domingo, 5 de junio de 2011

La verdad sobre el asesinato de Santiago Nasar

(Trabajo para la clase de Lengua y Literatura que consistía en narrar un capítulo de "Crónica de una muerte anunciada" de García Márquez desde el punto de vista de otro personaje, aunque tampoco está tomado muy literal... simplemente es otra visión del libro en conjunto.)



            Han pasado ya tantos años desde aquello que preferiría no recordarlo. Sin embargo, ha llegado a mis manos un ejemplar de “Crónica de una muerte anunciada” y mi conciencia me estrujaría la cabeza hasta matarme si dejara este extraño caso derivar hasta el mar del olvido envuelto en tantas mentiras inocentes. Si os inquieta el corazón, os aclararé una cosa: no es culpa del narrador, él está tan engañado como ustedes, sus lectores, y como todo aquél que no estuvo presente en la tragedia. No es culpa, tampoco, de ningún perverso político (aunque no nos hallemos faltos de ellos) ni de ningún magnate del petróleo ni de los campos de caña de azúcar que sustituyeron a la hacienda de Santiago Nasar. El culpable de todo esto es un hombre, un militar poderoso que obró movido por una venganza que le obligaba a llevar a cabo su ego infinito: Petronio San Román. Suya y, por supuesto, de todos aquellos partícipes y testigos de la tragedia (amigos o no del fallecido, poco importa) entre los que me incluyo, que callamos la boca por dinero, que transmitimos una noticia falsa que se acabaría propagando por todo el mundo y nos condenamos a tener la conciencia sucia de oro para el resto de nuestra vida. Yo, hoy el primer desertor del dinero (el Señor me perdone por no haberlo hecho antes), me propongo limpiarla si es que aún es posible, si es que aún no se levantarán los árabes enfurecidos a quemar mi casa y este pueblo de asquerosos y avariciosos hipócritas (entre los cuales me encuentro).

(Antes de comenzar el relato, pido ante todo piedad y misericordia al Señor por tratar yo, un representante suyo en esta tierra de pecado, temas tan obscenos y perversos. Sirva de excusa para conseguir su perdón que mi conciencia exija un acto de penitencia en Su honor).

            En realidad, quien mató a Santiago Nasar fue Petronio San Román. No con el filo de un cuchillo en sus propias manos, por supuesto, sino con el aún más hiriente filo del dinero. Y, como se podrán imaginar, fue un precio altísimo el que este señor (maldito sea, que hoy seguramente arde en el Infierno) hubo de gastar en comprar a todos aquellos testigos entre los que se incluía el mejor amigo de Santiago Nasar: Cristóbal (“Cristo”, como le llamaban) Bedoya. Sin embargo, no fue él por quien tuvo que pagar el mayor precio (al fin y al cabo, poco le importaba el oro a este endemoniado nacional), sino por los ejecutores del crimen que, como todos ustedes saben, fueron los hermanos Vicario. A ellos, a su familia en general, los pagó con el matrimonio de su hijo con Ángela Vicario. Sí, sé que el narrador de la crónica se refiere a ellos diciendo que acabaron volviendo a estar juntos únicamente muchos años después de la tragedia. Eso, como tantas otras cosas que no me detendré a enumerar por temor a que mi corazón se encoja hasta estallar, es mentira. Huyeron desde el primer momento los dos juntos, pero se aseguraron de que nadie así lo supiera. Al fin y al cabo, no era tan difícil, en su apartado lugar de exilio no vivía casi nadie y pasaban aún menos viajeros.

