viernes, 10 de diciembre de 2010

Trabajo para clase - Diálogos con el pasado

C/ de los Poetas
Nº 12, 2ºB
5016978342-VXYFG
El-Más-Allá

Estimado Sr. Bécquer,

Hoy no te escribo para contarte cotilleos, lo siento. Hoy te escribo con motivo de un trabajo para el instituto, en concreto para Lengua y Literatura. He de contarte todas las cosas que, por no vivir en esta época, te has perdido.

Para empezar, no has conocido las dos Guerras Mundiales, donde millones y millones de personas murieron, sin duda, por una buena causa. No has conocido a Hitler y su innovadora moral nazi, los campos de exterminio, las masacres del pueblo por el pueblo en los sistemas comunistas, las dos bombas nucleares que arrasaron dos ciudades japonesas por el bien del mundo. Pequeñas parecen a su lado otras guerras con miles de muertos más para que los señoritos de Occidente puedan descansar tranquilos sobre sus lechos de oro, las manos de sus esclavos manchadas de sangre y petróleo.

No has conocido el continuo desarrollo sin cambios perceptibles de los igualitarios sistemas capitalistas. Tampoco el mundo gris entre cuya miseria y basura nos hundimos cada día un poco más. NI los árboles cuadrados, ni el mar de cemento, ni los pajaritos de plástico. No has observado con tus propios ojos la inexorable permanencia de la hipocresía, el egoísmo y la mentira como los más elevados valores humanos.

Por último, tampoco has vivido la pérdida de toda esperanza puesta en la humanidad.

Un saludo,

Mario A. Vallino

Trabajo para clase - Recomendación de tu libro favorito

Mi libro preferido es "El Principito" de Antoine de Saint-Exupéry. Si tuviera miedo de qué pensara de mí quien lea ésto, diría que mis favoritos son "Poeta en Nueva York" de Lorca, "Cien años de soledad" de García Márquez, "Hiperión" de Hölderlin o, incluso, "Siddharta" de Herman Hesse. Todos los nombrados son libros de grandísimos autores que me gustaron mucho. Y estoy seguro de que si los nombrara como mis preferidos, la persona que leyera ésto quedaría impresionada, pensando que soy muy culto y razonable. Sin embargo, no tengo miedo de decir que, por encima de todos ellos, tengo guardado en un tempo de oro "El Principito".

Quien lea ésto pensará ahora "Bah, es sólo un cuento para niños" y me tachará de su lista de personas maduras. Pero no anda muy lejos de la verdad: es ciertamente un cuento para niños . Con ésto me refiero a que es un libro escrito y dedicado a los niños y que únicamente aquel que tenga una verdadera alma de niño en su interior sabrá entenderlo. Para el resto, a los que calificaremos como "personas grandes" (significando personas lógicas y razonables), será tan sólo un libro tonto e infantil (rasgo que juzgarán negativo), aburrido, trivial y, por tanto, inútil. Entonces dirán que ellos son hombres serios y no leen tonterías sin importancia y volverán con sus sumas y restas. Pero, como decía el Principito, "no son hombres, ¡son champiñones!".

Tras esta explicación, pasaré a decir que recomiendo a todo aquel que aún sea o se sienta niño, a todo aquel que aspire a serlo o, acaso, aún guarde un suspiro de imaginación en su cuadrado cerebro, que no pierda el privilegio de leer este maravilloso cuento para niños.

PD: Pensaréis, que una recomendación sin argumentos, sin explicar ni resumir la historia, es mala. Pero los niños no somos como las personas grandes, que nunca comprenden nada por sí mismas. Los niños no necesitamos explicaciones.

Poemas infructuosos


"Todas las cartas de amor son
ridículas.
[...]
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que no escribieron nunca cartas de amor
sí que son
ridículas."
F. Pessoa





I. Te llevaré a volar conmigo


Te llevaré a volar conmigo.
Más allá de los campos de amapola,
del mar y las nubes,
hasta donde se pierden las estrellas.
Dejaremos las ropas entre las flores,
dejaremos los zapatos en la luna
y olvidaremos nuestros cuerpos ardiendo en el sol.
(Incluso tus cabellos de oro y tus ojos
de azul los perderemos
entre las altas montañas del cielo).

