalosas, maderosas, hormigonosas) sobre un fondo de coral asfáltico. Salimos entonces (el ciempiés y yo) a dar un paseo. Era difícil el tránsito, la mayoría de viandantes acababa cuadrando su culo en los baldosines de las aceras y algunos peces estoicos aún coleaban de un lado a otro, dirigidos ordenadamente por muros imaginarios construidos sobre líneas blancas. La gente, ridícula con sus trajes de neopreno negro y corbata, se esforzaba en simular que no había pasado nada, mientras en las líneas de juntura de los baldosines aún pequeñamente inundadas había pequeños moluscos que habían construido albergues y estaciones y pronto empezarían a rezarle a la lluvia.  El mar había impregnado todo con su maravilloso aroma de lágrimas y espuma y algunos comenzaron a odiarlo pronto.

martes, 3 de febrero de 2015

Dóndes y cuándos

¿En qué oscuro rincón del tiempo que ya ha muerto
viven aún,
ardiendo, aquellos muslos?
(Francisco Brines)


¿En qué oscuro rincón de besos
te pierdes de mí
lejos y para siempre?

Donde podamos arañarnos
las lenguas con filosofías
las gargantas con cerveza
la piel con electrostática.

Donde o ahora
me encuentras
desgastado como las aceras.

Siempre se confunden las preguntas con porqués
lo más importante son los dóndes y los cuándos.

lunes, 2 de febrero de 2015

The centipede

[Translated version of 'El ciempiés']

Author's note: I have been writing for about an hour and the big centipede that yells, ordering me to keep writing, paradoxically has been devouring every page as soon as I was finished writing them. Now it has just fallen asleep, so I will try to carry on with my story of tonight, but I cannot guarantee that the centipede won't wake up and fall sleep again, so I beg your pardon if you find unrelated parts in the story. It is six in the morning.

-We're like werewolfs - he* said -. We sing to the moon every night, no matter if it's full or empty like our bottles.

I liked the idea, so I immersed myself in the milkshake of electronic music and people of the club. I got closer to a blonde girl who seemed to be made-up like in a Van Gogh painting** and we lacerated out bodies with the friction or fiction of oblivion.

At some point they turned the lights on and, as nocturnal animals, we headed to the exit to come back to the darkness. Outside the club, asphalt flakes were falling and everyone was running to the cars, the taxis, the buses, their homes, everyone soaking of that grey and sticky substance. I found an asphalt-shelter under a balcony, next to a girl who was giving a deep puff to a joint.

-Writers like you rush to vomit noise in your ink rivers, without realizing that, actually, you only seek silence - she told me.

We ended up at her home, untying seconds, breaking the desired silence among kisses and moans of her bed's springs, which sounded like worn-out sex. Yet after, when the sheets had grown like vines around our bodies , there was an instant when we joined through our skins, like two raindrops join together, and she poured her secrets inside me and I poured mines inside her.

I was in the street again and several unusual events occurred on my way home through unknown ways which I don't remember since I didn't see. Asphalt flakes had stopped falling so the streets were already placed and recovered from tonight's excellent excesses. One could still breathe the clean cold air previous to the sunrise, although sometimes an early mechanical beast would appear, roaring like junk and opening wounds in the darkness with its shiny eyes. Then the beast would disappear, bringing us (I mean, the centipede and me) back to the clean and cold silence, as if it would have been only a temporary disturbance and after the oblivion maelstrom would have devoured it and it would have ended up in another world's daybreak.


*In Spanish, subject is not necessary to be said or written, "he" just refers to a friend of the author.
**In Spanish we can also use the verb "painted" for "made-up".

martes, 27 de enero de 2015

El Padrino

- Buenas tardes. La operación ha sido un éxito. Hemos dado un golpe que las Grandes Familias no podrán revertir: no ha quedado ni uno vivo. Los Campazzo han protestado cuando se han enterado, pero cuando mis hombres han borrado del mapa a Paolo han dejado de piar.
- Muy bien, muy bien... Buen trabajo.
-Gracias, Padrino.
- Siempre te he tenido en gran estima, Giorgio. ¿Sabes? Justo estaba pensando si de verdad esto tenía un sentido.
- ¿Esto? ¿A qué se refiere?
- A la mafia, el crimen, los negocios...
- Pero qué cosas dice, Padrino.
- No, no, lo digo en serio. Estas cosas siempre acaban mal. ¿Por qué seguimos, Giorgio? Siempre llega un día en que todo se viene abajo y otros pasan a ocupar tu lugar. Lo que viene rápido, rápido se va. Y todo viene rápido en nuestras vidas, Giorgio, y rápido se irá.
- ...
- No me juzgues. Con la edad uno acaba pensando en estas cosas, ¿sabes? Es un poco como la vida. O más que un poco. ¿Por qué, si todo se acaba, si tenemos la certeza de que todo se acaba, por qué seguimos? No tiene mucho sentido mirado así, pero hay que intentar dárselo... No me mires así, muchacho, no quiero compasión, no ahora. Si has venido a matarme... Guárdate esa mordaza, coño, déjame que al menos sea digna. Y rápida. No gritaré, no suplicaré.
- ¿Ya sabías que venía...?
- Lo he leído en tu cara, hijo, sabría que este día llegaría... Pero te decía, no te cuento todo esto porque hayas venido a matarme. Mátame. Si te cuento esto es porque uno al final de su vida hace cuenta de lo que le ha quedado por decir, por hacer... Y para hacer es tarde, pero decir siempre se puede. Y ahora ya...
- Lo siento, Padrino...
- No, no es bueno sentir en este mundo.
- Yo...
- Joder, que no  quiero explicaciones, Giorgio, si no las habría pedido. Yo hubiera hecho lo mismo en tu lugar. El negocio es el negocio. Y ahora ya... No te esfuerces, sé un poco hombre y calla. Las putas palabras siempre estropean las despedidas.