            Yo nunca hubiera sido consciente de esta trama (y cuántas veces me he lamentado de ello) si el doctor Dionisio Iguarán no hubiese estado ausente para hacer la autopsia. Todo sucedió tan rápido que me perdonarán mis lectores si me detengo poco en los detalles, pero la precipitación sin orden ni sentido alguno (hasta tiempo después, que comprendí todo) y mi avanzada edad se lo impiden a mi memoria. La noticia me llegó como un viento enorme venido de más allá de los rugientes mares, entre las selvas de platanales. Mi corazón, aún inocente entonces, se acongojó y corrió al campanario de la Iglesia para doblar las campanas en pésame por el alma del difunto, que en aquellos momentos aún se alzaba hacia el cielo ante todos aquellos que aún no nos habíamos vendido a Petronio y podíamos soportar el alzar la mirada y observarlo ascender en paz, aunque las lágrimas cayeran de nuestros ojos. Al volver a bajar las escaleras del campanario, me sobresaltó una sombra que se abalanzó hacia mí y me acorraló contra la pared, apretando contra mi pecho su bastón de ébano barnizado con un grabado dorado del escudo nacional. Yo me asusté y creo que (el Señor me perdone), solté alguna palabra malsonante que de ninguna boca debiera salir nunca. Mientras intentaba reconocer al hombre cuya cara tapaba un sombrero negro de copa inclinado y que portaba un traje con multitud de medallas de guerra, me susurró con una voz que olía profundamente a tabaco (todo hay que decirlo: del puro, del bueno):

            -Va a hacer la autopsia del cadáver.

Mi estómago, que profesaba repulsión al olor dulzón de los muertos, se revolvió de solo pensarlo.

            -Pero… debería hacerla el doctor Iguarán… -respondí con una nota de temor en mi voz. A muchas personas malvadas no les gusta que les repliquen.

            -Lo hará usted. El doctor Iguarán está de viaje –ésa fue también la versión oficial de los hechos. Sin embargo, como me enteraría después, el doctor Iguarán se hallaba en realidad muerto por no haber sucumbido ante la avaricia y haber negado el trato de Petronio.

Cuando me presentaron el cadáver, que ya había empezado a descomponerse, en la camilla donde debía hacer la autopsia, se me revolvieron las tripas de una forma tal que casi me salieron por la boca y quedo en un estado muy similar al del propio muerto (el Señor me perdone por describir con transparencia actos mundanales y obscenos, pero me veía obligado a anotarlo). Cuando vi, al lado, la cuchilla (si es que así se podía llamar) con la que debía hacer la autopsia, se me cayó el alma a los pies. Yo nunca había hecho nada parecido. Y, de hecho, fue casi peor que el propio crimen: una auténtica carnicería humana. Lo único que pude sacar en claro de aquel amasijo de sangre, cortes y tripas fue que la noticia que se extendió por todo el mundo y que incluiría en su sumario el juez (también comprado por el señorín acaudalado) fue, como tantas otras cosas, falsa. En realidad, los cortes nada tenían de imprecisos y serrados como los que pudiera haberse esperado de unos cuchillos viejos y usados de carnicero que se dijo que portaron los hermanos Vicario. Los cortes eran perfectamente limpios y rectos. Ustedes solos podrán, sin duda alguna, llegar a mi misma conclusión, aunque no os halléis llenos de sangre como yo estaba: los cuchillos eran en realidad de muy buena calidad, conseguidos, como todo, por el poder adquisitivo de Petronio San Román. Ahora me preguntarán: ¿por qué dijo todo lo contrario en el informe de la autopsia? Corrupción (el Señor me perdone), mis lectores, aquella bolsa llena de oro en el bolsillo interior de mis hábitos.
¡Aún me lamento de aquello! Si el doctor Iguarán hubiera estado presente, yo hubiera seguido siendo tan inocente como me levanté aquella maldita mañana: enfadado por la hipocresía de todas aquellas gentes que acudían al puerto con sus mejores ropas y regalos a saludar al obispo que venía en buque, y después volvían molestos y refunfuñantes a sus casas, escupiendo palabras que mejor no nombro, porque no se había detenido. La conducta del obispo es normal, digo yo (aunque sólo el Señor me escuche), tiene una explicación lógica y coherente. Y es que el desagrado que profesa por este pueblo se debe a la mezquindad de sus gentes, de la que todo este asunto que venía a aclarar no es más que otra manifestación más, al igual que aquella primera vez que el obispo pasó a saludar con la intención de pararse y nadie salió a recibirlo. Sólo cuando se enteraron de que dejó generosos regalos a todos aquellos que, benditos, sí salieron a recibirlo, se propusieron seguir el ejemplo para el año siguiente. Por supuesto, el obispo, con la clarividencia otorgada por el Señor, pudo ver a través de sus sucios ojos el interés que en realidad corroía su alma y se negó a detenerse en este (maldito) pueblo. Y, desde entonces, las gentes se enfadan y escupen cada vez que pasa, sin que sus siempre avariciosos corazones pierdan jamás la esperanza de recibir uno de esos generosos regalos que, desde luego, no están destinados a ellos.