Y así te llevaré a volar conmigo,
solos, desnudos, sin cuerpo,
sin los límites del espacio
que nos separa ni del tiempo,
te llevaré a volar conmigo.
Alma frente a alma,
beso frente a beso,
hasta que la madrugada queme nuestras memorias
con un vals de amor eterno.

Mientras tanto, estaremos ya nosotros
lejos, lejos, lejos,
entre las amapolas, el azul y las estrellas,
sin cuerpo, sin beso, sin alma,
solos frente a la luz del sol,
susurrándonos "te quiero"
con nuestros dedos índices unidos.
II.


Si tuviera que decirte "te quiero",
lo haría. Sin duda.
Si tuviera que estrecharte una vez más entre mis brazos,
entre mis manos y entre mis labios,
aspirando el perfume de tu cabello rubio
de aquellas tardes mojadas de Oxford.
Lo haría sin duda.


Si tuviera que llevarte en brazos
hasta rozar la Luna misma,
el Sol y el resto de estrellas
y que nuestros ardieran,
felices de morir juntos,
lo haría sin duda.


¿Por qué no lo hice, entonces,
en aquella ciudad de los sueños rotos?
Ramas viejas, amapolas marchitas
y pájaros muertos.
III. Hola


Hola.
Siéntate y escucha.
Hoy vengo a hablarte sin tapujos.
No puedo más.
Por eso, hoy vengo a hablarte.
Sin reglas, sin normas, sin restricciones.
Sin vergüenza ni miedo de las consecuencias.
Porque no puedo aguantarlo.
Solos, desnudos, sin cuerpo,
sólo mi alma frente a la tuya
y sólo las estrellas como mudos testigos.


Hola.
Acércate y escucha.
Soy yo quien siempre quiso el alba.
Quien siempre buscó, detrás del mar, las amapolas.
Pero no hemos venido a hablar de mí.
Acércate y escucha.
Mis labios te contarán cómo seguían
a tus labios rosas deslizándose sobre el aire.
Mis manos te rozarán como acariciaban, en la ventana,
el reflejo de tu rostro.
Mis ojos te explicarán cómo daban saltos de alegría
cada vez que creían ver tu voz dulcificada
entre los espejos rotos del cuarto.
Mi corazón te susurrará cómo se acercaba,
inexorablemente, a nado entre la vergüenza, al tuyo.


Hola.
Bésame y escucha.
Te llevaré a volar conmigo y te contaré
todo esto al oído, mientras los pájaros
y sus palabras de amor levitan a nuestro lado.
Te llevaré a volar conmigo.
Nos alzaremos juntos, en un vals de amor,
como besándonos,
y, con nuestros dedos índices unidos, rozaremos el sol.


Hola.
Te quiero.

miércoles, 8 de diciembre de 2010

Trabajo para clase - Comentario crítico del Romanticismo



El Romanticismo



El Romanticismo, como movimiento literario, es un gran paso hacia adelante para la literatura, pues rompe con todas las reglas que habían dominado la literatura en los siglos anteriores, especialmente el pasado (s. XVIII), donde ya se pudo ver con claridad que esta sobreabundancia de límites daba lugar a un arte muy poco lúcido, ya que éste ha de ser precisamente todo lo contrario: una libre expresión del artista, que refleje exactamente lo que él quiera y como quiera, ya sea subjetiva u objetivamente, potenciando de esta forma la originalidad. Puesto que, al menos en mi opinión, esta es la faceta más importante de todas las artes.


Sin embargo, el Romanticismo no se trata de un movimiento puramente literario, sino que tiene también importantes consecuencias culturales. Significa libertad. Algunos malinterpretan este concepto como rebeldía. Pero ha de quedarnos claro que no es lo mismo. La libertad puede ser rebelde, pero no toda rebeldía es libre. Me explico. Si alguien se opone por sistema a todo aquello que conoce, buscando siempre el lado contrario de todas las cosas estipuladas (ya sean reglas, costumbres, formas de vida, de arte…), ¿no está siendo influenciado por estas normas, ya que adopta por sistema lo contrario a ellas, sin ser capaz de tener libre elección? ¿Y no es esto precisamente lo opuesto a lo que buscaban? Ésto les lleva a comportarse de forma ilógica, sumiéndose en un estado de automarginación y depresión, sintiéndose “malditos”, rechazados por la sociedad, cuando precisamente son ellos los que la rechazan sin motivos. Al final de este camino, quedan destinos tan trágicos como aquellos de los que se suicidaron en época del Romanticismo. Y pensaremos “¡Qué tontos eran estos románticos!”, sin darnos cuenta que este movimiento ha seguido derivando hasta nuestra propia sociedad del siglo XXI, puesto que siguen dándose numerosos casos de conductas similares, ahora agrupados, en vez de bajo el nombre de románticos, en las denominadas “tribus urbanas”, como, por ejemplo, los “emos”, los góticos…