domingo, 25 de enero de 2015

Esta noche he soñado contigo
He vuelto a encontrarte
Con tus labios ágiles y el sol de tus ojos
Que caía en rayos dorados sobre tus hombros
Después he vuelto a perderte
He vuelto a buscarte y a no encontrarte
En las líneas del pavimento
Donde ya no estabas
Estabas bien lejos de este cielo de nubes

Escríbeme
Sólo te pido la palabra
No ya esos artificios con que se llenan los amantes
No, sólo la palabra
Sólo despertarme con tu palabra

Que ruja la luz a través de las persianas
Que griten los coches y las muchedumbres
Y bombardeen con músicas extrañas mi cabeza
Yo no voy a levantarme
Me niego a levantarme hasta poder
Despertar con tu palabra
Con tu palabra doliente

Y reabrir las heridas
Y que por fin salga toda la sangre a borbotones
Hay mañanas en que uno necesita sangrar
Y gritar más fuerte que la luz
Para seguir adelante

Llevo casi treinta versos para pedirte
Escríbeme
Aunque sean pocas palabras y mucho silencio
Callar y hablar Siempre fue un poco lo mismo
Tengo la vaga conciencia
De haber tenido ya todas las conversaciones contigo
Quizá estábamos borrachos
Quizá no ha llegado aún el momento

viernes, 16 de enero de 2015

Machete en mano

Esta herida nuestra
Ya anclada a tu presencia y la mía
Nosotros condenados a abrirla
Y reabrirla
Machete en mano

Un pájaro herido en el camino
Ha perdido un ala
Se tambalea echa a volar
Con la otra ala

jueves, 8 de enero de 2015

El ciempiés I - Nocturno

Nota del autor: Llevo aproximadamente una hora escribiendo y el gran ciempiés que me obliga a gritos a seguir haciéndolo paradójicamente ha ido devorando todo hoja a hoja tan pronto como terminaba de escribirlas. Ahora que acaba de caer dormido, aprovecharé para proseguir mi relato de esta noche recién pasada, pero no puedo garantizar que el ciempiés no despierte y después vuelva a dormirse, así que habéis de perdonarme si encontráis partes inconexas en la historia. Son las seis de la madrugada.

- Somos como hombres lobo - dijo -. Cantamos a la luna cada noche, pero no importa si está llena o vacía como nuestras botellas.

Me gustó la idea, así que me sumergí en el batido de música electrónica y cuerpos de la discoteca. Me acerqué a una chica rubia que me pareció pintada como en un cuadro de Van Gogh y laceramos nuestros cuerpos con la fricción o ficción del olvido.

En algún momento encendieron las luces y, como seres nocturnos, nos dirigimos hacia una salida y vuelta a la oscuridad. Afuera caían copos de cemento y la gente corría a los coches, los taxis, los autobuses, sus casas, todos empapándose de esa sustancia gris y pegajosa. Yo me refugié del cemento bajo un balcón del edificio, junto a una chica que daba una profunda calada a un porro.

- Los escritores como tú perdéis la cabeza vomitando y vomitando ruido en vuestros cauces de tinta, sin reparar en que, en el fondo, sólo perseguís el silencio - me dijo.

Acabamos en su casa, desatando los segundos, rompiendo ese ansiado silencio entre besos y gemidos de los muelles de su cama, que sonaban a sexo viejo. Ya después, cuando las sábanas habían crecido como enredaderas en torno a nuestro cuerpo, hubo un instante en que nos unimos a través de la piel, como dos gotas de agua se juntan, y ella me vertió sus verdades y yo le vertí las mías.

Estaba de nuevo en la calle y me sucedieron varios acontecimientos insólitos en la vuelta a casa por caminos desconocidos que ni vi ni recuerdo. Había dejado de nevar cemento, así que las calles ya estaban puestas y casi repuestas de la noche de excelsos excesos. Aún se respiraba el aire limpio y frío previo al amanecer, pero de vez en cuando alguna bestia mecánica temprana aparecía rugiendo a cachivaches y abriendo heridas en la oscuridad con sus ojos brillantes, y después se perdía de nuevo devolviéndonos (digo, al ciempiés y a mí) el silencio limpio y frío, como si sólo hubiera sido una perturbación ocasional y después lo hubiera engullido la vorágine de olvido y hubiera pasado a amanecer en otro mundo, quizá en otro universo.

Un gran problema de nuestro tiempo es que todos conocemos el mar

Un gran problema de nuestro tiempo es que todos conocemos el mar. Que nos hemos acostumbrado a las maravillas cotidianas y no hay nada que nos sorprenda.

En otros tiempos, cuando alguien nacía en el interior no conocía el mar hasta que, ya crecido, llegaba a verlo con sus propios ojos. Esa vasta inmensidad azul que no tiene fin, que se funde con el cielo en lontananza y a nuestros pies se deshace en espuma, imagino que causaba entonces una gran impresión en él o ella.

Hoy, quién más, quién menos, ha viajado a tempranas edades y, si no, ha visto el mar y muchas otras cosas en la televisión o internet. Estamos acostumbrados a las selvas, a las sabanas, a los bosques densos, a los desiertos, a las montañas y los valles y el mar. Están todos los días en esos documentales aburridos que nadie ve, porque lo tenemos ya todo bien visto, porque su belleza no nos impresiona.