No obstante, tampoco me puedo quejar del todo. Al menos no fui pagado para estar presente y ser partícipe de toda aquella farsa en el momento exacto del crimen. (O, quizá, haya de lamentarme por ello, pues, como me gusta pensar, de haber sido así me hubiera horrorizado y hubiera renegado de tomar parte de aquello, aún a costa de mi propia vida, como el santo del doctor Dionisio Iguarán). Y es que aquello debió de ser vergonzoso. Tantas personas, incluso su mejor amigo, Cristóbal (“Cristo”, le llamaban) Bedoya, observando el crimen, yendo de un lado para otro en trayectos que ya habían sido planeados con anterioridad para conformar una gran mentira bien organizada y determinada… Sólo de pensarlo me arrugo aún más de lo que ya de por sí me ha arrugado el tiempo amargo de penitencia y silencio que hasta hoy he vivido. Según me enteré después por fuentes que prefiero no citar, debían de estar todos los implicados caminando alegremente por la zona, sin un atisbo de tristeza en su mirada, sino más bien lo contrario: alegría porque su estómago de infinita avaricia estaba lleno para el resto de sus vidas con aquella suculenta (y maldita) bolsa dorada. Comentan, incluso, que comparaban su oro entre carcajadas, bien mirando el tamaño o bien escuchando el retintín que emitían las monedas al sacudir la bolsa. Y, también, que cuando los hermanos Vicario estaban apuñalando a Santiago Nasar contra la puerta de su propia casa, las gentes del pueblo gritaban lo que yo, desde lejos que me encontraba, pensé primero (inocente) que eran gritos de horror y luego (pecador) me di cuenta que eran gritos de júbilo que se intensificaron en una ovación cuando consiguieron al fin matarlo, a pesar de que se resistiera pues, por gracia de Dios, pudo ir a despedirse de su buena madre. No importa, todos ellos (como yo) arderán en el Infierno (el Señor me perdone por intentar juzgarlos, poder que sólo Él puede ostentar, pero los inmundos actos de estas gentes corresponden al máximo grado de deshumanización, egoísmo y perversión posibles).

La única pobre inocente (me alegro por ella de que muriera como tal, sin llegar a leer estas palabras mías que la hubiesen apenado más aún si cabe que la muerte de su hijo) que pudo llorar en el entierro de Santiago Nasar sin temor a que la tormenta que se acumulaba sobre nuestras cabezas descargara un rayo de justicia divino sobre ella fue su propia madre, Plácida Linero. Incluso sus criadas estaban enteradas de lo que iba a suceder, pero tal era el odio de Victoria Guzmán profesaba al “blanco” (como ella le llamaba) que apenas tuvo que comprarla también Petronio, sino que más bien se ofreció por propia voluntad. No fue igual el caso de su hija Divina Flor que, como bien señala el narrador de la crónica citada al principio del presente escrito, dejó sin tranca la puerta de la casa para que Santiago Nasar pudiera entrar (aunque, como sabrán por dicha crónica, luego su inocente madre la cerraría sin saber que así condenaba a su hijo). No es por tanto de extrañar que fuera raptada unos días después y se la encontrara semanas más tarde desangrada y medio putrefacta, cortada en mil trozos y violada aún más veces, en un cercano bosque de plátanos. El nuevo crimen fue asociado a unos gauchos vandálicos que se rumoreaba que solían pasear por la zona en aquel momento, aunque no han de dudar que fue obra, una vez más, del maldito y malvado Petronio San Román.