Pero nosotros no debemos caer en la misma equivocación. La verdadera libertad no se consigue siempre con la rebeldía. Al contrario, a la verdadera libertad se llega de una forma mucho más simple en concepto y mucho más complicada en realización: la expresión constante, tanto en nuestros pensamientos como en nuestros actos, del “yo” que todos tenemos dentro, no importando si esto es parecido, distinto, igual u opuesto a las costumbres, convenciones sociales y reglas preestablecidas.

lunes, 18 de octubre de 2010

El Soñador: Hospital

Después de que me atropellara el coche, me llevaron al hospital (esto me lo han contado, yo estaba inconsciente). La verdad es que me vinieron bien esos días ausente del mundo, fueron de los mejores momentos de mi vida. Me explico. Normalmente, yo acostumbro a tener sueños entrecortados por cortos períodos de realidad (sólo cuando son absolutamente necesarios). Sin embargo, aquellos 5 días en coma fueron estupendos. ¿Os podéis imaginar lo que es un sueño continuo durante 120 horas? Quizá alguno de vosotros (no, no lo creo, sé que no me comprendéis) haya pasado por una experiencia similar. Quizá incluso más días. Entonces diréis: "Vaya tontería, eso no es nada". Pero sí que es mucho para alguien que, a lo máximo, sólo había podido tener unas 12 horas de sueños continuos (la noche que más durmiera).

Cuando desperté, me sentí muy triste. Volvería a la misma rutina de siempre realidad-sueño-realidad-sueño... El resto de las personas, como siempre, no me entendieron. Pensaron que mi tristeza era producto del susto que me había llevado al casi haber muerto. Si supieran lo bien poco que eso me importa... Es más, después de esta nueva experiencia, me empiezo a preguntar si la muerte no será mi fin último pues será un sueño eterno, o, como sostienen algunos, sería una nada eterna. Prefiero no arriesgarme, al menos por el momento. Aún tengo muchas cosas que hacer. Y, dentro de lo que cabe, algo mejor que nada, aunque este algo sean sueños entrecortados.

Así pues, como decía, el resto del mundo no comprendió mi tristeza. Me traían flores e incluso oía a mis padres, mientras tenía los ojos cerrados, comentar la posibilidad de llevarme a un psicólogo. Esta loca idea supongo que se les ocurriría porque aquellos días yo aún no me había vuelto a acostumbrar a los irritantes sueños entrecortados, por lo que buscaba hacerlos más y más largos, lo que me sumía en un estado de ensoñación aún mayor del normal. Estaba poco menos ausente que cuando me encontraba en coma. Sin embargo, a los pocos días me recobré del todo y me resigné a la misma rutina de siempre. Mis familiares y amigos, que no podían comprender (como siempre) una recuperación tan rápida, seguían tristes y preocupados por mí, aún barajando el llevarme al psicólogo. Yo, por no defraudar sus principios, por no retorcer y cambiar sus ideas, me obligué a fingir por un tiempo que seguía triste. Esto, aunque parezca mentira, los reconfortaba más que si hubiera estado feliz. Parece una paradoja, ¿verdad? Si me hubiera demostrado que me había recuperado demasiado rápido, pensarían que me callaba cosas. Estarían todo el rato encima mío intentando sacarme una verdad que no existía e incluso se plantearían más seriamente llevarme al psicólogo. Todo por ser feliz. ¿No es, acaso, estúpido? Es bien rara la gente.

