jueves, 24 de mayo de 2012

No he conseguido olvidar

Bailé con su mentira
entre el alcohol de la noche y las estrellas,
escuché su locura en una mirada
y comí hasta hartarme
de un plato en el que servían su risa.

Y ahora caigo a la calle,
mendigo de una ilusión,
aspirante de un sueño imposible,
con la impotencia de una mota de polvo.

No bebí lágrimas ni lloré sonrisas
tampoco.
No hizo falta: mis labios estaban secos,
presos de una ausencia de otros labios.

Aún no he conseguido olvidar, es cierto,
aquella noche que pisoteé las flores
de aquella calle
sin darme cuenta,
sin percatarme apenas
de que mis pasos me llevaban por un camino
donde muchas cosas quedaban atrás,
muchas.

miércoles, 16 de mayo de 2012

A todos los ciegos que no quieren ver

La tinta fluye rápido.
Tiene prisa por evitar
que la noche cierre mis párpados.

Muchas veces me preguntaron quién era,
qué verdad se escondía detrás de este rostro.
La respuesta es sencilla: poesía.

Sí. Hace falta ser poeta para desentrañar
mi alma.
No es algo tan difícil.
Hay muchos más poetas de lo que la gente cree,
pero tienen vergüenza de admitirlo
o, mayormente, no lo saben.
No es algo tan difícil.
Todos lo somos, a veces.

Así, hace falta ser poeta para desentrañar
mi alma, igual que es necesario
ser persona para desentrañar mis poemas.
Y es que mi esencia está escrita en cada palabra,
en cada verso. Pero no en la palabra misma
o el verso. No hay que ser literales.
Literalmente, nunca se comprende nada.
Mi esencia está guardada en su poesía,
a la vista de todos los ciegos que no quieren ver.

Podría seguir escribiendo.
La luna aún no cierra mis versos
y mis ojos chapuceros fluyen rápido.

Anhelo comprender la vida.
Comprenderla en su esencia y en su ausencia
de la forma más pessoana de todas.
Las cosas son, sin comprenderse.
Son por el hecho de ser
pero pierden su esencia al comprenderse.
La esencia de las cosas ocultas.
Todo, cada parte ínfima del mundo
(y también todo), sigue siendo un misterio.
Qué remedio. ¡Y qué alivio!

Es muy fácil hablar, así y ahora
bajo el misterioso influjo de la luna
de estas cosas. Escribir palabras
malsonantes para oídos afilosóficos
o apoéticos. Es muy fácil fingir
que sé de lo que hablo.
Que comprendo mis propias palabras.
¡Ja!
Mis palabras guardan, oculta para los ciegos
que no quieren ver, mi propia alma,
mi propio yo.
¡Y nunca aspiré a comprenderme!

jueves, 3 de mayo de 2012

Tipos de calles

Las calles de adoquines desnudos
claman un hondo silencio.

Se deshielan poco a poco,
llorando por el invierno,
las calles de cemento mojado.

Las calles de semáforos pintarrajeados
sonríen por igual a peatones y coches.

Vomitan los cuervos las cenas
de hambre
en las calles de bares olvidados.

Otras, las calles de pies lácteos,
se estremecen
como tiemblan las estrellas
cuando la Tierra estornuda.

La vida

La vida es un ir y venir
de escritos que claman por ser impresos,
de gotas de lluvia que cantan a los domingos
y escobas que se disfrazan de lobos.

La vida es un sinfín
de recuerdo almohadillados por el polvo,
de imágenes sin tiempo de estufas
en invierno.

La vida es un cuento colorado
de hadas brillantes
y monstruos de cemento,
de sonrisas dulces
y puñaladas sin aliento.

La vida escapa y vive
en las notas de los pianos
cualquier noche de Tierra llena.
Y es que vive en la Luna,
compartiendo teléfono por cable
(entre los cielos y las nubes)
con la planta de judías mágicas
por la que ascendieron E.T. y el Principito.

¡Ja, ja, ja!
Su risa cristalina se escucha aún en todos los lagos
donde viven su vida las sirenas
y los gatos.

viernes, 20 de abril de 2012

Nunca hubo palabras

Fue mi último disparo
de un revólver sin balas,
mi esperanza escupida a la acera
sin amor ni alas.

No sé por qué hubo de hundirme tanto
aquel silencio
si, en realidad, ella nunca dejó de guardar
aquel silencio

Donde las miradas valían más que mil palabras.
Donde los labios secos, inmóviles,
valían más que mil miradas.
Donde el silencio valía
más que mil sonrisas, inmóviles, sin sonrisa,
más que mil besos de vacío agrietado.