No quisiera cansar demasiado al lector, pues nunca fui un literato y probablemente mis palabras lleguen densas y cansadas a sus oídos (en realidad, salen de igual forma de la tinta de mi pluma, pues de igual forma me encuentro yo). Así pues, no me extenderé mucho más. Tan sólo quisiera hacer referencia a la persistente idea que se forjó en la imaginación del narrador de la citada crónica, la cual era que la muerte de Santiago Nasar se produjo después de una sucesión de casualidades que únicamente pudieron haberse dado por un juego trágico y amargo del destino. Como ya habrán alcanzado a comprender a lo largo de mi exposición (o, más bien, confesión), esto no es cierto, y si el cronista llegó a tal conclusión es precisamente por su desconocimiento de los verdaderos hechos que allí acontecieron, pues todos los testigos que cita en el libro tenían su boca aún manchada de oro (y miedo a las consecuencias de una traición), a pesar del paso del tiempo. En realidad, todas y cada una de las “casualidades” fueron preparadas minuciosamente por Petronio San Román, como si fuera un hombre de estos que hoy en día llaman “psicópatas”, pero yo prefiero atenerme a la verdad divina y decir, sin temor al error, que estaba poseído por el mismísimo Diablo, pues no puedo concebir tal abyección en un alma humana.

Y ahora sí, sin más, me despido de ustedes, mis lectores (perdónenme de nuevo mi torpeza al despedirme, pues nunca había redactado un escrito similar a éste y no conozco los formalismos que se han de seguir). Si alguno quisiera, como el narrador de la ya tantas veces citada crónica, hacer una recopilación de los hechos que en verdad ocurrieron, deberá de acudir a su imaginación para encontrarlos si no le satisface el presente escrito, pues no quiera el Señor que horrores tan poderosos se muestren a nuestras almas, desprovistas de defensas contra los actos del mismísimo Diablo, ni sea bueno remover aguas revueltas después de tanto tiempo. Hemos de pasar página y dejarlo atrás, únicamente extrayendo la moraleja: hemos de cuidarnos del poder del dinero, que casi todo lo vence y a tantos corrompe. De esta forma, no conseguiréis que mi boca (aún manchada de aquel oro) ni mi pluma vuelvan a pronunciar palabra sobre aquello, además de por las razones citadas, porque, si no me falta la fuerza para hacer una última buena obra una vez finalice el presente escrito, me hallaré en el Infierno para expiar mi pecado. Quizá incluso vuelva a ver a aquel maldito Petronio San Román y me tire a su cuello, furioso, a matarlo (allá abajo no estará el Señor para suplicarle clemencia), aunque ya nada valga la pena ni nada importe pues nos hallemos los dos muertos y condenados.

Fdo.
El pecador Carmen Amador

viernes, 27 de mayo de 2011

Reclamo el beso que me corresponde


Reclamo el beso que me corresponde
por haberte mirado a los ojos
todas y cada una de las mañanas del año.

Reclamo el beso que me corresponde
por haber observado tus pasos
todas y cada una de las tardes del año.

Reclamo el beso que me corresponde
por haberte imaginado en sueños
todas y cada una de las noches del año.

Las estrellas son testigos.
Ellas me escucharon hablar de ti
con los ojos brillantes, sentado en el tejado
o quizá en aquel banco donde te apoyabas
(todas y cada una de las mañanas del año)
mientras yo esperaba oculto a tener valor para decirte
(muy cerca, casi en los labios):

"Reclamo el beso que me corresponde
por haberme enamorado
todos y cada uno de los instantes del año."

Ven y dime...


Ven y dime que te has ido.
(No importa ya
si de verdad te fuiste.
Lo sé, lo sé).

Ven y dime que te has ido,
que ya nunca volveré a encontrar tu sonrisa dulce
cada mañana
ni a oír tu voz
alegre que despertaba a los niños.

Ven y dime que te has ido,
pero dímelo en un susurro,
al oído, donde nadie escuche,
donde nadie pueda ver mis labios
rozando los tuyos.

No pido otra cosa.
Ven y despídete, al menos,
con un beso rápido.
Un beso de esos
que sueltas al aire, sin sentido,
sin darte cuenta.

sábado, 14 de mayo de 2011

Lágrimas de góndola


Me despido, Venecia,
con lágrimas en forma de góndola
que irán a surcar tus canales y tus venas.