Transcurrido un tiempo donde actué (como siempre) perfectamente, continuando mi simulación de tristeza y melancolía para que no se preocuparán por mí, me pareció que ya había seguido los esquemas de una recuperación normal y, por lo tanto, podía ser feliz. Amanecí con una sonrisa en la boca, después de un bonito sueño. Siempre es bueno amanecer con una sonrisa en la boca. Te alegra todo el día. Los médicos, convencidos de que había seguido patrones de evolución normales y que ya estaba recuperado tanto física como psicológicamente, me dieron el alta. Volví a casa. Cuando cruzaba el paso de peatones que llegaba la puerta de mi casa, sonreí al semáforo (como hacía siempre). Este gesto me hizo sentirme como quien, después de un tiempo, vuelve a encontrarse con un gran amigo. Es una gran sensación, sin duda. Tras unos días en los que todo volvió a la normalidad, habiéndose empeñado insistentemente mi hermana como sólo ella sabe, nuestro padres nos pagaron el viaje para ir a Oxford en 2 meses. Sería un gran viaje, sin duda. Aún sin conocerlo, ya sólo con su nombre. Pues, si hubiera tenido que traducir dicho nombre al español, hubiera sido: Ciudad de los Sueños.

El sentido

Si preguntara
"¿Cuál es el sentido de vuestra vida?"
Muchos responderíais "la felicidad".
Algún atrevido, incluso, contestaría
"la sabiduría" o, quizá, "nada".
Antes yo también pensaba como vosotros.
Hubiera dicho "la felicidad".

Sin embargo, ahora tengo otra respuesta:
el sentido de mi vida es la búsqueda de la poesía.
La poesía entendida como la belleza
de las cosas pequeñas.
La juventud y la inocencia.
La nota de guitarra en el silencio,
la rosa azul y amarilla.
Y, sobre todo, las amapolas.
Amapolas pequeñas y dulces,
irreales,
perfectas e inalcanzables.
Amapolas verdes
y azules y amapolas amarillas
y rojas
y verdes como la hierba,
etéreas como el viento,
y azules, siempre azules.

miércoles, 13 de octubre de 2010

El mundo hipócrita

Era de noche y las estrellas se iban apagando poco a poco. Delante de mí, tenía el mundo en el que siempre creía haber vivido. Alcé la mano y estiré los dedos para acariciarlo. Éstos se deslizaron sobre una fina lámina de papel blanco. Sorprendentemente, era lo único que sostenía aquellos brillantes soles que mis engañados ojos creían ver como pequeñas farolas que alumbraban las calles y semáforos sonrientes en el asfalto. Soplé levemente y la lámina se derrumbó, resquebrajada. Mis dedos entraron en contacto con el vacío. Y mis ojos vieron por fin todo aquello que, detrás de todo, no habían podido ver nunca: montones de polvo sucio y podrido acumulado y apenas un par de diamantes viejos casi olvidados.

lunes, 4 de octubre de 2010

Las cartas del barquero

Cuando era niño, solía pasear por las mañanas en la playa, junto a la orilla del mar, cogido de la mano de mi padre. Él siempre disfrutaba mucho aquellos tranquilos paseos escuchando en silencio el murmullo de las olas, que parecía la melodía reflejada del cielo recién iluminado, como si fuera lo único que existía en su mundo. Yo, aunque no lograba apreciarlo de la misma forma, le acompañaba siempre pues me gustaba verle tan feliz.

Uno de esos días, escuché de repente una voz que susurraba en mi oído: "¿Recibiste la carta que te envié?". Me giré y me encontré con un viejo decrépito vestido con harapos. Inmediatamente tuve miedo y apresuré el paso para quedarme de nuevo a la altura de mi padre. Al volver la cabeza, el misterioso viejo había desaparecido. Miré a mi padre. Él me sonrió con la tranquilidad que siempre le inundaba en estos paseos. Me di cuenta de que no había visto nada. Le devolví la sonrisa y continué caminando.

A lo largo de ese día, no volví a acordarme del misterioso viejo. Sin embargo, a la mañana siguiente oí otra vez el mismo susurro cansado en el oído: "¿Recibiste mi carta?" Me giré y vi al viejo de nuevo, con los mismos harapos, la misma mirada soñadora y la voz cansada. Huí, como había hecho el día anterior. Mi padre tampoco pareció darse cuenta.