Silencio. Siempre fue el mismo silencio
de palabras que no significaban nada.
Palabras muertas y, a veces también,
sonrisas muertas
servidas frías, como entrante
para los abrazos amargos.
Nunca hubo, realmente, palabras.
Fue todo una ilusión de los pitidos
del ordenador
y el rugido monstruoso de un autobús en marcha.
Nunca hubo palabras.

Entonces, no sé por qué disparé aquella última balla
de mi revólver sin balas
contra mi alma de esperanzas cementadas
sin amor ni alas.
No sé por qué me sorprendió
encontrar nada detrás de la nada
como quien abre un baúl antiguo
a sabiendas de que está vacío
y grita al no encontrar recuerdos.

Ahora ya me aburre tener esperanzas.
Me cago en las sonrisas y escupo
en los abrazos amargos.
Muerdo las manos tendidas, hipócritas,
y araño el silencio
hasta que mis uñas lo desgarran
con chirridos de un baúl antiguo
que mis lágrimas abren.
A sabiendas de no poder encontrar recuerdos
porque no hay nada detrás de la nada.

Nunca hubo palabras.

miércoles, 4 de abril de 2012

La curvatura de una sonrisa

Añoro
del verano esos días
donde el tiempo no existía
y cada instante transcurría
como si jamás fuese a acabar.

Y ahora lloro
por los vasos de sonrisas
que dejamos a mitad,
por esas noches perdidas
que encontramos en un bar.

Guardo
la nostalgia ininterrumpida
en una carta de noche en mi mesita,
en un trago de tequila
escrito en versos de amistad.

¡Grita!
El sol aún guarda en su memoria
la historia de nuestras almas tendidas
en la arena.
Y las noches de luna llena.

¡Grita!
Por todos los abrazos que diste sin dudar,
por todas las rosas que arrugaste en el mar,
por todas las veces que prometiste no llorar
y susurraste palabras tristes sin pensar
que tu mirada nunca había dejado de brillar
y en tus labios aún se podía vislumbrar
la curvatura de una sonrisa.

Palabras al miedo

De un artista inconcluso al miedo,
al pánico escénico:
Me quedé sin palabras.

Culpa

Escribí (no diré "de noche")
y entregué mis lágrimas al azar
para que me tiraran las cartas.
Encontré piedras en el camino
y las pateé
con la violencia del óxido que se desprende de los coches
abandonados.
Tomé en mis manos un diente de león
y, en vez de soplar para iniciar su vuelo,
aspiré hacia dentro y tragué
mis propios sueños.
Siempre estuvieron pintados en la pared,
como bellos graffitis de un artista incomprendido,
y yo mismo los arranqué,
sin pena ni gloria, con mis propias uñas,
y a lametazos y mordiscos
los condené al olvido.

Y si ahora me arrepiento de todo aquello,
si ahora relato o versifico (sin pensarlo
en realidad apenas),
escupidme a la cara.
Sé que es mi culpa. Lo sé.
Escupidme.
Fue mi culpa,
como siempre.

miércoles, 21 de marzo de 2012

Blanco


La historia ha terminado, pensé el primer día que acudí al prostíbulo. La lluvia repiqueteaba en la ventana.

Yo siempre fui un niño particular. En el colegio, sólo algún compañero compasivo que aún no me conocía me hablaba los primeros días de curso. Pronto se cansaba. Era normal, pensaba yo, soy mucho más inteligente que ellos. Me tomaban por rarito. No me comprendían.

Si le contara esto algún psicólogo, me diría que mi infancia fue, sin duda, traumática. Le achacaría muchos de mis males. Pero yo no estoy interesado en psicólogos. De hecho, mi enfermedad empezó mucho antes de todo aquello. De cualquier forma, pasé los primeros años de mi vida solo. Mis esporádicos intentos por evadirme de mi realidad resultaron siempre infructuosos. Aún recuerdo con cierta sorna el día en que intenté practicar deportes como el resto de niños... Ja, ja, ja.

Después de cada fracaso, bordaba en torno a mí un escudo aún más protector y aislante que el anterior. Yo era más inteligente que ellos. Así, fui abandonando aquellos intentos y postrándome en mi soledad contemplativa del mundo como sólo los niños saben hacerlo. Aprendí pronto a desenvolverme con soltura por las calles de mi barrio y no esperé mucho más a dar habituales paseos por ellas. Creo que fue entonces cuando comenzó mi obsesión por los colores.