Me despido, Venecia,
pero no es a ti sino a mí a quien dejo
escondido en un estrecho callejón
entre tus casas cariñosas.
(Un lugar que sólo aparece en los mapas rotos)

Me despido, Venecia,
como quien apaga una vela en la noche.
Me iré a dormir,
pero espero verte, de nuevo, mañana encendida.

sábado, 30 de abril de 2011

Juramento


Muchas veces, intentamos fijar nuestros sueños en aquello que nosotros mismos creemos imposible. Quitad esa idea de vuestra cabeza. Sustituidla por ésta: la palabra "imposible" es una creación de las personas mayores, que han perdido la esperanza en el mundo. Una costumbre que nos inculcan para cuadrar nuestro aún inexperto y dubitativo cerebro (como os dirían las personas mayores: "algo muy práctico"). Pero, como todas las cosas creadas por las personas mayores, la palabra "imposible" es imposible. Fue inútil, efímera, y ahora está muerta. Sí, muerta. ¿No me creéis? La tiraron a un cubo de basura y allí se pudrió mucho tiempo (las cosas malas siempre se resisten a dejar este mundo), inundándonos a todos con su olor feo. Pero ahora por fin ha desaparecido. Sí, podéis venir a verlo vosotros mismos. ¡Venid todos! Mirad. No existe ya. ¿No es maravilloso? ¡Ha desaparecido! ¿O es que acaso la sentís aún? Mirad al norte, al sur, al este y al oeste. Mirad dentro de vosotros mismos. ¿La sentís? ¡No! ¡Ha desaparecido! ¿No es maravilloso? ¡Ya podéis gritar, correr, saltar, reír tranquilos! ¡Podéis ser felices de una vez por todas! ¡Sí, sí, sí! Gritad conmigo: ¡Ha desaparecido!


Siempre que puedan sonreír mis sonrisas,
siempre que puedan llorar mis lágrimas,
siempre que puedan reír mis carcajadas,
siempre que puedan brillar mis miradas.
Siempre que puedan divertir mis juegos,
siempre que puedan sonar (de lluvia) mis ventanas,
siempre que puedan girar y girar mis peonzas,
siempre que puedan hablar mis peluches.
Siempre que puedan volar las amapolas,
seguiré siendo
por siempre, siempre y siempre
un niño.

sábado, 9 de abril de 2011

Frenesí


Tic, tac.
Un gallo cantó a lo lejos.

Tic, tac.
El calor lo embadurnó todo
con su pegajoso olor a playa.

Tic, tac.
El despertador estalló con rabia.

Tic, tac.
Volvieron a cantar los gallos,
pero esta vez los acompañaban los coches.

Tic, tac.
Un pie salió volando.

Tic, tac.
Bajé la calle escalón por escalón
y torcí una cuesta que, realmente, no llevaba a ningún sitio.

Tic, tac.
El calor lo embadurnó todo con su sequedad pegajosa.

Tic, tac.
Sonó un timbre que aún no sé a quién llamaba
y de repente toda la gente corría enloquecida.

Tic, tac.
Tras el silencio, me volví a quedar solo.

Tic, tac.
Abrí una puerta y vi demasiadas personas serias.
No me gustó, así que volví a cerrar la puerta.

Tic, tac.
La puerta se abrió de nuevo con un murmullo de hojas desquiciadas.

Tic, tac.
El calor lo embadurnó todo
con sus pegajosas conversaciones.

Tic, tac.
Se hizo el silencio.

Tic, tac.
El cielo abierto volvió a mí un par de veces
sin que llegara a saber cómo lo perdí de nuevo.

Tic, tac.
Más timbres pegajosos y calor enloquecido.

Tic, tac.
El sueño y el hambre se apoderaron de las bocas
de las pequeñas hormigas que bostezaban en silencio.

Tic, tac.
Sonó un timbre que entonces supe a quién llamaba
y de repente toda la gente corría enloquecida.

Tic, tac.
El tiempo avanzaba sin que nadie se lo explicara
ni tampoco lo intentase.
El tiempo avanzaba sombra tras sombra hasta llegar al día
y luego día tras día hasta llegar al tiempo.
El tiempo se perdía entre la muchedumbre agitada,
entre el calor pasmado y horrorizado,
sin que nadie se lo impidiera
ni tampoco lo intentase.

Tic, tac.

Con cal y sueño

Saben cantar los pájaros sobre el cristal,
pero no son los pájaros sino la lluvia
lo que aporrea la ventana.
La lluvia fina y ahogada de un calor
llegado demasiado pronto,
venido a estorbar, como todas las cosas.

Es un paisaje idóneo, diríais, para estar alegre.
El sol deja escapar a lo lejos
los últimos tentáculos de luz del día.
Las nubes han despejado el cielo
y no hay sombra ni rumor de coches (apenas).