A la mañana siguiente, cuando el viejo volvió a hacerme la misma pregunta, ya había perdido algo de miedo y me decidí a contestarle:

-¿Qué carta?

-La que te escribí ayer en el mar.

Huí de nuevo, el viejo ahora aún más misterioso me daba mucho miedo.

Volvió a repetirse la situación durante otros dos días más.

-¿Qué carta? -preguntaba yo.

-La que te escribí ayer en el mar -respondía siempre él.

Y yo corría hasta mi padre.

Al día siguiente, se repitió la misma escena:

-¿Qué carta? -pregunté yo.

-La que te escribí ayer en el mar -me respondió de nuevo él.

Pero esta vez no corrí. Me quedé quieto, indeciso, sin saber si hacer caso una vez más al miedo o querer saber más. Ante mi indecisión, él volvió a hablar.

-Ven mañana, justo antes de la salida del Sol, a la pequeña cabaña que ves un poco más allá, junto al acantilado, al final de la playa. Te lo explicaré entonces.

Y se fue. Seguí caminando con mi padre y volví a casa. Por supuesto, al día siguiente no acudí a la cita, ni tampoco al posterior. Aquel enigmático viejo me daba demasiado miedo. Aquellos dos días, no lo vi en el paseo matinal con mi padre. Al principio, casi pensé que era un alivio perderlo de mi vida.

Sin embargo, existe en la naturaleza de cualquier niño una poderosa curiosidad. Posiblemente, fue ésta la que el día siguiente me llevó a escaparme de casa e ir, justo antes de la salida del sol, a la pequeña cabaña que había al final de la playa. Allí me esperaba el viejo.

-Al fin llegas. Has tardado un poco -me dijo, dedicándome una sonrisa sincera.- Pero lo importante es que has venido.

Estaba allí, con sus harapos, su voz cansada y sus vidriosos ojos soñadores, junto a una anticuada y roída barca de madera. La acercó a la orilla del mar. Yo le seguí, inquieto. Se giró hacia mí, sin perder la sonrisa.

-Ven, sube, no tengas miedo, no iremos muy lejos -me dijo.

No pude moverme, pues volvía a ser presa del pánico y empezaba a arrepentirme de haber acudido. Entonces, él me tendió su arrugada y marchita mano. Hubo algo en ese gesto que me conmovió y me hizo perder el miedo (quizá porque fue el gesto que inició nuestra amistad). Lo agarré fuertemente y me ayudó a subir en la barca. Dimos un largo paseo en silencio, durante el cual no dejé de observarlo. Tenía siempre una mano fuera de la barca y, con el dedo índice extendido, acariciaba dulcemente el mar.

Finalmente, volvimos a la playa, aún en silencio. Ni siquiera lo rompió para despedirse. Me dedicó otra de sus sonrisas sinceras y supe que debía irme.

Al llegar a casa, todos seguían dormidos. Me metí de nuevo en la cama y dormí hasta que mi padre me despertó para llevarme a dar el habitual paseo.

Mientras caminábamos, oí el mismo susurro soñador y cansado que ya había oído otras veces:

-Cierra los ojos. Entonces recibirás la carta que te escribí antes en el mar. Recuerda: lo esencial es invisible para los ojos. Cierra los ojos.

Cerré los ojos y escuché en silencio. El murmullo del mar trajo a mis oídos lejanos susurros que se entrelazaban en una melodía reconfortante y tranquilizadora. Me sentí en paz conmigo mismo. Fui feliz. Después de un rato, una vez la carta hubo terminado, abrí los ojos lentamente. Miré a mi padre. Él también acababa de abrirlos. Le sonreí con una recién descubierta complicidad. Él me devolvió la sonrisa.

No volví a ver nunca más al viejo barquero, pero su recuerdo y sus palabras se quedarían fuertemente grabadas en mi memoria. Y aún hoy, muchos años después, sigo yendo a pasear a la misma playa para escuchar el murmullo de las olas al romper en la arena, que parece la melodía reflejada del cielo recién iluminado, como si fuera lo único que existe en mi mundo. Ahora llevo a mi hijo al mismo lugar donde me llevó mi padre y le vuelvo a dedicar las mismas sonrisas llenas de calma que me dirigía él. El pequeño me las devuelve, contento por verme feliz. Pronto le visitará el barquero.