En mis largos paseos (siempre por las mismas tres o cuatro calles), solía detenerme a pensar sobre los distintos colores de la acera, la hierba, los árboles, los coches o los semáforos. Era sorprendente imaginar cada uno de sus minúsculos detalles y cómo cambiaban de un instante a otro. Los días de sol, las cosas adquirían sus colores más vivos y claros; los días de lluvia, ese regusto salado y metálico de la melancolía. Los días tristes irradiaban oscuridad y crueles miradas y los días monótonos simplemente se esforzaban por permanecer desapercibidos.

Pronto, sin embargo, comencé a extender mi obsesión por los colores más allá de los colores, de lo puramente visual. Leí muchos libros sobre ellos en los que los explicaban detallando sus propiedades físicas. Pero uno no puede imaginarse el amarillo como una onda electromagnética de seiscientos nanómetros. Así pues, continué sin comprenderlos mucho tiempo, hasta que se me ocurrió una idea brillante. Los asociaría con percepciones de otros sentidos o con conceptos abstractos. Al fin y al cabo, era más o menos lo que había hecho siempre, aún sin quererlo. Era inevitable, ¿de qué otra forma hubiera podido imaginarlos?

Así, una pareja de enamorados o una emoción intensa podría describirse sin lugar a dudas con el color rojo. El amarillo irradiaba luz y alegría, felicidad intensa y pura. El rosa era dulce y suave, el naranja intenso, el morado amargo y el marrón monótono. El verde era el color de la naturaleza y la esperanza, mientras que el azul del mar era melancólico y arrastraba a nuestras mentes a soñar. El gris transmitía una honda tristeza, al tiempo que a veces un sentimiento de artificialidad. Por último, el negro era el color de la maldad, del odio. Pero hay un color que jamás he llegado a imaginar: el blanco.


Aquel día, quedé por la tarde con mis amigos para tomar unas cervezas. Quizá os sorprenda, pero sí, había abandonado (al menos hasta cierto grado de educación) la soledad contemplativa en la que me inmiscuí de niño. Me di cuenta de que no era ta difícil simular que no era más inteligente que los demás, dejar la prepotencia a un lado y volver a tener amigos. Seguían tratándome de forma un tanto especial y a menudo se quedaban sin palabras ante mis rarezas. Desde luego, nunca llegaría a encajar del todo en el grupo y jamás tendría aquello que todo el mundo tiene: un amigo en el que confiar, al que contarte todos tus secretos. Prefería guardármelos para mí mismo. Pero al menos tenía un grupo con el que ir a pasar un buen rato y liberar alguna carcajada.

Salí de casa y sentí en mi cara algún rayo de sol que se filtraba entre la capa de nubes que el hombre del tiempo de la 1 había predicho. Vino a mi nariz un olor conocido y querido. El cielo se iría oscureciendo a lo largo de la tarde y acabaría por llover. Pero hasta entonces aún quedaban algunas horas. Comencé a andar calle abajo. Los semáforos estaban resecos y amarillentos, así como los coches. Ellos también agradecerían la lluvia. Al doblar una esquina, escuché los susurros rojos de dos jóvenes, provenientes del banco que tenía un trozo de madera suelto. Ellos no agradecerían la lluvia. Continué caminando mientras los colores se esforzaban por pasar desapercibidos, pues no podía quitarme aquel sentimiento de la cabeza. Jamás había sentido amor.

Llegué al bar y sacudí la cabeza antes de entrar para dejar fuera aquellos turbadores pensamientos. Sin siquiera verlos, encontré a mis amigos por sus voces (o, mejor dicho, gritos). Los reconocí uno a umo por su timbre. El de Manuel era un poco más verde, el de Jorge más apasionado y rojo, pero Lucas siempre había sido el más soñador y en su voz se podía entrever el azul trazando letras y palabras. Me senté en la silla que me habían reservado. Sabían que siempre llegaba tarde, así que no me esperaban fuera del bar, pero me guardaban sitio. Yo tampoco se lo agradecía. Eran cosas del día a día. Y las cosas del día a día nunca se agradecen.

Su conversación me ayudó a dejar de lado a los amantes. Hablamos de nuestra semana, el trabajo, la política (era el tema preferido por Jorge y siempre acababa gritando) y fútbol. Las cosas marrones de las que habla cualquier persona marrón en un bar marrón, tomando cervezas marrones. La única incertidumbre es por qué seguimos siempre todos hablando de las mismas cosas marrones, por qué no nos cansamos y cada vez que abordamos una y otra vez un mismo tema marrón en el que se han producido apenas pequeños cambios, nos enfrascamos en una conversación naranja muy intensa.