Pero en el fondo del mar
vive un conflicto soterrado.
Una pasión imaginada que amenaza con estallar
y arrasar el mundo.
Un débil soplo de viento que se pierde en el asfalto.

En el fondo del mar,
más allá, donde no hay peces,
vive un asombro escondido,
un verso inconcluso esparcido en la arena
sin cal donde se abandonan los sueños.

Tras el día...


La noche.
Volverá la noche.
Volverá la noche más oscura y fría que nunca
y nos devorará a todos la noche.
Y nosotros, que aún guardábamos en cajitas de cartón
los rayos cálidos del día,
moriremos abrazados por no haber vuelto nunca a vernos,
por no haber vuelto nunca nuestros pasos
hacia las lágrimas secas del verano,
por no haber vuelto nunca a escuchar
las canciones que tarareaban los pájaros.
Y nos iremos volando.

Pero permanecerá siempre, inmutable
al olvido del tiempo,
aquel lugar encantado.
Guardará con cierto mimo
todas las briznas de hierba que pisamos mientras jugábamos
a nunca parar de reír.
Guardará nuestros recuerdos,
¡nosotros no nos atrevimos a escribirlos!
Pero la naturaleza es sabia
y sabrá dibujar nuestras pequeñas biografías
en cada hoja de otoño,
en cada copo de invierno,
en cada gota de primavera
y en cada brisa del mar de verano.

Mientras quede un suspiro por exhalar
y el mundo no deje de ser, en fin, el mundo.

domingo, 3 de abril de 2011

Las sonrisas del cielo


-Abuelita, ¿por qué a veces no vemos las estrellas aunque sea de noche?

La abuela sonrió y se acomodó en el sillón para comenzar a narrar la historia.

-Es una buena pregunta. Poca gente lo sabe hoy en día, la mayoría lo han olvidado con el paso del tiempo y el desarrollo de la ciencia.

Clavó los ojos en los de su nieto, de forma que poco a poco pareció que se desvanecían del presente.

-En el principio de los tiempos, las estrellas no existían y apenas habitaban en el mundo un par de ser humanos por cada continente. Dos de ellos se llamaban Nimandro y Estrella (los nombres eran distintos por aquélla época). El primero era alto y apuesto, de cara alargada pero rasgos delicados, pelo castaño y ojos verde oliva. Ella era bellísima, delgada y de suaves curvas, con labios finos de ángel, cabello rubio y mirada azul profunda. Como te puedes imaginar, eran completa y absolutamente felices, mucho más de lo que pueda llegarlo a ser hoy cualquiera. Tenían prácticamente un mundo entero para ellos solos y sus caricias, sus mimos y sus besos, para perderse uno en la mirada del otro mientras Nimandro observaba esa sonrisa que tanto amaba en los finos labios de Estrella.Viajaban continuamente hacia todos los lados a un tiempo, sin detenerse nunca (¿acaso alguna vez alguien ha conseguido parar el tiempo?) pero sabiendo apreciar con ternura cada suspiro que la vida les otorgaba. Se hicieron amigos de todos los animales que por entonces poblaban el planeta e incluso conocieron a sus compañeros de especie y compartieron con ellos la amistad y alguna que otra agradable velada. Y lo mejor de todo, ¡el viaje nunca se acababa! Siempre quedaban nuevos lugares por visitar (incluso los viejos, que nunca volvían a ser los mismos, podían considerarse otra vez nuevos pasado el tiempo suficiente). Además, por entonces las enfermedades aún no habían aparecido en la Tierra y todos los seres vivos eran inmortales. Sin embargo, de alguna forma que nunca nadie ha conocido, hubo un día en que llegó al mundo el primer virus. Hay quien dice que fue un castigo de Dios porque dos humanos intentaron tener un hijo con el que expandir su especie por el planeta, pero nadie lo sabe en realidad. Lo cierto es que, a partir de entonces, todo ser vivo sobre la Tierra, apretado por la amenaza del virus, sintió la necesidad de tener descendencia para que su especie perdurara.

-Pero eso forma parte de otra historia, volvamos a la nuestra. Nimandro y Estrella, acosados por esa necesidad, tuvieron un hijo (y esa fue la suerte que permite que hoy existamos tú y yo, pues el resto de seres humanos se extinguieron dejando tan sólo una criatura más en el planeta). Estrella se encontraba débil después del parto, pero pensaron que se debería al cansancio por un hecho tan trascendental como es el de crear vida, y se dedicaron a cuidar a su pequeño y encantador bebé. Hubo de pasar un mes, durante el cual Estrella no mejoró sino que fue empeorando, para que la pareja llegara a la fatal conclusión de que Estrella se había infectado por el virus. Preocupados, buscaron la cura por todo el mundo mientras su pequeño iba creciendo y aprendiendo el lenguaje de los humanos (mucho más puro y natural que el que usamos ahora) y otras cosas de la pequeña cultura a la que ya habían empezado a dar forma. Pero no encontraron la cura.

-Estrella siguió empeorando y empeorando hasta que llegó un día en que supo que iba a morir. A la noche, cuando su hijo ya dormía, llamó a su amado para despedirse de él antes de cerrar los ojos por vez última. "Voy a morir", le dijo con una fuerte determinación en su mirada azul profunda, clavada en los ojos verde olvida de Nimandro, donde ya empezaban a aflorar las primeras lágrimas que vertió el hombre sobre el mundo. "Pero quiero que sigas viviendo igual que lo hacías. Quiero, que eduques a nuestro hijo, que viajes con él como viajamos nosotros, que le enseñes las maravillas del mundo y así aprenda a cuidarlo y quererlo, pues es la posesión más preciosa que jamás puede tener alguien. Quiero también que le encuentres una pareja con la que pueda conocer el amor como lo conocimos nosotros, pues es el sentimiento más hermoso que existe y la única y verdadera fuente de toda la vida del mundo". Hizo una breve pausa en la que dedicó a Nimandro la última y definitiva de sus amadas sonrisas. "Por último, porque sé que ocurrirá aunque sea lo que menos quiera, por si alguna vez me echas en falta o pregunta nuestro hijo sobre sus orígenes, quiero dejarte un regalo. Has de saber que, siempre que quieras, podrás alzar la vista al cielo ahora oscuro y saber que allí me encontrarás sonriéndote, como una luz lejana llena de esperanza". Poco a poco, Estrella cerró los ojos sin perder la sonrisa entre sus labios finos de ángel. Nimandro cerró también los ojos y lloró amargamente un año entero. Durante ese tiempo, aunque no se levantó ni abandonó su sitio de velo por su amada, muchas veces alzó la mirada al cielo sin encontrase con otra cosa que ese frío vacío oscuro. Pensar que la última promesa de su amada había sido mentira ahondó su pena. Sin embargo, también recordó entonces la última voluntad de Estrella: educar a su hijo. Nimandro abrió los ojos y vio al pequeño, un año más mayor, sentado también en el mismo sitio, en duelo silencioso por la pena de sus padres. Se acercó a él y lo estrechó entre sus brazos. Lo alzó y se quedó observándolo. Había heredado la misma mirada profunda y azul de su madre. De repente, se dio cuenta de otra cosa. En el cielo oscuro brillaban cientos de pequeños puntos luminosos llenos de esperanza, uno por cada día que había pasado desde la muerte de Estrella, pues ésta se esforzaba por hacerse ver más y más ante la imposibilidad de su amado. "¿Cómo pude ser tan necio", se dijo Nimandro, "que quise ver las Estrellas con los ojos cerrados?".

miércoles, 23 de marzo de 2011

Parodia de "Todos tenemos derecho a ser muñecos de trapo"

Voz: -Poco a poco, fui viendo cómo todos los colores se apagaban.
(Aunque, mucho después, pensaría que habían sido
tan sólo imaginaciones mías).

Sale un muñeco de trapo.

Muñeco 1: -Quiero construir un mundo con ladrillos inmortales
que estén hechos de la pasta con que se cimentan los sueños.
Quiero levantar un mundo perfecto. Quiero
levantarlo hasta el cielo, más allá,
hasta las estrellas, 
y que con su propio resplandor deje pequeño
el brillo de éstas.
Quiero un paisaje feliz de naturaleza y sonrisas,
un paisaje lleno de niños correteando,
¡y risas escandalosas!

Sale otro muñeco de trapo.