Sea como fuere, la tarde fue pasando poco a poco sin que nadie intentara darse cuenta. Creo que fue Manuel quien propuso abortar nuestra reunión porque afuera comenzaba a oscurecer. Quizá fuera sólo el manto de nubes negras que el hombre del tiempo de la 1 había olido cercano a llegar. Poco importaba. Cualquier excusa vale cuando el propósito es querido por todos. Y nadie quería alargar más el momento. Alargarlo hubiera podido significar llegar a aburrirse y romper así ese ligero equilibrio azul en el que se basan todas las relaciones.

Salimos fuera del bar y nos despedimos con un apretón de manos amarillo y una sonrisa amarilla. Prometimos quedar mañana, aunque seguramente tardaríamos unos cuantos días más. Pero había que guardar el ligero equilibrio azul. Yo comencé a caminar hacia casa. A mitad de camino, comenzó a llover como yo había previsto. Se intensificó y tuve que resguardarme en un portal. Todo estaba cobrando ese tinte azul melancólico del que proveía la lluvia y su repiqueteo frágil y constante. Me quedé esperando que amainara y volví a escucharlos. La misma pareja de amantes sentados en el banco que tenía un trozo de madera suelto. Llovía pero ellos no lo notaban. Yo seguía escuchando sus susurros y gemidos de amor de un rojo inimaginable, tintados de azul melancólico.

La lluvia comenzó a resbalar desde mis ojos hasta caer al suelo. Me percaté de que estaba a cubierto y aquello no podía ser lluvia. Antes de que intentara darme cuenta, estaba corriendo. La lluvia se mezclaba con mis lágrimas y gemía, pero eran gemidos grises por la respiración acelerada por la carrera. Acabé llegando ante una puerta con numerosas luces de colores brillantes. Entré. Estaba empapado y seguramente el empleado que atendía me dedicó una mirada de reproche mientras me daba la “bienvenida”.

Era la primera vez que estaba en un prostíbulo y no sabía cómo actuar. Oí a mi derecha música y voces al otro lado de lo que sería una pared y una puerta, pero no era aquello lo que buscaba. Me acerqué al hombre.

-Quería una mujer con la que pasar un buen rato -le dije. No sabía cuáles eran las fórmulas apropiadas para situaciones como ésa-. No tengo reparo en gastar dinero.

-Perfecto, estoy seguro de que cualquiera de mis chicas complacerá excelentemente su deseo, señor -me respondió con una sonrisa gris-, pero si me permitís la sugerencia, os llevaré ante la mejor.

Seguí a aquel hombre gris hasta una habiación gris. Me presentó a Rosa y se fue cerrando la puerta.

-¿Por qué me has elegido a mí? Nadie me quiere. Soy la más fea -fueron sus primeras palabras.

Reí. Rosa, qué paradójico. Posiblemente malinterpretó mi risa. No me importaba que el hombre gris me hubiera engañado. Ya lo esperaba. Tampoco tenía intención de responder a Rosa. No había ido allí a hablar. Aceptó mi silencio con resignación y observó cómo avanzaba torpe pero ansiosamente hacia ella, chocándome con diversos obstáculos. Se sobresaltó. Acababa de comprenderlo todo.

-¡Coño! Eres ciego...

sábado, 17 de marzo de 2012

Culpable

Bajé la persiana dejando a oscuras a la luna.
No podía soportar su mirada juiciosa,
su dedo acusador señalándome:
"¡Culpable".
Ella fue testigo, como todas las noches.

Dejé pasar el tiempo de los besos.
Fui ciego, más de lo que lo somos siempre.
Ahora mis palabras se afanan por salir a borbotones,
sin sentido alguno,
como un barranco descontrolado y salvaje
que llega a tus oídos. Tú escuchas, comprensiva
y sonríes.
Pero ya nada es igual.
Dejé de decir demasiadas cosas,
fui cobarde.
Y el tiempo de los besos ha pasado para siempre.

Sé que ya no tiene arreglo,
pero... ¿pasará algo si juego a intentar lo imposible?
La próxima vez que oiga tu sonrisa
entre la monotonía de los coches y las calles
volaré a tus brazos para entregarte de nuevo
mi locura, mi cuerpo y mis labios.
No me importa que los rechaces.
No me importa que ya estés alejándote,
que mi mano quiera acariciar tu rostro
y encuentre tu silueta vacía,
que ya mi corazón no pueda escuchar tus latidos
a mi espaldas, abrazándome.

Dejé de decir demasiadas cosas,
dejé escapar el tiempo de los besos
y ahora me siento culpable.