Muñeco 2: -Quiero tener un amigo que me acompañe
a todo sitio que vaya. Quiero un compañero
que dé dos pasos por cada uno mío;
que si caigo, me levante,
y si me levanto, me haga caer con él.
Quiero tenerlo ahora y para siempre
y por siempre y siempre y siempre....
¡hasta que la muerte nos separe!

Sale otro muñeco de trapo.

Muñeco 3: -Quiero amar a una bella mujer
y que ella me quiera también.
Quiero ser feliz a su lado
y besar sus labios sobre mis labios
en la noche más oscura, la más romántica,
y susurrar "amor" en sus oídos
hasta que el amanecer nos encuentre abrazados.

Sale otro muñeco de trapo.

Muñeco 4: -Quiero tener una familia que me cuide,
una familia que me mime y me dé caricias.
Quiero un padre que me empuje hasta que caiga
hacia adelante y una madre que me otorgue
su cariño en bocadillos de plata.

Sale otro muñeco de trapo. Cada vez más rápido.

Muñeco 5: -Quiero tener fama
y que los hombres me recuerden siempre
como aquél que escribió "El Quijote"
o aquél que pisó por primera vez la Luna.

Sale otro muñeco de trapo.

Muñeco 6: -Quiero tener fortuna
y que a cada paso los pobres babeen
al ver llover billetes morados de mis bolsillos.

Sale otro muñeco de trapo. Cada vez más rápido.

Muñeco 7: -Quiero criticar a todo el mundo
y que esos desgraciados lloren por mi culpa.

Sale otro muñeco de trapo. Cada vez más rápido.

Muñeco 8: -Quiero cambiar de gobierno.

Cada vez más rápido, siguen saliendo muñecos de trapo sin que si quiera podamos ya contarlos. Nos superan, nos rebasan y nos ahogan.

-El gobierno es una mierda.
-Pura basura.
-Se dedican a no hacer nada.
-Nos roban dinero.
-Nos echan de nuestras casas.
-Dejan que trabajen los negro...
-...y nos despiden a nosotros.
-Ellos son más baratos.
-Ellos están invadiendo nuestro país.
-Esto con Franco no pasaba.
-Esto con Stalin no pasaba.
-Menos aún con Mao.
-Y, ¡ay con Hitler!

Siguen saliendo muñecos de trapo a una velocidad de vértigo. Se amontonan unos sobre otros. Se pegan, se arañan, se hacen sangrar. Se matan. Nos superan, nos rebasan y nos ahogan.

-Nosotros conquistaremos el mundo con la ciencia.
-La ciencia pura de los números.
-De lo inmutable.
-De lo esencial.
-De lo perfecto.
-De lo verdadero.
-La pura ciencia que nunca se equivoca.
-Que no admite dudas.
-Que se basa en la razón...
-...y llega al infinito.
-La imaginación, para los tontos y los ignorantes.
-Son cosas de niños.
-Los niños son tontos e ignorantes.
-Los ahogaremos a todos.
-No los necesitamos.

Empieza a bajarse el telón.

-Viviremos en un mundo perfecto.
-Le quitaremos la naturaleza a la naturaleza...
-...y lo llenaremos todo de cemento cuadrado.
-Viviremos por siempre.
-No habrá muerte para impedírnoslo.
-También a ella la habremos pisado.
-Junto con los negros, los niños, la imaginación y la naturaleza.
-Viviremos por siempre en nuestro mundo perfecto.

La tensión va en aumento y cada vez las voces de los muñecos de trapo suenan más apresuradas, más fuertes y chillonas. Nosotros no vemos nada. El telón está bajado. Nos han pisoteado y ya no existimos.

-Nuestro mundo perfecto y real.
-Nuestro mundo perfecto y abandonado.
-Nuestro mundo perfecto y desierto.
-Nuestro mundo perfecto y cerrado.
-Nuestro mundo perfecto y oscuro.
-Nuestro mundo perfecto y escondido.
-Nuestro mundo perfecto y asqueado.
-Nuestro mundo perfecto y putrefacto.
-Nuestro mundo perfecto y destrozado.
-Nuestro mundo perfecto y muerto.
-Nosotros perfectos y muertos...
-...y nuestro mundo nosotros.

Breve pausa.

Todos: -¡No queremos ser muñecos de trapo!